Dicen que Albert Einstein es el autor de esta frase:
“Hay dos formas de ver la vida: una es pensar que nada es un milagro, la otra es pensar que todo lo es”
Reflexión Personal
En tiempos de guerra, cuando el dolor y la incertidumbre dominan, surgen relatos de milagros: balas desviadas, misiles que cambian de rumbo, sobrevivientes improbables. Estas historias, envueltas en lo sobrenatural, ofrecen consuelo, pero también pueden ser manipuladas por intereses religiosos, políticos o económicos.
Este ensayo busca cuestionar críticamente esas afirmaciones, no desde el desprecio a la fe, sino desde la ética, la razón y la evidencia. Porque si algo necesita la paz, es verdad. Y la verdad, por incómoda que sea, no necesita milagros. ּ Zacarías 8:19, nos enseñó: Amad, pues, la verdad y la paz. וְהָאֱמֶת וְהַשָלוֹם אֱהָבו .
Muchos creen de buena fe, que la guerra de Sheminí Atzeret fue milagrosa. Pero en ese clima espiritual emergieron charlatanes y mercaderes de la fe, vendiendo “dones divinos” al mejor postor. Esta proliferación de voces sin fundamento confunde a las personas y profana el nombre de Dios.
A lo largo de la historia, los sabios enseñaron que los milagros nacionales cesaron con la entrada a Canaán. En el territorio prometido, la fe auténtica no espera intervenciones sobrenaturales, sino que asume responsabilidad.
La espera de milagros puede generar pasividad ante problemas que requieren acción humana. Cuando el prodigio no ocurre, algunos sienten abandono o castigo, afectando su salud emocional. Líderes pueden usar la idea de milagros para controlar, lucrar o engañar. Los milagros no permiten explicar fracasos ni investigar errores. En situaciones extremas, la fe sin pensamiento crítico puede retrasar decisiones urgentes. Ceder el control a “fuerzas divinas” fomenta dependencia y evita asumir responsabilidades.
¿Qué es Realmente un Milagro?
Vivimos tiempos convulsos, donde la esperanza se mezcla con el dolor. Muchos se aferran a los milagros como bálsamo espiritual. Pero debemos preguntarnos: ¿qué es un milagro? ¿Quién tiene autoridad para señalarlo?
La tradición judía enseña que el milagro no siempre rompe el orden natural. A veces, es la persistencia del alma, la capacidad de seguir creyendo y construyendo. El Zohar recuerda que incluso los prodigios del Templo fueron realizados por medios naturales, con siayatá dishmayá — ayuda celestial que potencia el esfuerzo humano.
El judaísmo exige responsabilidad. No todo el que cita versículos es maestro, ni el que se envuelve en símbolos sagrados es guía. La fe no se vende, y los milagros no se negocian.
La espiritualidad auténtica no busca espectáculo, sino profundidad. No se mide por seguidores, sino por fidelidad a la verdad. Como enseñó el Rav Kuk, la verdad es luminosa, pero exige humildad para ser revelada.
Hoy más que nunca, debemos volver a las fuentes: estudiar con rigor, orar con sinceridad, actuar con compasión. Quizás el mayor milagro de nuestro tiempo no sea una señal en el cielo, sino el despertar de una generación que busca a Dios no en los gritos, sino en el silencio que precede a la comprensión.
LA PALABRA NES
La palabra milagro, encuentra su origen en el latín miraculum, palabra derivada del verbo mirari, que significa «admirarse» o «contemplar con admiración, con asombro o con estupefacción». Así es conocida en las lenguas latinas.
En alemán La palabra Wunder proviene del antiguo alto alemán wuntar, que a su vez deriva del proto-germánico wundran o wundrō, relacionado con el verbo wundern (asombrarse). Esta raíz está conectada con la idea de sorpresa, maravilla o algo extraordinario, pero no implica necesariamente una intervención sobrenatural como en el concepto religioso de “milagro”.
En hebreo
La palabra נס (Nes) se usa como sustantivo para referirse a un evento extraordinario que excede el orden natural y se atribuye a la intervención divina. Se usa para describir acontecimientos sobrenaturales. En su forma verbal significa “huir” o “escapar.” Se puede encontrar en frases relacionadas con la huida o el escape. Por ejemplo, la palabra לָנוּס (lanús) significa “huir”.
También puede interpretarse “refugio“: En la forma compuesta del singular, (menós), מְנוֹס puede significar “refugio de” o “escape de”. El verbo “intentar” (לנסות , lenasot) utiliza una raíz similar y en su forma imperativa, las palabras tienen una conexión fonética.
El término hebreo “נס ” (nes), comúnmente traducido como “milagro“, posee una evolución semántica fascinante. En su uso más antiguo, “נס ” hacía referencia a una bandera o estandarte, utilizada como señal o símbolo visible. Con el tiempo, esta noción de “señal” se transformó en un concepto más abstracto: los eventos extraordinarios o sobrenaturales comenzaron a interpretarse como “señales divinas”, manifestaciones que apuntaban a una intervención superior. Así, el milagro dejó de ser solo un fenómeno inexplicable para convertirse en un mensaje con propósito, una marca de lo trascendente en lo cotidiano.
Curiosamente, la raíz נ-ס-ה (n-s-h) de “nisa” es distinta de נ-ס (n-s), que da origen a “nes” (milagro o estandarte). Sin embargo, algunos comentaristas han notado un juego de palabras: así como un “nes” (estandarte o pendón) se alza para ser visto como en Isaías 11:10), un “nisayón” (prueba) eleva al ser humano, revelando su grandeza espiritual. El texto dice explícitamente que “Dios probó a Abraham” (Génesis 22:1) usando el término nisa, quizás deseando ponerlo como estandarte y ejemplo.
La raíz hebrea נ-ו-ס (n-v-s) aparece en varios contextos bíblicos y modernos, y su significado principal es huir, escapar o retirarse rápidamente, especialmente en situaciones de peligro o miedo.
Ejemplos bíblicos:
“וַיָּנָּס מִפְּנֵי פַרְּעֹה ” – “Y huyó de la presencia de Faraón” (Éxodo 2:15), refiriéndose a Moisés.
“וְּלאֹ נָּס לֵחֹה ” – Literalmente “no huyó su vigor”, una expresión poética que significa que alguien aún conserva su fuerza (Deuteronomio 34:7, sobre Moisés).
Matices semánticos:
Físico: huida corporal ante una amenaza.
Psicológico: evasión emocional o mental.
Espiritual o simbólico: retirada del pecado, del mal o de la tentación.
En hebreo moderno se usa en frases como:
“הוא נס מהמקום ” – “Él huyó del lugar”.
“אין מנוס מהמציאות ” – “No hay escapatoria de la realidad”.
Según las palabras del Zohar, parece que los milagros deben entenderse como manifestaciones dentro del marco de la naturaleza.
El Zohar explica que incluso las obras difíciles realizadas en el Templo, como la fabricación de la menorá de una sola pieza (“mikshá”) o el transporte de grandes piedras en tiempos del rey Salomón, todo se hizo por medios naturales, aunque los artesanos fueron asistidos por ayuda celestial (“siayatá dishmayá”).
Este, entonces, es el milagro: que los artesanos se acercaron a la tarea, a pesar de saber que no tenían soluciones para cada dificultad. La misma audacia y disposición para emprender el trabajo fue lo que les abrió las puertas de la comprensión, permitiéndoles entender cómo fabricar una menorá perfecta, a pesar de los desafíos que implicaba su elaboración.
Sobre esto dice la Torá: “se hará” – como si se hubiera hecho por sí sola. Resulta que, precisamente según la sabiduría esotérica de la Torá, se debe procurar explicar todo dentro del orden natural, y no necesariamente aferrarse a la idea de milagros manifiestos.
Durante la Guerra de Gaza, en amplios sectores de la población se comenzó a percibir el atisbo de un nuevo modelo de práctica judía. Modelo que ha incorporado en su lenguaje cotidiano expresiones antes ajenas, como el agradecimiento por lo que muchos llaman sin dudar: milagros, usando el término en sentido popular y no teológico.
En paralelo, afloró otro fenómeno: el de las heridas morales. Miles de personas se enfrentaron a situaciones que desafiaron sus valores más íntimos. La disonancia entre su mundo ético y las acciones que presenciaron o ejecutaron dejó marcas invisibles pero profundas. Poco o nada se ha escrito sobre el particular, pero, se nota más acentuadamente entre los reservistas que vieron e incluso participaron con sus grupos en actividades que jamás antes se enfrentaron ni hubieran realizado.
Primero apareció la vergüenza, la culpa, la autocrítica, la sensación de pérdida de valor. Luego, los síntomas se intensificaron: estrés postraumático, depresión, ansiedad. La operación ‘Espadas de Hierro’ elevó el nivel de daño moral, en parte porque se inició con un impulso de venganza y furia.
En un trauma físico, el cuerpo está en peligro. En una herida moral, el cuerpo permanece intacto, pero el alma se resquebraja. Lo que se daña son los cimientos éticos de la persona.
Y cuando la lógica de esta guerra se vuelve incomprensible, cuando el dolor supera la razón, es natural —y profundamente humano— que incluso el más pequeño triunfo se perciba como un milagro.
Quienes padecen de heridas morales no son conscientes hasta que el dolor que provocan es inaguantable y necesitan aferrarse a paliativos para poder reincorporarse a sus familias y a sus trabajos con la mayor velocidad posible.
Las heridas morales son daños profundos en la conciencia ética de una persona, causados por experiencias que contradicen sus valores. Generan culpa, conflicto interno, pérdida de sentido y aislamiento. Son comunes en contextos extremos como guerras, decisiones médicas críticas o violencia. A diferencia del trauma psicológico, se centran en el quiebre moral, no en el miedo. Sanarlas requiere diálogo, compasión y reconstrucción del sentido, no soluciones mágicas.
Todos hemos asistido a la descripción de los éxitos militares en la Franja de Gaza. Necesitábamos de ellos y nos aficionamos a oír y ver las mismas noticias al grado de perder toda perspectiva.
Las Fuerzas de Defensa de Israel (FDI) bombardearon centenas de objetivos terroristas en Gaza, incluyendo túneles, depósitos de armas y centros de mando e iniciaron operaciones terrestres simultáneas en el norte y sur de Gaza, con el objetivo de liberar rehenes y eliminar la presencia de Hamás.
Israel mantuvo su superioridad aérea y naval, impidiendo el reabastecimiento de Hamás por mar o aire. Israel ha ejecutado operaciones precisas para eliminar altos mandos de Hezbolá, a pesar del secretismo que rodeaba su estructura militar. Bombardeos israelíes han matado a comandantes clave en ciudades del sur del Líbano, debilitando la capacidad operativa del grupo.
En septiembre de 2024, un ataque israelí causó la muerte de al menos 492 personas en Líbano, marcando el día más mortífero en el conflicto desde 2006.
Israel ha logrado avances militares significativos en Siria, incluyendo la destrucción de la Fuerza Aérea Siria, la toma de territorios estratégicos y la neutralización de armas clave y ha tomado el lado sirio del monte Hermón avanzando en zonas como Madinat al-Baath y Khan Arnabah, consolidando su presencia en la gobernación de Quneitra.
Asimismo ha logrado importantes éxitos militares y estratégicos frente a Irán, incluyendo ataques directos en su territorio, que lograron la destrucción de instalaciones nucleares y la supremacía aérea en la región.
Igualmente ha intensificado sus acciones secretas contra científicos nucleares iraníes y centros de investigación. Ambos países han intercambiado ataques digitales, pero Israel ha logrado interrumpir temporalmente sistemas críticos iraníes.
Si a ello sumamos los relatos de los soldados sobre sus propias experiencias terribles, de las que salieron ilesos o solo heridos, cuando sus compañeros murieron y las sumamos a los de los secuestrados por el Hamas, será fácil multiplicar la sensación que todo ello pudo ser posible por la intervención milagrosa.
LOS MILAGROS
Creer en milagros no es solo una cuestión de fe: es una respuesta profundamente humana ante el dolor, la incertidumbre y la necesidad de sentido. Las razones psicológicas que impulsan esta creencia son tan intensas como universales. En momentos de oscuridad, los milagros se convierten en faros de esperanza, en anclas emocionales que nos permiten resistir lo imposible.
Cuando la vida golpea con fuerza —una enfermedad, una pérdida, una crisis— creer en milagros puede ser el único hilo que nos mantiene en pie. Esta fe actúa como un refugio emocional, un mecanismo de resiliencia que transforma la desesperanza en posibilidad.
Los seres humanos no soportamos el vacío del sinsentido. Ante lo improbable o lo inexplicable, atribuir un evento a un milagro nos ayuda a integrar la experiencia en una narrativa espiritual, coherente y trascendente. Es una forma de decir: “Esto no fue en vano”.
El caos y la incertidumbre generan ansiedad.
Creer en milagros ofrece una sensación de protección divina, una ilusión de orden en medio del desorden. Esa fe puede calmar el miedo al futuro y devolvernos la paz interior.
Las creencias en milagros no nacen en el vacío. Están profundamente arraigadas en tradiciones, en enseñanzas familiares, en relatos que escuchamos desde niños. La cultura moldea lo que consideramos posible… y lo que interpretamos como intervención divina.
El cerebro humano está diseñado para reconocer patrones, incluso cuando no existen. Esto puede llevar a interpretar coincidencias o sucesos improbables como señales sobrenaturales.
Maimónides expone principalmente en la Guía de los Perplejos (Parte III, caps. 15–32), una visión filosófica y racionalista que busca minimizar su carácter sobrenatural. Sostiene que los milagros no violan las leyes naturales, sino que fueron previstos por Dios desde la creación. No hay intervención caprichosa, sino un diseño divino que contempla estos eventos.
Los milagros son interpretados como fenómenos naturales poco comunes, programados para momentos clave. Esto les resta el carácter de ruptura con el orden natural.
En Hiljot Yesodei Hatorá 8:1, Maimónides explica que la fe en Moisés no se basa en los milagros que realizó, ya que estos pueden ser cuestionados o replicados por magos o ilusionistas. En cambio, la certeza de su profecía proviene de la revelación colectiva en el monte Sinaí, donde todo el pueblo participó directamente en la comunicación divina.
La fe no solo consuela: transforma. Ayuda a las personas a interpretar el sufrimiento como parte de un propósito superior, lo que puede aliviar la angustia existencial y fortalecer el espíritu. Como afirmaba Nietzsche: “Quien tiene un porqué para vivir puede soportar casi cualquier cómo”, Viktor Frankl, psiquiatra y sobreviviente del Holocausto, convirtió esta idea en el eje de su enfoque terapéutico en su libro El hombre en busca de sentido.
Las creencias religiosas potencian la capacidad de enfrentar adversidades como enfermedades, pérdidas o conflictos. La espiritualidad ofrece esperanza, propósito y fortaleza interior, actuando como barrera protectora contra la depresión y la ansiedad.
Aunque la fe puede ser una fuente de bienestar, también puede generar culpa, miedo o dependencia emocional si se vive desde una perspectiva rígida o punitiva. Por eso, expertos recomiendan una espiritualidad madura, flexible y compasiva, que impulse el crecimiento personal y no perpetúe el sufrimiento. La ausencia de milagros visibles en la guerra de 5784 no indica una falta de intervención divina, sino una forma más elevada de conducción, la que se produce a través de la naturaleza.
Los textos y la tradición judía están colmados de milagros y maravillas, desde el toque del shofar que derribó las murallas de Jericó (Josué 6:20) hasta la zarza que ardía en fuego pero no se consumía (Éxodo 3:14), pasando por lo que es quizás el milagro más icónico de todos los tiempos: la división del Mar Rojo (Éxodo 14:21).
Asimismo, muchas festividades judías conmemoran milagros que se realizaron en nombre de todo el pueblo. Pesaj celebra el milagroso rescate de los judíos de la esclavitud en Egipto. Janucá conmemora la rededicación del Templo de Jerusalén y la pequeña jarra de aceite que ardió durante ocho días consecutivos. Purim recuerda una improbable escapatoria judía del genocidio. Las dos últimas festividades tienen, como oración insignia, Al Hanisim — “Por los Milagros.”
En el lenguaje común y como cuestión de intuición general, pensamos en un milagro como un evento que viola las leyes de la naturaleza. Sin embargo, esta idea no tiene sentido para los judíos que no concebían a Dios, el creador, como fuera de la naturaleza.
EN LAS ESCRITURAS
Dios no es un creador desapegado del mundo, sino una fuerza poderosa cuya presencia se siente a lo largo de las generaciones. A Dios le importan profundamente los asuntos humanos y a veces interfiere con un dramatismo notable. Ya sea que sea el asno de Bilam abriendo la boca para hablar (Números 22:28) o el bastón de Aarón convirtiéndose en una serpiente (Éxodo 7:8) o una columna de fuego guiando a los israelitas a través del desierto (Éxodo 13:21), estos fenómenos espectaculares están diseñados para cambiar la comprensión y el comportamiento humanos.
A veces, los milagros son vitales — como el maná que cae del cielo (Éxodo 16:13) o el agua que brota de una roca (Números 20:8) o la jarra de aceite que contiene muchas veces su propio volumen (2 Reyes 4:4). A veces, son un castigo aterrador — como el diluvio que elimina a una generación malvada (Génesis 7:17) o la plaga que mata a los primogénitos de Egipto (Éxodo 12:29) o el fuego que consume a los hijos de Aarón (Levítico 9:24) o el pozo que se abre para tragar a la rebelión de Qoraj y a sus seguidores (Números 16:31).
A veces, Dios realiza milagros directamente, como liberar a Daniel del foso de los leones (Daniel 6:16) o enviar un pez para tragar a Jonás y luego escupirlo nuevamente (Jonás 2:1), pero a menudo los seres humanos los realizan con la asistencia de Dios: Moisés parte el Mar Rojo (Éxodo 14:21), Josué hace que el sol y la luna se detengan en el cielo (Josué 10:12), Elías deja caer fuego del cielo (1 Reyes 18:30) y trae a un niño de vuelta de entre los muertos (1 Reyes 17:22) — al igual que su protegido, Eliseo (2 Reyes 4:32). En la Biblia, los milagros son una manera importante en que Dios actúa en el mundo, guiando a la humanidad y ofreciendo prueba del poder y cuidado continuo de Dios.
Época del exilio en Egipto, el desierto, y desde la entrada a la Tierra
La generación de Israel en Egipto era espiritualmente débil y fue redimida no por sus méritos, sino por factores divinos como el pacto con Abraham, el tiempo predestinado y el sufrimiento acumulado. El Talmud de Jerusalén afirma que incluso el arrepentimiento fue un regalo celestial.
Este concepto también aparece en otras fuentes rabínicas, como en el Midrash Bereshit Rabá 1:4, que enumera la teshuvá entre las siete cosas creadas antes de la creación del mundo. La idea central es que Dios, en su misericordia, preparó el camino del retorno incluso antes de que existiera el pecado, lo que refuerza la noción de que el arrepentimiento es una posibilidad ofrecida desde lo alto, no solo una iniciativa humana.
Los sabios señalaron que el pueblo estaba manchado por transgresiones, y solo el juramento divino permitió su liberación. Durante la travesía por el desierto, los milagros se volvieron más ocultos y naturales, como las guerras contra Sijón y Og. Al entrar a la Tierra de Israel, los milagros abiertos cesaron gradualmente.
El Talmud nos trae ejemplos de milagros
A menudo son los profetas quienes invocan el poder divino para realizar milagros. Aunque los rabinos creían que la era profética había terminado, muchos sabios rabínicos eran considerados capaces de hacerlo gracias a su piedad y conocimiento. Joni, por ejemplo, exige lluvia durante una sequía (Taanit 23a), y el rabino Meir, conocido como Baal Hanes (“Maestro del Milagro”), salva a un hombre de la ejecución enseñándole cómo invocar a Dios (Avodá Zará 18a).
Sin embargo, los rabinos reconocían límites: Mishná Berajot 9:3 define como “oración vana” pedir que Dios revierta hechos consumados, como el sexo de un feto o el destino de una casa en llamas. En Shabat 53b, un hombre cuya esposa muere tras el parto reza por alimento para su hijo, y Dios le concede senos llenos de leche. Un rabino lo considera digno de tal milagro; otro lo critica, sugiriendo que los milagros no deben atender necesidades privadas, sino comunitarias, o incluso ridiculizando la situación.
Durante el periodo rabínico clásico también surgieron relatos sobre el profeta Elías, quien, según 2 Reyes 2:11, ascendió al cielo en un carro de fuego y regresará para anunciar al Mesías. En el folclore judío, se dice que Elías vaga por la tierra disfrazado, ayudando milagrosamente a quienes lo necesitan.
EN EL MEDIOEVO
Durante la Edad Media, el judaísmo enfrentó desafíos filosóficos y del credo cristiano, lo que llevó a muchos rabinos a reinterpretar los milagros como fenómenos naturales. Maimónides, influido por Aristóteles, sostenía que todo está regido por leyes naturales establecidas por la Voluntad Divina desde la creación. Según él, los milagros no son rupturas del orden natural, sino eventos preordenados desde los seis días de la creación. Esta idea se apoya en Pirke Avot 5:6, que enumera diez cosas milagrosas creadas al atardecer del sexto día, como la boca del asno que habló a Balaam, el arcoíris como señal divina, y el shamir, un gusano capaz de cortar piedra sin herramientas. Para Maimónides, los milagros son limitados y previstos, no intervenciones espontáneas.
PERIODO MODERNO
El judaísmo moderno no ofrece una única visión sobre los milagros. A lo largo de la historia, han coexistido múltiples creencias: algunos ven los milagros como hechos literales, otros como alegorías espirituales, y otros buscan explicaciones racionales. La tradición judía permite esta diversidad, como ocurre con el relato de Purim, donde no se menciona explícitamente la intervención divina.
Milagros y Naturaleza
El rabino Eliyahu Dessler enseñó que no hay diferencia entre milagro y naturaleza: todo responde a la voluntad divina. Lo que llamamos naturaleza es solo una rutina establecida por Dios para permitir al ser humano elegir entre la verdad y la ilusión. Según esta visión, la naturaleza es una prueba espiritual.
Los milagros no fueron usados como prueba halájica: incluso cuando un rabino apeló a uno, sus colegas lo rechazaron. Grandes sabios como Hilel y Shamai no realizaron milagros, mientras que figuras como Joni ha-Meaguel (Joni el trazador de círculos) y Hanina ben Dosa, conocidos por sus oraciones eficaces, dejaron poca huella doctrinal.
Shimshón Raphael Hirsch
Fundador del enfoque Torá im Derej Eretz, Hirsch buscó integrar la tradición judía con la vida moderna. En Horeb y sus comentarios bíblicos, abordó los milagros como intervenciones divinas que complementan la naturaleza con fines morales y espirituales. Para él, los milagros no rompen el orden natural, sino que lo trascienden para educar y revelar la providencia divina.
Destacaba su propósito didáctico, como en el Éxodo, donde los milagros enseñan justicia frente a la opresión. Hirsch advertía contra una fe basada solo en lo milagroso, promoviendo una religiosidad centrada en el estudio, la ética y la Torá.
Joseph B. Soloveitchik
En The Emergence of Ethical Man, Soloveitchik plantea que los milagros no violan las leyes naturales, sino que revelan una dimensión más profunda. Son momentos éticos y espirituales que alinean la historia humana con el plan divino. Rechaza el sensacionalismo y promueve una fe que reconoce lo divino en lo cotidiano.
Abraham Isaac Hacohen Kuk
En Olat Reiyah, Kuk ve la oración como conexión entre lo eterno y lo momentáneo. Para él, los milagros revelan un orden superior y elevan la naturaleza desde dentro. La división del Mar Rojo es símbolo eterno de lo posible. Orar es corregir la naturaleza para alinearla con la vida eterna.
También sostiene que milagros y naturaleza son expresiones de una misma voluntad divina, reflejando la relación entre lo externo y lo interno del mundo.
Rabí Mordejai Breuer
Breuer propuso una vía entre crítica académica y fe, afirmando que la Emuná prepara el corazón para ver los milagros. Esta visión reconoce la necesidad humana de respuestas accesibles a preguntas profundas.
Rabí Menajem Mendel Schneerson
El Rebe integró los milagros en una visión donde lo físico es morada de lo divino. Buscaba elevar la conciencia espiritual para ver lo milagroso en lo cotidiano, como parte de la preparación para la llegada del Mashíaj.
Yeshayahu Leibowitz
Leibowitz sostenía que la fe auténtica no depende de lo sobrenatural. Consideraba los milagros como superstición o idolatría moderna, centrada en el beneficio personal. Para él, creer en Dios por haber visto un milagro es creer en el milagro, no en Dios. Aunque reconocía los milagros bíblicos como parte de la narrativa teológica, no los veía como esperables en la vida cotidiana. Su enfoque racional y ético valoraba el judaísmo por su ley y moral, no por lo espectacular.
Rabino Asaf Mishor
Mishor afirma que la ausencia de milagros abiertos no implica ausencia de Dios, sino una guía más elevada: a través de la naturaleza. En tiempos bíblicos, los milagros eran necesarios por la debilidad espiritual del pueblo. En la Tierra de Israel, la conducción divina se volvió natural. La fe madura reconoce a Dios en lo cotidiano — en el esfuerzo, la resiliencia y la creación. “Dios no ha desaparecido. Solo ha cambiado de lenguaje: del milagro al proceso, del asombro al entendimiento.”
NATURALEZA Y MILAGRO
¿Cuál es el propósito de los milagros?
Uno de sus roles es mostrar que Dios domina todas las fuerzas de la naturaleza. Como escribió el Kuzarí: los milagros que alteran el orden natural existen para enseñar que el Creador puede hacer lo que desee en cualquier momento. Así, en Egipto, los ídolos no ayudaron y Dios mostró Su mano poderosa.
Pero si ese es el objetivo, el milagro puede ser reemplazado por la comprensión de que Dios también gobierna a través de la naturaleza —una creación tan precisa y maravillosa que solo Él puede haberla hecho. Un creyente débil como el faraón necesita ver milagros para reconocer al Creador. Un gran hombre lo entiende incluso a través del funcionamiento cotidiano del mundo.
Otro propósito del milagro es mostrar que los temerosos de Dios están protegidos de forma sobrenatural. Sin embargo, la conducción natural es la preferida desde el inicio. Pero, quienes piensan que la fe no impacta, aunque estuvieron presentes en el cruzo del Mar Rojo, no lo creen.
El Sfat Emet, citando a su abuelo el Jidushé HaRim, explicó por qué los israelitas prefirieron escuchar la Torá de boca de Moshé y no directamente de Dios con señales milagrosas: porque el milagro es momentáneo, mientras que la enseñanza por medios naturales perdura.
CONDUCCIÓN NATURAL Y MILAGROSA
A lo largo de la historia, vemos épocas de conducción milagrosa total y otras de milagros ocultos dentro de la naturaleza.
Hay diferencias entre ambas:
•En la diáspora, hay más uso de milagros.
Asaf Mishor, sostiene, siguiendo a otros pensadores que en la Tierra de Israel, la conducción es natural desde el ingreso del pueblo a su territorio y que los milagros abiertos cesaron y la guía divina se volvió natural. Según su visión, esto refleja una forma más elevada de conducción divina, donde Dios se manifiesta a través de los procesos naturales y cotidianos, en lugar de mediante intervenciones sobrenaturales.
Esto se debe a que un gran pueblo es guiado por medios naturales, lo que exige madurez espiritual para reconocer la mano divina incluso sin señales sobrenaturales.
Este enfoque no niega la presencia divina, sino que la revela en la constancia de la creación. En tiempos de guerra, el anhelo por milagros abiertos es comprensible, pero la fe profunda reconoce que incluso la naturaleza es un milagro continuo.
Al principio, aún se producen milagros: el cruce del río Jordán, la caída de los muros de Jericó. Pero poco a poco, los milagros abiertos desaparecen por completo. La conducción divina comienza a revestirse como parte de la naturaleza.
Este cambio marca una transición profunda: de una generación débil que necesitaba milagros para creer, a una generación más madura que debe reconocer la mano de Dios incluso en lo cotidiano.
Los milagros del desierto —como el maná, el agua de la roca, la nube de gloria— cesan. El pueblo debe ahora sembrar, cosechar, luchar y construir. La presencia divina no desaparece, pero se oculta tras el velo de la naturaleza.
Este patrón continúa a lo largo de la historia: en la diáspora, donde el pueblo está más vulnerable, los milagros son más frecuentes. En la Tierra de Israel, donde se espera una madurez espiritual mayor, la conducción divina se manifiesta principalmente a través de la naturaleza.
UNA GENERACIÓN GUIADA POR MEDIOS NATURALES
Los sabios enseñaron que cuanto más grande es la generación, más se espera que sea guiada por la naturaleza. Esto no significa que Dios esté ausente, sino que Su presencia se manifiesta de forma más sutil, a través de procesos naturales que requieren sensibilidad y profundidad para ser reconocidos.
El Sfat Emet explica que los milagros son adecuados para generaciones que necesitan señales externas para creer. Pero una generación fuerte, que ha recibido la Torá y vive en la Tierra de Israel, debe aprender a ver la mano divina en lo cotidiano: en la lluvia que cae a tiempo, en la victoria que llega tras esfuerzo, en la recuperación tras el dolor.
Esta es una forma más elevada de fe: reconocer a Dios no solo en lo extraordinario, sino también en lo ordinario.
La ausencia de milagros visibles en la guerra de 5784 no indica una falta de intervención divina, sino una forma más elevada de conducción: a través de la naturaleza.
A lo largo de la historia, vemos que:
- En generaciones frágiles espiritualmente, Dios actúa con milagros abiertos para fortalecer la fe.
- En generaciones más maduras, la guía divina se reviste de procesos naturales, que requieren sensibilidad para ser reconocidos.
La Tierra de Israel está destinada a ser conducida por medios naturales, donde la presencia de Dios se revela en lo cotidiano: en la lluvia, en el esfuerzo humano, en la resiliencia del pueblo.
Debemos recordar que la fe profunda consiste en ver a Dios incluso cuando no hay señales sobrenaturales. La naturaleza misma canta Su grandeza, y quien presta atención puede sentir Su cercanía.
¿Por qué no hay milagros visibles en la guerra de 5784?
Y si no vimos fuego caer del cielo ni mares abrirse ante nuestros ojos, no fue porque Él se ha alejado, el milagro no siempre grita. A veces susurra en el coraje de un joven, en la firmeza de una madre, en el temblor de una oración que no se rinde.
-“לא אלמן ישראל” — Israel no es viudo. No está solo. No ha sido abandonado.
Su alma arde aún en medio del polvo, y su esperanza florece incluso en la noche más larga.
Que podamos ver con ojos nuevos, sentir con corazones despiertos, y saber, sin duda, que el Creador camina con nosotros— no solo en los portentos del cielo, sino en la valentía silenciosa de quienes no se rinden.
COLOFÓN
La historia de nuestro pueblo está marcada por milagros, pero también por decisiones humanas, por dolor, por coraje y por fe. En nuestro tiempo, los milagros abiertos y visibles han cesado. La guerra en Gaza, aún sin resolución, no es prueba de intervención divina, sino testimonio del esfuerzo humano, de la resiliencia de quienes luchan, consuelan, reconstruyen y rezan.
Es en ese espacio —entre la tragedia y la esperanza— donde se revela el verdadero regalo divino: el libre albedrío. Dios no actúa por nosotros; nos dio la capacidad de elegir, de resistir, de elevarnos. Y en esa elección, en esa lucha cotidiana, se encuentra la grandeza de la fe que no depende de lo sobrenatural, sino de lo profundamente humano y de nuestra relación íntima con el Creador.
El hombre de fe no necesita milagros.
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