En la parashá de esta semana aprendemos los efectos deletéreos del abuso del alcohol. Noaj, tras el trauma del Diluvio —la aniquilación de su sociedad y el colapso de su mundo— ahoga sus penas en el vino, se embriaga y pierde el dominio de sí mismo. Del episodio surgen tragedias, maldiciones y rupturas, hasta el punto de que el propósito redentor del Diluvio parece desvanecerse en la niebla de la embriaguez.
El flagelo de las tragedias vinculadas al alcohol, antaño casi desconocido en el mundo judío, se ha vuelto hoy una presencia habitual en nuestra sociedad. Las borracheras de jóvenes que portan kipá se han convertido en un estilo admitido tanto en la Diáspora como en Israel. Los así llamados farbrenguen —palabra que en su origen alemán significa “pasar juntos” y que hoy se asocia con “pasarla bien”— reúnen a grupos masculinos para cantar y estudiar entre copas que, no pocas veces, desbordan el límite del control y del sentido.
El fracaso de Noaj en comprender las consecuencias inevitables de su embriaguez constituye una de las narraciones más tristes de la Torá. Más adelante, nos encontraremos con otro episodio que ilustra los peligros del vino: la historia de Lot y sus hijas.
El Midrash (Tanjumá, Noaj 14:1) enseña que cuatro cosas fueron inauguradas por Noaj: fue el primero en plantar una viña, en embriagarse, en maldecir a otro, y el primero en introducir la esclavitud en el mundo, como está dicho: “Y dijo [Noaj]: ‘Maldito sea Canaán; siervo de siervos será para sus hermanos’” (Bereshit 9:25).
Para advertirnos sobre los peligros del vino, el Midrash Tanjumá (Noaj 13:4) relata una escena fantástica: cuando Noaj plantaba la viña, se le acercó el Satán dueño del instinto del mal que el Santo, bendito sea, creó para probar al hombre— y le preguntó: “¿Qué estás plantando?” Respondió Noaj: “Una viña.” Dijo el Satán: “¿Y qué es eso?” Contestó Noaj: “Da fruto del cual se produce vino, que alegra el corazón del hombre.”
Viendo el Satán la oportunidad, se ofreció a regar la viña. Pero en lugar de agua, degolló un cordero, un león, un cerdo y un mono, y con su sangre regó las raíces de la vid.
El Midrash explica el simbolismo de estas criaturas:
- Antes de beber vino, el hombre es inocente como un cordero.
- Si bebe con moderación, se siente fuerte como un león.
- Si excede la medida, se comporta como un cerdo.
- Y si se embriaga por completo, se torna como un simio, sin conciencia de sus actos.
Del relato podemos entender que cada quien cree poder detenerse en el momento justo, cuando el vino le quita las inhibiciones. El Satán lo presenta como virtud: “ser valiente como un león.” Pero sabemos que muchos no logran contenerse en la medida.
¿Por qué deseó Noaj embriagarse al salir del arca? ¿Acaso sufría del dolor del sobreviviente? ¿O tal vez se lamentaba por no haber logrado que ni un alma hiciera teshuvá durante los ciento veinte años que construyó el arca?
Dos verdades se revelan en Noaj: por un lado, su grandeza al asociarse con el Creador para preservar la vida; por otro, su caída, al abrir la puerta a la degradación humana. Así se entiende el comentario de Rashí (Sanedrín 108) sobre “un hombre justo e intachable en su tiempo, que caminó fielmente con Dios” (Bereshit 6:9): unos sabios lo alaban, diciendo que en cualquier generación habría sido justo; otros lo critican, afirmando que en la generación de Avraham no habría sido considerado tal.
Ambas posturas son verdaderas. Noaj fue un justo que salvó al mundo, pero también, sin querer, sembró la semilla de la caída del hombre.
La caída de Noaj muestra que la redención física no basta sin renovación moral. Su historia nos recuerda que incluso los justos necesitan guía, comunidad y propósito para no caer en el vacío.
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