Juntos Venceremos
jueves 04 de junio de 2026

Irving Gatell/ ¿Por qué se rindió Hamás?

Por fin lo quebraron. Lo obligaron a doblarse. Lo forzaron a renunciar a la única carta de chantaje que tenía con Israel. Lo empujaron a quedar expuesto sin tener con qué defenderse. Hamas, sin los rehenes, es lo mismo que nada, y lo sabe. ¿Cómo lograron quebrarlo?

Parecía imposible, pero se logró: El grupo de negociaciones en El Cairo convenció a Hamas de aceptar la primera fase del Plan de Trump, y ahora el grupo terrorista se ha comprometido a devolver a todos los rehenes israelíes en un plazo de 72 horas que comenzará a contar este jueves. Se había dicho que todos los rehenes vivos serían liberados el domingo, en una sola entrega.

Para el momento en el que escribo estas líneas, se habla de una gran posibilidad de que dicha liberación ocurra el sábado. Por el momento, se sabe que Hamas ha comenzado a trasladar a esos rehenes a lugares seguros. La entrega se hará sin espectáculos mediáticos ni celebraciones.

Esto pone a Hamas en el peor de los predicamentos posibles. Sin rehenes vivos, no tiene cartas de chantaje con Israel. Sabe que las fuerzas israelíes pueden aplastarlo sin miramientos en el momento en el que lo deseen.

¿Por qué, entonces, cedieron? ¿Por qué renunciaron a la única carta con la que podían mantener su juego?

Sí, ya sabemos que por la presión qatarí y turca, una ecuación nueva en este complejo juego de ajedrez político. Pero la pregunta sigue intacta: ¿Por qué fue tan importante esta presión?

Desde hace varios días, tanto en lo que escribo como en mis charlas en vivo en Enlace Judío, vengo repitiendo que la situación para Hamas es inédita. Nunca en su breve historia (38 años en total) se habían visto en una situación como esta. Están derrotados militarmente, debilitados políticamente, quebrados financieramente, y sin nadie que quiera rescatarlos. En otras épocas sabían que contaban con el apoyo financiero y militar de Irán, y toneladas de dinero de Qatar, de la UNRWA y de USAID.

Todo eso se fue. Ya no existe.

En esas épocas sabían también que, ante cualquier crisis, los líderes podían huir a Qatar o a Estambul. Muchos vivían en esas ciudades como auténticos millonarios gracias al dinero robado. Pero todo cambió. La postura qatarí y turca se endureció, y si ese acuerdo no se firmaba, ese liderazgo de Hamas podía ser expulsado de ambos países. Eso, sin ir más lejos, habría significado su sentencia de muerte. Habrían quedado expuestos a las operaciones del Mossad.

Hamas llegó al fondo del callejón sin salida, al punto al que se supone que las circunstancias no tenían que llegar.

Desde el inicio de la guerra, toda su estrategia se basó en que la comunidad internacional, de algún modo y en algún momento, detendría a Israel. No importaba demasiado el cómo y el cuándo, mientras se garantizara que todo volvería al mismo estatus que existía el 6 de octubre de 2023. Una calma forzada, una Gaza autónoma —destruida también, pero a Hamas eso le da igual—, pero un Hamas en el poder y recibiendo millones de dólares por medio de la ONU; Israel, por su parte, replegado y obligado a no volver a atacar. En ese caso, Hamas habría podido reconstruir su poder.

Pero esa ayuda internacional nunca llegó. Israel supo administrar el conflicto mientras Biden —acaso su peor enemigo— era presidente, y con la llegada de Trump a la Casa Blanca todo cambió. La política estadounidense volvió a ponerse del lado de Israel. Irán fue atacado exitosamente. El activismo estulto de presidentes como Macron fue eficazmente anulado.

Y la guerra siguió.

Los últimos mililitros de combustible que recibió Hamas fueron el circo de la Asamblea General de la ONU, la flotilla de Greta Thunberg, y el boom propagandístico de este último 7 de octubre. Cada uno más débil e inútil que el anterior. El puro anuncio del plan de Trump aceptado por Israel opacó todo lo anterior. Incluso Francia tuvo que doblarse y apoyar el proyecto. El apoyo a Palestina en la ONU se olvidó muy rápido. La flotilla de Greta incendió los ánimos en Europa, pero resultó más que intrascendente en el Medio Oriente. ¿Y la propaganda del pasado día 7? Ni para qué hablar de eso. Un espectáculo patético de gente resentida y furiosa por saber que su adorada causa estaba colapsando sin remedio.

Todo esto se conjugó para que Hamas se sentara a negociar en El Cairo, pero lo que les dio el tiro de gracia y seguramente los obligó a rendirse fue otra cosa más delicada, más grave, más peligrosa.

Hamas ahora necesita de cierta protección.

Israelí, además de todo.

Gaza es un hervidero. Es lógico: Es un criadero de grupos extremistas que nunca se han unificado porque mantienen posturas más radicales unas que otras, y visiones distintas de lo que debe ser la lucha contra Israel. Además, está esa estructura de poder social y económico tan típica del mundo árabe, que son los clanes.

No todos sienten simpatía por Hamas. Al contrario: El hecho de haber ejercido el poder absoluto durante 18 años significa que Hamas ha sido brutal con muchos de estos grupos o de estos clanes. De todos modos, el poder de Hamas —financiado por Irán y Qatar en sus mejores momentos— fue suficiente como para mantener bajo control a este criadero de extremistas.

Todo eso se acabó. Los golpes letales contra Hamas lo han debilitado, y la situación está a punto de salirse de control. Si eso pasa, podríamos ver en Gaza el equivalente a un golpe de estado, y Hamas tendría que enfrentar algo peor que la furia del ejército de Israel: La crueldad de sus propios enemigos palestinos. Israel, al final del día, sólo busca liberar a los rehenes y garantizar la seguridad de su territorio. Los rivales de Hamas, en cambio, buscarían venganza.

En principio, ese panorama no le conviene a Israel. Si Hamas pierde el poder mañana y Gaza se hunde en una guerra civil, la liberación de los rehenes quedará comprometida, o muy seguramente cancelada. Por eso es que Israel necesita que todo se mantenga bajo control por el momento, y eso significa que Hamas necesita la protección de Israel.

Mosab Hassan Yousef, el famoso Hijo de Hamas y profundo conocedor de la sociedad gazatí, apunta algo más: Si estalla una guerra civil en Gaza, Trump e Israel podrán alcanzar todos sus objetivos sin mover un dedo y deshaciéndose de toda posibilidad de críticas.

Serán los propios palestinos los que aniquilen a Hamas. Serán los propios palestinos los que decidan salir de la Franja para no verse en medio de una guerra civil. Serán los propios palestinos los que se exhibirán ante el mundo como una sociedad tóxica, salvaje y no preparada para tener su propio estado.

Ahora la pregunta es si Israel lo permitirá.

Está claro que mientras se completa la liberación de los rehenes, no. Será el Ejército de Defensa de Israel quien garantice la poca estabilidad que todavía queda en Gaza, y Hamas podrá estar tranquilo.

Pero eso se termina, a más tardar, el lunes.

Liberados los rehenes, ya no hay urgencias por parte de Israel.

Se supone que faltan dos etapas más en el Plan de Trump avalado por la comunidad internacional. Una para desarmar a Hamas, y otra para integrar un gobierno palestino nuevo que estará al frente de la reconstrucción.

Sin embargo, los especialistas calculan que Hamas no va a aceptar esos términos, y eso podría provocar que la guerra se reinicie.

A menos que pase otra cosa.

Una guerra civil en Gaza, por ejemplo. Que no sea Israel ni la presión de Qatar y Turquía la que obligue a Hamas a aceptar el plan, sino la propia rebelión interna la que obligue a los debilitados líderes de Hamas a suplicar por misericordia.

¿Y cómo convencer a Israel de ayudar?

A Hamas ya no le quedan opciones, salvo la rendición absoluta.

La comunidad internacional no lo salvó. Macron no logró lo que tenía que lograr. La guerra llegó hasta donde Hamas no quería que llegara, y en el monstruoso laberinto que los propios gazatíes construyeron para sí mismos, Hamas ha llegado al final de un callejón del cual ya no se puede escapar.

No le queda más alternativa que voltear y enfrentarse al Minotauro que ha llegado a despedazarlo, y que en esta ocasión no es Israel, sino una sociedad palestina furiosa contra el grupo armado que los torturó y explotó durante décadas, a cambio de prometerles la liberación de toda Palestina, pero que hoy está acabado, quebrado, desesperado, y sin nada que ofrecer más que su propia sangre.

Y se la van a cobrar.


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