Israel logró la recuperación de veinte rehenes vivos hace una semana. Restan los trece infortunados sin vida que sucumbieron al episodio del 7 de octubre de 2023, que se prolongó en cuanto al cautiverio por dos largos, exactos y tristes años.
Lo logrado hasta ahora es muy importante y significativo. Hamás ha sido desenmascarado y aislado en apariencia, también en algo de realidad. Su derrota militar ha sido contundente, pero a un costo muy elevado de vidas de soldados israelíes caídos, rehenes muertos y el sufrimiento de los gazatíes, también víctimas de una situación insoportable.
Israel pagó con vidas, dinero y algo muy valioso: la percepción que se le tiene en la media, en la prensa, en quienes simpatizan a la víctima de turno por encima de cualquier consideración histórica, de realidad o de verdad. Su Primer Ministro goza de poca simpatía entre muchos gobernantes, como el de España, el de Francia o el de Gran Bretaña. Un deje de animadversión algo escondida, disimulada, se deja ver en las declaraciones de Pedro Sánchez, de Emanuel Macron y de Keir Starmer. Sin contar la antipatía personal hacia Benjamín Netanyahu.
El tan ansiado “día después” ha traído a Israel un endeble cese al fuego y la sensación de seguridad gracias a las intenciones y acciones del presidente Donald Trump para ampliar los Acuerdos de Abraham, elevar el nivel de vida de todo el Medio Oriente, incorporar a más socios en la aventura pacifista y desarmar a Hamás. A una semana de la visita de Trump a Israel, de su alocución en el parlamento israelí y la cumbre en Sharm El Sheikh, las cosas están mucho mejor que en cualquiera de los días de los dos últimos años, pero lejos de la paz y seguridad que anhelan las personas de bien. Israel sigue en guardia, atenta a las agresiones que siguen ocurriendo, esperando a cuentagotas el regreso de quienes merecen una sepultura digna.
El tratar de incluir a varias otras partes para manejar la situación de Gaza “el día después” será la prueba de fuego para todos. Se darán cuenta o tendrán que admitir lo delicado y difícil que es tratar y negociar con una contraparte que no reconoce a su par, que apela a la violencia extrema para conseguir sus objetivos. Aun así, esta es la vía menos dolorosa y sangrienta de lograr una situación de al menos no violencia.
Un nuevo Medio Oriente de verdad ha emergido. Irán disminuido, Hezbolá minimizado, Hamás derrotado, Siria con un nuevo gobierno. Gaza desmantelada, pero aún no desarmada. Se ha evitado la amenaza letal sobre Israel, pero no se puede decir que se viva una situación cómoda. Lo ganado en seguridad se ha pagado con prestigio, perdida de simpatías y muchas condenas. Aunque es mejor inspirar rabia que lástima, de todas maneras, esto no resulta ni justo ni agradable.
El panorama interno de Israel se encuentra en vísperas de mucha acción. Los frentes bélicos más tranquilos son el combustible para más tensión interna. Viene la hora de determinar responsabilidades y culpabilidades por la falla de
seguridad del 7 de octubre de 2023. Un recuento amargo de cuando se pudo haber parado la guerra antes si es que hubiera sido posible. La amargura de solo estas dos circunstancias es suficiente como para nublar los logros evidentes que tuvo Israel en los dos últimos años, inclusive tomando en cuenta el altísimo precio pagado. ¿Se retomará el tema de la reforma judicial? Muy probablemente. También la posibilidad muy cierta de elecciones adelantadas. Por supuesto el tema de la conscripción de ultraortodoxos al ejército. Y la continuación del largo juicio al Primer Ministro por varios cargos. Todo esto, aunado a la inflación y los efectos de la prolongada guerra, el duelo inminente y sentido por los caídos, significan mucha tensión para los israelíes siempre sometidos a presiones extremas.
El “día después” ha dejado también un mundo deconstruido. Los organismos internacionales como las Naciones Unidas y la Cruz Roja han demostrado muy poca eficiencia, muy poca capacidad para cumplir sus funciones. Las
agendas internas y compromisos de los gobernantes de países importantes han hecho mella en su capacidad e influencia para resolver conflictos. Países, no necesariamente adalides de la democracia y los derechos humanos, cobraron una inusitada importancia. La violencia y el terrorismo se validaron como estrategias e instrumentos de negociación. Estados Unidos de América y su presidente se constituyeron en quienes dictan la pauta de lo que debe hacerse o evitarse.
Llegó el “día después”. No dejó todo atrás, ni trajo consigo soluciones inmediatas. Lo acompaña un aura de incertidumbre y mucha preocupación.
Estar mejor que antes no es necesariamente estar bien, aunque se aprecia y agradece lo avanzado.
Este “día después” es también un día de antes… esperamos preludio de mejor.
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