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sábado 18 de julio de 2026

Netanyahu, Hamás y la verdad incómoda que impide la paz

La publicación del doctor José Woldenberg hace unos días en el portal del Instituto de Estudios para la Transición Democrática refleja lo que en general el mundo intelectual en Occidente piensa o al menos en público.
Muchos coinciden en que “Netanyahu y su política deben ser frenados”.

Que Israel, al no distinguir entre Hamás y la población civil, está dejando una estela de rencor que aislará al Estado judío del mundo.
Y que la única salida es reconocer un Estado palestino donde Hamás no tenga lugar.
¿Tienen razón?
En un análisis más allá de la emoción hay un punto ético ineludible: la tragedia humanitaria.
Miles de civiles palestinos han muerto y cada imagen desde Gaza es terrible, pero para quien no sepa, así es la guerra y esta guerra sabemos que Hamás la inició porque para ellos, su población vale más muerta que viva.
Pero más allá del impacto emocional, hay que preguntarse: ¿Qué hechos respaldan —o contradicen— esta lectura? ¿Israel niega el derecho a un Estado palestino?
Los registros históricos dicen otra cosa.
Israel aceptó, en distintos momentos, la idea de dos Estados:
Oslo en 1993, Camp David en el 2000, Annapolis en 2007.
Incluso en 2009, Benjamin Netanyahu —sí, el mismo que hoy gobierna— habló de un Estado palestino desmilitarizado.
Pero la respuesta fue el rechazo y, finalmente, la toma de Gaza por parte de Hamás, que en su carta fundacional declara que “Israel debe ser destruido”.
Entonces, el problema no es solo la voluntad política, sino la viabilidad de un Estado que no esté controlado por una milicia islamista armada.
También los intelectuales dicen “Netanyahu no distingue entre Hamás y los civiles”
El argumento suena potente, pero es incompleto.
Hamás instala sus cuarteles bajo escuelas, hospitales y mezquitas; lanza cohetes desde barrios densamente poblados.
Informes de la ONU y de inteligencia israelí documentan el uso sistemático de “escudos humanos”.
Israel, por su parte, emite avisos previos, abre corredores humanitarios y suspende operaciones para evacuar civiles.
¿Basta eso para evitar muertes? No.
Pero el hecho de que los haya no significa que sean el objetivo.
Confundir efecto con intención es un error lógico —y legal— fundamental. Una acusación irresponsable.
Otra acusación es: “Israel está aislado del mundo”
En los titulares, puede parecerlo.
Pero en la práctica, no.
Israel mantiene alianzas sólidas con Estados Unidos, Alemania, Reino Unido y países árabes como Emiratos Árabes Unidos o Bahréin.
Su aislamiento es más narrativo que geopolítico.
En los foros mediáticos, Israel es el villano; en los tableros de seguridad, sigue siendo un actor clave contra Irán y el terrorismo.
Otros opinadores, para no tomar partido, dicen que Netanyahu y Hamás son los mismo.
Aquí el debate se vuelve peligroso.
Comparar a un gobierno democrático, con prensa libre y tribunales independientes, con una organización terrorista teocrática que asesina civiles y usa rehenes como moneda política, es una falsa equivalencia moral.
Ambos pueden cometer excesos, sí, pero no son comparables en naturaleza ni en propósito.
Todos estamos de acuerdo: Israel debe cuidar no perder su alma en la guerra.
Pero sus conclusiones omiten un hecho básico: no hay paz posible sin seguridad, ni Estado palestino viable mientras Hamás gobierne Gaza.
Pedir “frenar a Netanyahu” sin frenar también a Hamás e Irán puede desequilibrar toda la región.
El desafío no es solo político, sino moral:
¿Cómo se defiende una democracia cuando su enemigo no reconoce su derecho a existir?
Esa es la pregunta que aún nadie ha podido responder del todo.
Y una muestra de que la presión militar ha funcionando, es que Hamás, ahora, es quien pide que siga el alto al fuego, a pesar de su incumplimiento de entregar los cuerpos de secuestrados. Hamás no esta destruido, pero sí muy golpeado.
Si la gente que opina hiciera su tarea de conocer Medio Oriente y además estudiar la ingeniería militar, sus opiniones serían lógicas y más cercanas a la realidad.

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