En la complejidad de la geopolítica de Medio Oriente, las acciones que cambien los equilibrios de poder pocas veces se mueven de manera fortuita.
En cada suceso que acontece se responde a una lógica de equilibrio entre intereses nacionales, rivalidades que se preservan a lo largo de la historia y las tácticas que se han planteado a lo largo del tiempo.
En ese contexto, la política de delegación regional que impulsa Donald Trump en su nuevo plan de estabilización para Medio Oriente representa un cambio sustancial en la forma en que Estados Unidos concibe su rol como potencia global.
A diferencia de los enfoques tradicionales, caracterizados por la intervención directa o la imposición de soluciones unilaterales, en lo que actualmente podríamos llamar “Doctrina Trump para Medio Oriente” (DTMO) busca consolidar una red de liderazgos árabes, junto a Turquía que sean funcionales y aliados estratégicos que asuman la gestión de sus propias zonas de influencia.
Esta visión que podría ser vista como pragmática, se podría mencionar que también es profundamente revolucionaria, ya que implica reconocer que la estabilidad de la región no se alcanzará mediante la ocupación militar ni con la tutela extranjera de ciudadanos no regionales, sino que se hace a través de una estructura interna de poder coordinada, donde cada actor asumiría un papel específico dentro de una arquitectura común.
El presidente Trump ha marcado una estrategia donde se refuerza que el Reino de Arabia Saudita y Emiratos Árabes Unidos (EAU) asumen con poder el liderazgo en el Golfo Pérsico; papel que asume también Egipto en el Norte de África; mientras que Qatar y Turquía se señorean en el Mediterráneo Oriental.
Esta distribución no es accidental, sino que responde a la capacidad logística, financiera, diplomática y militar de cada país, así como a su experiencia en la gestión de conflictos o en la proyección de poder dentro de su esfera natural de influencia.
De esta manera, por ejemplo, en el caso de Arabia Saudita y los Emiratos Árabes Unidos, sus roles en Golfo son evidentes. Ambos países poseen importantes yacimientos de recursos estratégicos, así como han desarrollado sofisticadas estructuras de defensa frente a la amenaza del gobierno de Teherán y un modelo de diplomacia económica basado en la cooperación, la inversión y el control de rutas marítimas, con planes para el año 2030 de empoderamiento regional.
De esa manera, el eje Riad – Abu Dabi representa hoy la columna vertebral del poder del mundo árabe en la actualidad, el cual se mantiene sustentado por los hidrocarburos, el desarrollo tecnológico, la logística y, más aún, en la legitimidad religiosa que el Reino Saudita detenta como custodio de los lugares santos del islam.
La República Árabe de Egipto, es un actor natural en el Norte de África, líder fundador de la Liga Árabe y su peso demográfico lo convierten en un pivote irremplazable entre el Magreb, el Sahel y el Levante. Trump reconoce en Egipto la autoridad moral y diplomática que otros actores regionales carecen, especialmente tras la caída de regímenes inestables en Libia y Sudán. En este sentido, la Casa Blanca pretende fortalecer el papel egipcio como garante de estabilidad y como interlocutor principal en la relación entre Israel y los países árabes del norte africano.
Mientras que Qatar y Turquía se proyectan como líderes en el Mediterráneo Oriental, una región donde convergen los intereses de Europa, Oriente Medio y África. Ambos países poseen vínculos históricos con los movimientos islámicos vinculados con la Hermandad Musulmana principalmente y mantienen canales abiertos con actores que Estados Unidos y Europa no pueden contactar directamente, como Hamás o en su momento el Talibán en el caso afgano. Por esta razón, esto se trata de una táctica diplomática que permite a Washington mantener un flujo indirecto de comunicación con grupos tradicionalmente hostiles, reduciendo así el riesgo de nuevos estallidos de violencia.
El Levante es un espacio en constante disputa y en búsqueda de equilibrio, que ha quedado supeditada a los equilibrios generados entre los polos de poder. La DTMO, según analistas cercanos al equipo de seguridad nacional, no pretende redibujar las fronteras, sino redefinir los mecanismos de gobernanza regional, sustituyendo la lógica de ocupación por la de administración cooperativa.
En este marco que se incluye todo el proyecto de reconstrucción de la Franja de Gaza, donde se busca transferir la responsabilidad del enclave palestino a un comité de tecnócratas palestinos respaldados por una coalición de países del mundo árabe y Turquía. Su finalidad no es solamente reconstruir la dañada infraestructura de Gaza, sino también neutralizar la influencia de Hamás y limitar el poder residual de la Autoridad Nacional Palestina (ANP), la cual se considera ya desgastada y poco efectiva para la nueva realidad en el terreno.
Uno de los aspectos más importantes de la estrategia de la DTMO es la decisión de no poner tropas estadounidenses sobre el terreno de Gaza ni en ningún otro punto caliente del conflicto. El presidente Trump ha aprendido la lección de las invasiones en Irak y Afganistán donde la presencia militar directa radicaliza las posturas y termina generando el efecto contrario al deseado, por esto la Casa Blanca ha optado por un modelo de intervención indirecta basado en la delegación controlada de poder.
En cierta medida estas acciones de la administración Trump recuerdan la Doctrina Nixon de los años setenta, cuando el gobierno estadounidense decidió que sus aliados regionales asumieran la responsabilidad de su propia defensa bajo la supervisión estratégica de Estados Unidos.
En este sentido, la estrategia es lógica, los países árabes, y muy en particular los del Golfo, disponen de los recursos financieros necesarios para sostener la reconstrucción; Egipto y Turquía aportan la experiencia política y la capacidad institucional; y Estados Unidos conserva la palanca diplomática y la red de garantías internacionales. En conjunto, el plan crea un ecosistema de poder compartido donde cada actor se beneficia de la estabilidad colectiva.
La DTMO no solamente redefinirá la política estadounidense hacia el mundo árabe y Turquía, y les dará una percepción propia a estos países líderes respecto a su propio papel, por cuanto serán corresponsables de su destino, lo cual tiene implicaciones al largo plazo abriendo el espacio para una diplomacia árabe más madura, donde la cooperación entre potencias regionales se convierte en el eje del orden geopolítico.
El comité de reconstrucción de Gaza de tener éxito puede ser un modelo replicable para otras zonas en crisis, pero hasta que su implementación no se dé, no se conocerán los alcances de este.
Si bien este plan excluye al Estado de Israel de la administración directa de Gaza, no hay duda de que sigue su papel sigue siendo central. Israel es, de facto, el garante de la seguridad en la región y el único actor con capacidad de respuesta inmediata ante amenazas terroristas. Debido a esto, la decisión de apartarlo de la gestión civil no implica marginarlo, sino protegerlo de las consecuencias políticas y humanitarias que implicaría volver a ocupar Gaza. A su vez, la coordinación estrecha entre Israel, Egipto y Arabia Saudita es esencial para el éxito del proyecto.
La normalización paulatina entre Israel y los países del mundo árabe es una de las claves del plan. El entendimiento entre los gobiernos de Jerusalem y Riad, funciona de facto en la cooperación de seguridad y en la mediación diplomática para Gaza, el presidente Trump pretende consolidar ese marco como base de un nuevo equilibrio regional.
Por último, la estrategia de la DTMO puede considerarse una diplomacia efectiva con bajo costo y alto impacto, y en lugar de invertir miles de millones en operaciones militares o crear programas de reconstrucción administrados por el gobierno estadounidense, estos canalizan la influencia a través de actores locales que poseen legitimidad cultural y arraigo territorial, así como la capacidad operativa y motivación política para mantener la estabilidad, mientras reciben el control estratégico y prestigio a nivel global sin comprometer vidas ni recursos propios en exceso.
El éxito va a depender de la capacidad de coordinación entre los actores involucrados, las rivalidades que existan entre los Estados podrían ser un obstáculo en los avances si no se gestionan adecuadamente. Aun así, la noción de delegar autoridad sin perder el poder refleja una comprensión profunda del nuevo orden mundial, un mundo donde se tejen redes de influencia.
Si este plan prospera, la Franja de Gaza podría convertirse en un laboratorio político para una nueva fase del Medio Oriente, con liderazgo árabe a la cabeza, donde el liderazgo árabe asume la responsabilidad de su propio futuro.
Si esto tuviera éxito, el presidente Trump lograría lo que ninguna administración anterior consiguió, transformar el caos del Medio Oriente en un ecosistema de poderes funcionales, sostenidos por los intereses compartidos y no por imposiciones externas, incluyendo a Israel, aunque con pendientes importantes, como el caso kurdo.
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