El peso de una sola alma
Avraham, se presenta ante el Todopoderoso como intercesor por las ciudades de la llanura. Implora, suplica, negocia por aquellos que quizás aún conservan una chispa de rectitud. Y en ese diálogo entre el hombre y su Creador, se establece un pacto: si hay diez justos en Sodoma, la ciudad será perdonada.
Avraham, cree haber asegurado la salvación de Sodoma.
Necesita de apenas diez personas justas —¿cómo podría una ciudad tan poblada no contar con al menos diez almas buenas? Pero siquiera ese mínimo se encuentra. Y entonces, los emisarios celestiales cumplen su misión de justicia y destrucción.
La Torá, nos revela el poder de la bondad individual. Una sola acción buena, una sola persona íntegra, puede inclinar la balanza del universo.
El judaísmo, coloca sobre el individuo una responsabilidad inmensa.
Rambam, nos enseña que antes de realizar cualquier acto, uno debe imaginar que el mundo entero está suspendido en equilibrio entre el mérito y la culpa. Y ese acto —si es justo y bondadoso— puede salvar a toda la humanidad. Pero si es egoísta, cruel o indiferente, puede condenarla.
Pero, incluso el más justo entre los hombres, Avraham, no puede salvar a otros únicamente con sus plegarias. Las personas, las comunidades, las naciones, deben redimirse por sí mismas.
Avraham puede ser guía, maestro, ejemplo. Pero no puede sustituir el libre albedrío ni la responsabilidad moral de cada ser humano. Solo Sodoma puede salvar a Sodoma. Solo Lot puede salvar a Lot.
Najmánides, el Rambán, critica la decisión de Lot de vivir en Sodoma, una ciudad conocida por su corrupción. Sin embargo, reconoce que mantuvo ciertos valores, como la hospitalidad, lo cual fue excepcional en ese entorno.
La salvación de Lot revela la dimensión de misericordia dentro del juicio.
Para Najmánides, la providencia divina actúa con precisión, salvando a quienes tienen un propósito en el plan divino. También subraya que la fe y la acción correcta, incluso en momentos de caos, pueden abrir la puerta a la redención.
Vivimos en una generación que busca salvadores externos. Se invierte tiempo, energía y recursos en obtener bendiciones de tzadiquim, esperando que ellos resuelvan nuestras dificultades. Pero los sabios verdaderos, cuando eran solicitados por bendiciones, respondían con una pregunta: ¿Qué buena acción has realizado tú? Porque una bendición, sin mérito personal, es como una semilla sin tierra fértil.
El Talmud nos entrega una regla de oro: Maaséjá yekarvujá — tu conducta te acercará; u’maaséjá yerajakujá — y tu conducta te alejará; מעשיך יקרבוך ומעשיך ירחיקוך — encapsulando una de las verdades del pensamiento judío: el comportamiento personal es el puente o la barrera entre el ser humano y su Creador, entre el individuo y su comunidad.
No son los títulos, ni los discursos, ni siquiera las intenciones lo que define la cercanía espiritual. Es el acto. Es el gesto. Es la decisión cotidiana de hacer el bien, de actuar con integridad, de elegir la verdad sobre la conveniencia.
No hay intermediarios que puedan sustituir el mérito personal. No hay bendición que florezca en tierra estéril. Cada uno de nosotros es responsable de su camino, y cada paso que damos deja huella en el mundo — para bien o para mal.
Esta frase no solo es una advertencia, sino también una esperanza. Porque si el comportamiento puede alejarnos, también puede acercarnos. Siempre hay retorno. Siempre hay teshuvá. Siempre hay una nueva oportunidad de actuar con rectitud y transformar el mundo con una sola acción justa. No hay atajos espirituales. Toda situación por difícil que parezca puede ser transformada por nuestras acciones en prometedora del bien y la paz.
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