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jueves 04 de junio de 2026
Olvidar: El verdadero riesgo del pueblo judío

Olvidar: El verdadero riesgo del pueblo judío

Resumen de la Parashá Haazinu, Deuteronomio 32:1-32:52

Una gran parte de la porción de la Torá Haazinu (Oigan) consiste en una “canción” de 70 líneas dicha por Moshé al pueblo de Israel en el último día de su vida.

Llamando al cielo y la tierra como testigos, Moshé exhorta al pueblo:

“Recuerda los días de antaño / Considera los años de muchas generaciones / Pregunta a tu padre, y él te relatará / A tus ancianos, y ellos te dirán” cómo El Creador “los encontró en una tierra desierta”, los hizo un pueblo, los eligió para sí mismo y les legó una hermosa tierra”.

La canción también advierte sobre las dificultades de la abundancia:

“Ieshurún engordó y pateó / Tu has engordado, grueso, anadeado / El olvidó al Di-s que lo hizo / Despreció la Roca de su salvación” — y las terribles calamidades que ocurrirían, que Moshé como Di-s “ocultando Su rostro”. Sin embargo, hacia el final, él promete, Di-s será vengado por la sangre de sus sirvientes y se reconciliará con su pueblo y su tierra.

La parashá concluye con la instrucción de El Creador hacia Moshé de subir a la cima del Monte Nevó, desde donde observará la Tierra Prometida antes de morir ahí. “Tu verás la tierra frente a ti; pero no entrarás allí, a la tierra que Yo doy a los hijos de Israel”

La periodista, escritora y editora del Times of Israel Sarah Tuttle-Singer hace una reflexión desde el punto de vista femenino, pero también como israelí que sin definirse como religiosa, ve en la Torá su bitácora de vida:

“Estamos en el umbral de un nuevo año. Todavía resuenan en nuestros oídos los ecos del Kol Nidre, y apenas se han cerrado las puertas de Yom Kipur. Y justo aquí, en este momento, leemos la parashá Ha’azinu.

La leemos en tiempos de incertidumbre y dolor, cuando el mundo parece frágil. Y lo que nos entrega Moshé no es un discurso político ni una lista de leyes… sino una canción. Una canción feroz y tierna, que suena como trueno y como silencio, como si fuera un eco de la misma creación.
“Que mi enseñanza caiga como la lluvia, que mi palabra destile como el rocío”, dice Moshé. Es el mismo lenguaje del Génesis: aguas arriba y aguas abajo, caos y orden, vacío y vida a punto de nacer. Ha’azinu es, en cierto modo, un segundo Génesis: un recordatorio que del caos siempre puede surgir una nueva creación.

Pero Moshé nos advierte: el peligro no es solo la idolatría ni la rebelión. El verdadero riesgo es olvidar.

Porque lo contrario del pacto no es discutir con Dios. Eso también es relación, y de hecho, nuestro nombre, Israel, significa “el que lucha con Dios”. El verdadero peligro es el olvido: cuando tratamos al judaísmo como algo polvoriento o irrelevante, cuando dejamos que la conveniencia pese más que la compasión, cuando dejamos de contar la historia a nuestros hijos.

Y sin embargo, la memoria nos mantiene dentro del pacto. Por eso no decimos: “Ellos fueron esclavos en Egipto”. Decimos: Nosotros fuimos esclavos en Egipto.

Porque estuvimos en el Sinaí. Porque lloramos junto a los ríos de Babilonia. Porque sobrevivimos a la Inquisición, a los pogromos, al Holocausto.

Porque estuvimos en la sinagoga del Árbol de la Vida en Pittsburgh.

Porque lloramos el 7 de octubre, en Kfar Aza y en Nova.

La memoria judía no es historia de otros: es nuestra propia vida. Y el dolor también es memoria: el precio del amor y de la fidelidad.

Por eso, Ha’azinu no es un canto de despedida. Es un canto de creación, de supervivencia, de redención. Es un llamado a recordar que, incluso entre cenizas, la vida puede volver a encenderse.


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