Juntos Venceremos
jueves 04 de junio de 2026

Gabriela Algranti / Viviendo historia

Del 07 al 13 de octubre, 2025
Año de Hajshara – Etapa 1 (Tel Aviv / Cadena)

Conforme vamos creciendo, las fechas del calendario empiezan a encontrar un nuevo significado. En Kinder, un día de abril podría no significar nada, pero en prepa podría ser el cumpleaños de tu mejor amigo. En primaria, un día de julio era otro día más de verano. Pero al acabar la escuela, ese día se convierte en la fecha en que dejaste tu casa por un año para viajar con tus amigas.

Cada año, los eventos importantes de nuestro calendario se van sumando. Fechas sin significado empiezan a cobrar vida. Hay fechas en las que celebramos y festejamos, fechas en las que conmemoramos y fechas que simplemente significan un puente.

En octubre de 2023, el día 07 tomó un nuevo significado tanto para el pueblo judío como para el mundo. Ese día, Israel vivió el atentado más cruel desde el Holocausto. A partir de ese momento, el mundo cambió: cada humano, cada país y cada comunidad, a su manera.

Las redes sociales se convirtieron en foros para expresar posturas sobre el conflicto árabe-israelí. TikTok se volvió una fuente donde se habla de Gaza y Palestina, e Instagram una galería de relojes y frases que marcan cuánto tiempo llevan secuestradas personas por Hamás.

Desde ese día todo cambió. Ningún judío —y me atrevo a decir que ningún humano— volvió a ser el mismo. Yo cambié ese día. Mi comunidad cambió. Mi forma de ver el mundo y de ver mi judaísmo cambió.

Y al igual que algo en mí cambió el 07 de octubre de 2023, algo cambió el 13 de octubre de 2025. Tengo la fortuna de escribir esto sentada en la plaza Habima Square en Tel Aviv, justo la tarde del día 13 de octubre: el día en que regresaron todos los rehenes a Israel, a casa.

Los últimos días han sido una montaña rusa de emociones. El día 11 se anunció que las negociaciones entre Israel, Hamás y Estados Unidos por un cese al fuego, la liberación de rehenes y el intercambio de presos palestinos eran un tema real de conversación.

Entre muchas noticias, posts de Instagram, videos y rumores, por fin se confirmó: el 13 de octubre a las 8:00 a.m. (hora de Israel) liberarán a todos los rehenes que quedaban vivos en Gaza.

Leer esa noticia es una emoción que nadie puede borrar. Ese nudo en la garganta y en la panza de emoción y esperanza no tiene una explicación lógica. Y tampoco es fácil explicar cómo todo un pueblo puede sentirlo al mismo tiempo.

¿Cómo le explicas a alguien que tus lágrimas de felicidad son por una persona que no conoces? ¿Cómo explicas la paz que sientes en tu interior? ¿Cómo explicas la felicidad y el alivio que se sienten en el aire? Es algo difícil de entender cuando no eres parte de algo tan grande, con tanto sentimiento, tanta pasión y tanta hermandad.

La noche del 12 de octubre no fue una noche cualquiera. Todo mi grupo estuvo pegado al celular, viendo Instagram, recargando las páginas para ver qué noticia nueva llegaba, suscribiéndonos a canales nuevos para estar más informados. Quedamos en dormir temprano para levantarnos con energía y recibir a nuestros hermanos desde Hostage Square en Tel Aviv.

Dormí alrededor de 4 horas, pero no me faltó ni un gramo de energía para despertar el 13 de octubre a las 6:30 a.m., alistarme e ir a la plaza. Nunca veo el celular al despertar, y mucho menos me meto a Instagram. Pero esa mañana fue diferente. Chequé de nuevo las noticias, las fuentes confiables y confirmé que el plan prometido seguía igual. Me bañé con música en hebreo de fondo, lloré de emoción mientras me vestía y caminé a la plaza.

Llegué alrededor de las 7:30 a.m. Todavía estaba un poco vacía hablando de personas, pero llena de sentimientos. Llena de alivio, sonrisas y abrazos. Poco a poco empezó a llegar todo Tel Aviv.  Había dos pantallas con la transmisión de las noticias, millones de cámaras y reporteros por todos lados, mucho color amarillo y carteles con nombres y edades. Pero sin duda, lo que más había y más resaltaba era la bandera de Israel.

Comenzó la ceremonia, y la plaza se llenó de una vibra que explicar con palabras es casi imposible: lágrimas de felicidad, abrazos, champaña, banderas de Estados Unidos, carteles, sonrisas, más lágrimas, aplausos y porras. Pero más que nada: alivio.

Una sensación de paz y felicidad que no se encuentra en otro lugar. Un sentimiento de hermandad que te hace entender por qué el pueblo de Israel nunca será borrado de la historia. Y te hace entender que eres parte de algo hermoso, único e infinito.

Estuve en la plaza 4 horas, con millones de pensamientos y sentimientos invadiendo mi cuerpo, mente y corazón.
Recé porque todo saliera bien, que liberaran sanos y completos a los rehenes y no hubiera ninguna sorpresa.
Lloré al ver cómo aterrizaba el primer helicóptero en la base del sur de Israel. Lloré al ver cómo una madre hablaba con su hijo por primera vez en 737 días. Canté Habayta a todo pulmón. Le eché porras a Trump por primera vez. Me tomé un shot para celebrar. Me tomé un segundo para observar y absorberlo todo.

Y viendo a los secuestrados, en su estado físico y mental, solo podía pensar en lo poco que sabemos agradecer y lo expertos que somos en quejarnos. Solo pensaba en cómo damos por hecho a las personas: los abrazos, la comida, el agua y la luz del día.

Pensé en cómo la vida es lo más frágil que posee cualquier humano, y en cómo deberíamos valorar cada segundo que tenemos.

Deberíamos dar gracias cada día, cada minuto, por poder ser personas libres. Por poder hablar, caminar y comer. Por poder ver la luz del día, cantar, bailar y abrazar. Y más que nada, por poder ser judío, practicarlo y enseñarlo.

Vi cómo las personas delante de mí se abrazaban. Vi cómo la israelí a mi izquierda lloraba de felicidad en su entrevista en televisión nacional y decía gracias a Dios que ya acabó mientras miraba al cielo. Noté cómo había personas de todas las edades, culturas y colores, reunidas para celebrar el comienzo del fin. Celebrando lo más hermoso que hay: la vida humana. Porque si algo nos identifica como judíos, es el valor que le damos a la vida.

Israel es una nación de héroes. Porque el señor grande que te sirve el café fue alguna vez un soldado joven que participó en la guerra de Yom Kipur. Y el chavo que te gustó en el antro acaba de regresar de Gaza hace tres días porque le tocó defender a Israel.

Israel no es una nación normal. Es todo menos eso.
Es un país de gente que yo considero héroes. Un país donde cada persona tiene una historia que contar acerca del 07 de octubre, ya sea personal o de alguien cercano, pero tiene algo que decir al respecto.

Israel es un país que no se rinde, que da homenaje a través del arte, que habla a través de bailes y canciones. Que informa día y noche, que te hace sentir con sus frases y te hace sentir en casa. Eso hace a Israel un lugar mágico, lleno de luz y de personas que iluminan. Porque en ningún país se celebra la vida como aquí.

Y después de dos años de guerra, de dolor, de lágrimas, marchas, protestas, vida, muerte, ansiedad y preocupación. Después de dos años de incertidumbre y miedo. Volvimos a bailar. Todos juntos, reunidos en nuestra casa.

Estar en esta plaza que lo ha visto todo: llanto, tristeza, globos naranjas, carteles, vivos, fallecidos, conmemoraciones y celebraciones. Estar parada ahí en este día, es un verdadero privilegio. Es uno de esos tatuajes que no se tatúan con tinta. Un recuerdo eterno. Una suerte enorme, porque yo no iba a estar este día. Mis planes eran otros, pero gracias al destino, a las coincidencias o casualidades de la vida, me tocó vivir esto. Y es algo que agradeceré y atesoraré por siempre.

La ciudad se siente otra. Los carteles que antes decían “BRING THEM HOME” ahora leen WELCOME HOME”.
Las fotos de aquellos que seguían en cautiverio han sido quitadas de las paredes o tienen un corazón al lado.
Las personas que contaban cada día esperando el regreso de sus seres queridos por fin pueden dejar de contar.
Las madres y padres que esperaban ese abrazo que pensaron que jamás llegaría, por fin lo pudieron vivir. Y no hay nada que llene más que eso: esa felicidad genuina, esa paz.
Se siente como si por fin todos respiráramos. Como si las piedras que llevábamos en la espalda desde hace 737 días hubieran sido reemplazadas por aire.
Se siente un ambiente feliz, un ambiente de esperanza, de resiliencia y de hermandad. Porque eso es Israel. Esto somos.
Un pueblo que, a pesar de los retos y obstáculos, no se rinde. No para. Y no paró hasta que la última persona secuestrada estuvo de regreso.

Qué privilegio poder vivir esto.
Qué privilegio poder ser parte de este pueblo.
Qué alivio poder ver cómo la ciudad poco a poco tiene otra vibra, otra energía.
Qué privilegio poder ver que todas esas lágrimas ahora son sonrisas.

Qué satisfacción ver cómo millones de personas se reúnen para celebrar la vida. Y cómo todos se toman el tiempo para admirar los pequeños cambios, como un cartel en una plaza.
Qué privilegio poder vivir el 13 de octubre en carne y hueso.
Y así, el 13 de octubre se convirtió en uno de mis días favoritos del año. Un día que me marcó, que me hizo sentir y entender.

Un día de celebración, amor y paz. Un día de esperanza. Un día de alivio.
Un día que recordaré como uno de los mejores, tanto para mí como para el mundo.
Un día donde viví la historia. Viví lo que se contará en libros y películas. Viví las preguntas de mis hijos y nietos.
Hoy, 13 de octubre, viví la historia de resiliencia más única que se ha contado.
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