Reciben pro palestinos a Filarmónica de Israel en el Carnegie Hall. Entrevista al violinista Ari Williamson

En el escenario del legendario Carnegie Hall, NY, donde cada acorde parece contener siglos de historia, el violinista Ari Williamson, integrante de la Israel Philharmonic Orchestra, ofreció unas palabras sobre su experiencia de vida y de arte, revelando cómo la música, más allá de las partituras, se convierte en una forma de contención y esperanza.

No quiso pronunciarse acerca de la protesta que gritaba su odio contra Israel fuera del recinto.

Residenciado en Israel desde hace seis años y medio, Williamson ha vivido una transformación profunda: la del músico que encuentra su voz en medio de la historia.

“Ha sido una experiencia increíble. Trabajar en una orquesta tan reconocida internacionalmente me ha cambiado la vida.”

Israel Philharmonic Orchestra, una institución emblemática que ha recorrido los principales escenarios del mundo, llegó a Nueva York en medio de un contexto complejo. Afuera del recinto, las manifestaciones recuerdan que la música no se interpreta en el vacío. Adentro, los músicos optan por dejar que los instrumentos hablen con la delicadeza que el debate público no siempre permite.

Cuando se le pregunta cómo reacciona al ver a los manifestantes fuera de la sala, Williamson prefiere no entrar en polémicas:

“Prefiero no responder esa pregunta.”

El silencio, en este caso, suena a respeto. En estos tiempos, donde cada palabra puede ser leída como declaración política, el músico elige la neutralidad del arte, el terreno donde aún es posible la comunión.

La conversación se vuelve más íntima cuando se menciona la reciente liberación de rehenes. “Por supuesto, fue un enorme alivio para todos”, dice con un suspiro que parece contener tanto el dolor como la esperanza de una nación.

También se le pregunta si hubo una decisión consciente de no interpretar Hatikvah, el himno israelí, en el concierto de la noche. Williamson responde con sencillez:

“Honestamente, no lo sé.”

Y cuando llega la última pregunta, la más amplia, la más humana respecto a qué espera que suceda musical, cultural y humanamente en los próximos años, responde sin titubeos: “Espero paz… esperamos paz.”

En la música habita esa verdad que el lenguaje no alcanza: la posibilidad de reconciliar lo humano. A través de su historia y su sonido, Ari Williamson nos recuerda que, incluso en los tiempos más convulsos, tocar sigue siendo un acto de fe y una forma de esperanza que solo los verdaderos artistas saben sostener, un gesto íntimo que devuelve sentido al mundo.


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