En una conmovedora conclusión de un largo conflicto, 20 rehenes israelíes se reencontraron con sus familias, mientras que 21 cuerpos siguen desaparecidos. Mientras, las maniobras políticas continúan, en tanto que Netanyahu busca soluciones diplomáticas frente a la línea dura de su coalición.
Lo que probablemente quedará en nuestra memoria colectiva de este lunes, más allá del fin de la guerra en Gaza, son una serie de imágenes inolvidables.
El padre de Yosef Haim Ohana recita el Shemá Israel, apenas capaz de contenerse al ver a su hijo por primera vez; Omrí Mirán juega con sus dos hijas; Einav Zangauker abraza finalmente a su hijo, Matán; Alón Ohel en una foto familiar con sus padres y hermanos; y otros 16 rehenes liberados se reencuentran con sus amigos y seres queridos.
El mayor general (res.) Nitzán Alón, jefe de la Dirección de Rehenes y Personas Desaparecidas y una de las figuras clave responsables de este momento, lo resumió en una frase: “El regreso de los rehenes marca el comienzo de la recuperación y renovación de Israel como sociedad”.
Veinte familias de rehenes vivos por fin pueden respirar de nuevo, ahora que todos sus seres queridos están en casa. Junto a ellos, cuatro ataúdes con los restos de israelíes caídos fueron recuperados el lunes por la noche, tres fueron recuperados el martes y 5 se esperaban esta noche. Hamás anunció que entregará solo 2.
El proceso no ha concluido: 21 cuerpos siguen desaparecidos. Según los informes, Hamás tiene dificultades para localizar algunos de ellos, mientras que otros parecen estar siendo utilizados como herramientas de guerra psicológica. Israel, con la ayuda de los mediadores, deberá mantener una fuerte presión para recuperar más restos. Aun así, es probable que algunos casos queden como misterios, sin resolver durante mucho tiempo.
Por eso, el gesto teatral del presidente de la Knéset, Amir Ohana, de quitarse el broche de los rehenes antes del discurso del presidente Donald Trump el lunes, no solo fue insensato, sino irresponsable. Sus exagerados elogios al Presidente de Estados Unidos y al Primer Ministro de Israel no fueron la peor parte de su largo discurso.

Matán Zangauker, con su madre Einav, sus hermanas y su pareja, la mexicana Ilana Gritzewsky en un helicóptero de las FDI tras su liberación. Crédito: Portavoz de las FDI
Benjamín Netanyahu, tras agotar todas las demás opciones, finalmente tomó la decisión correcta, bajo la fuerte presión de Trump. En sus conversaciones con periodistas a bordo del Air Force One rumbo a Israel, y posteriormente en su extenso discurso ante la Knéset, el presidente de Estados Unidos dejó clara su postura: en su opinión, la guerra ha terminado e Israel ha ganado. Ahora, afirma, es hora de cosechar los frutos: acuerdos de normalización con otros países árabes y quizá incluso con naciones musulmanas lejanas, entre ellas Indonesia, en primer lugar; y oportunidades económicas ilimitadas.
Trump también dejó claros otros dos puntos: su afecto y admiración personal por Netanyahu y su apoyo inequívoco a Israel. Tras el devastador golpe de Hamás el 7 de octubre y una guerra larga y agotadora, el respaldo de Estados Unidos es crucial para la posición regional e internacional de Israel.
Como siempre, el futuro depende de la atención de Trump respecto al conflicto israelí-palestino. Su atención a menudo se centra en otras prioridades globales y nacionales: la guerra de Rusia en Ucrania, la rivalidad entre Estados Unidos y China y las disputas con el Partido Demócrata. Sin embargo, quizá su frustración por haber sido ignorado por el Comité del Premio Nobel de la Paz este año lo motive a buscar logros tangibles antes del próximo.

Israelíes izan banderas mientras esperan el arribo de los rehenes liberados frente al Centro Médico Sheba, el lunes. Crédito: Tomer Appelbaum
Por un breve instante el lunes por la tarde, el horizonte político de Israel pareció más prometedor de lo esperado. Trump intentó que Netanyahu asista a la cumbre regional en Sharm el-Sheikh e incluso facilitó lo que, según se informa, la primera llamada telefónica desde el inicio de la guerra entre Netanyahu y el presidente de Egipto, Abdel Fattah al-Sisi. Mientras tanto, surgieron reportes de que el presidente de Indonesia tenía previsto realizar su primera visita a Israel el martes.
Pero el optimismo fue prematuro: ambos planes se desmoronaron rápidamente. Los indonesios cancelaron, indignados por la filtración temprana, aparentemente de funcionarios israelíes. Netanyahu, alegando la santidad de Simját Torá, optó por no volar a Sharm el-Sheikh, un pretexto que podría haber superado fácilmente si realmente hubiera deseado asistir.
En círculos políticos, muchos sospechaban que Netanyahu temía una reacción violenta del ala ultraderechista de su coalición, que se aferra al poder a pesar de haberse opuesto al acuerdo de rehenes (y ahora intenta descaradamente atribuirse el mérito). Sin embargo, podría haber otra explicación: según informes de medios árabes, los presidentes de Turquía e Irak amenazaron con retirarse de la cumbre si Netanyahu participaba. Para muchos líderes regionales, una sesión de fotos con el Primer Ministro de Israel, tan poco después de la destrucción y la pérdida de vidas en Gaza, era demasiado.

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, observa al primer ministro, Benjamín Netanyahu, hablando en la Knéset. Crédito: Chip Somodevilla/AP
El dilema de Netanyahu persiste: la tentadora perspectiva de ganancias económicas y diplomáticas por un lado, y el resentimiento de sus socios de coalición mesiánicos por el otro. Esa tensión probablemente definirá los próximos meses. Como han demostrado las últimas semanas, todo depende de cuánta presión decida ejercer Trump.
Trump decidió recompensar a Netanyahu por firmar el acuerdo mediante elogios desde el podio de la Knéset e intervino descaradamente en los asuntos judiciales de Israel. En un llamamiento extraordinario, pidió al presidente Yitzhak Herzog darle el indulto a Netanyahu y evitarle un juicio prolongado, diciendo:“Puros y champán, ¿a quién diablos le importa?”. Netanyahu parecía complacido. El público, repleto de miembros del Likud y aliados políticos, estaba eufórico. Es difícil imaginar que esto no se haya coordinado con anterioridad, con la vista puesta en las próximas elecciones.
Dada una muestra tan indecorosa de interferencia política, quizás fue lo mejor que el presidente de la Knéset, Ohana, decidiera romper el protocolo y boicotear al Presidente de la Corte Suprema y a la Fiscal General; quizá les ahorró el dilema de si debían marcharse en protesta.
Fiel a su estilo, Netanyahu no aprovechó el momento de celebración para expresar una pizca de remordimiento o responsabilidad por los sucesos del 7 de octubre. Unos 2,000 israelíes fueron asesinados bajo su mando, y 250 fueron secuestrados. Sin embargo, para Netanyahu y sus partidarios, solo es responsable de los “éxitos”: en Líbano, Irán, Siria y, ahora, en su opinión, en Gaza.
En Gaza, persisten muchas preguntas inquietantes: sobre la entrega de los cuerpos restantes y sobre el futuro acuerdo de gobierno: cómo se dejará de lado a Hamás y qué papel desempeñará la Autoridad Palestina. Un resultado exitoso en Gaza, que reconozca cierto papel a la Autoridad Palestina, podría allanar el camino para un avance diplomático significativo en Medio Oriente. Pero para que eso suceda, Israel deberá hacer dos cosas inusuales: primero, mostrar flexibilidad y asumir riesgos en el frente diplomático; y segundo, resistir la tentación de recaer en su embriaguez por el poder militar.
Artículo publicado originalmente en Haaretz
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