Es el obligado imperativo que Netanyahu repite y se repite en las últimas semanas. Su personal dependencia del líder norteamericano le sirve para esquivar cualquier acción conducente a alentar, en unión con otros países, la reconstrucción de Gaza.
Las inclinaciones imperiales y autoritarias que hoy hierven en la Casa Blanca se manifiestan no solo en el gobierno de Israel. Es una tendencia política y personal que anida y se multiplica en Washington, suscitando inquietud en no pocos gobiernos del mundo.
Ciertamente, no solo la presencia personal y telegráfica de Trump en nuestro país empobrece la autoridad de un Netanyahu.
En recientes días sus fieles ministros multiplican breves saltos a Israel, ya sea para apreciar desde lejos los resultados de maniobras militares en Gaza, ya sea para sopesar provechosas oportunidades en la vecina Catar.
Y cuando llegan, nuestras carreteras deben dócilmente ajustarse a sus intenciones. Es imperativo vaciarlas durante largas horas para obsequiarles exclusivo transporte.
Ni ellos ni nosotros revelamos genuina sensibilidad por los trágicos escenarios que hoy Gaza conoce.
Países como Egipto y Turquía se disponen a administrar lo que en rigor es hoy un árido territorio sin viviendas, abrumado por pobladores que conocen el hambre y la violencia.
Circunstancias que nos obligan como pueblo y democracia más allá de la fría actitud de un gobierno y de la interesada visita de altos personajes.
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