LA ANGUSTIA DE UN PADRE Y UN LÍDER
El discurso de despedida de Moshé que comienza en la parashá de esta semana pone al descubierto su sensibilidad y sus emociones, y su frustración con un pueblo destinado a la santidad que parecería rehuir a su destino.
Su grito de «Eijá» —¿cómo puede ser?— es el precursor, en palabras del Midrash, de «Eijá» definitivo que nos hace lamentarnos en Tishá Beav.
Sus palabras son un recordatorio de nuestras debilidades a lo largo de la historia y resuenan con fuerza en la actualidad.
«Eijá» —¿cómo puede ser esto?— encaja en el mundo judío de hoy. No es solo la presión del liderazgo lo que aflige a Moshé, son las quejas incesantes y la actitud desagradecida de Israel hacia sus bendiciones y su relación única con Dios lo que le provoca una sensación de tristeza inquietante y de problemas inminentes.
Moshé afirmará en el Libro de Devarim:
«Porque sé que después de mi muerte se pervertirán y se apartarán del camino que les he mostrado. En días venideros les sobrevendrán calamidades, porque harán lo que ofende al Señor y con sus detestables actos provocarán su ira». Devarim 31:29.
Es la angustia de un padre que sabe perfectamente el error que está cometiendo su hijo al emprender un camino y que es absolutamente incapaz de impedir que se produzca el desastre personal.
Moshé se centra en los dos principales defectos de personalidad que están en la raíz de la debilidad y la desafección de su pueblo: la ingratitud y la falta de autoestima. La ingratitud se menciona muchas veces en la Torá. Las quejas sobre el maná, el agua, la Tierra de Israel e incluso la salida de la esclavitud egipcia son muy numerosas en la Torá. La totalidad de los cuarenta años de estancia milagrosa en el desierto de Sinaí es una larga letanía de quejas e ingratitud.
Tres profetas predijeron con la palabra «Eijá»: Moshé, Yeshayahu y Yirmiyahu. Moshé dijo: «¿Cómo [Eijá] voy a soportar yo solo todos vuestros problemas?» (Devarim 1:12); Yeshayahu dijo: «¿Cómo [Eijá] se ha convertido ahora en una ramera?» (Yeshayahu 1:21); Yirmiahu dijo: «¿Cómo [Eijá] la ciudad que rebosaba de gente se encuentra ahora sola?» (Lamentaciones 1:1).
El rabino Levi dijo:
“Esto puede compararse con una matrona que tenía tres amigas. Una la vio en su felicidad, otra en su imprudencia y otra en su desgracia. Así, Moshé vio a Israel en su gloria y felicidad y dijo: «¿Cómo puedo soportar yo solo todos vuestros problemas?». Yeshayahu los vio en su imprudencia y dijo: «¡Cómo se ha vuelto ahora como una ramera!». Yirmiahu los vio en su desgracia y dijo: «¡Cómo se encuentra ahora sola la ciudad que antes rebosaba de gente!»” (Eijá Rabá 1).
En nuestra haftará, Yeshayahu describe el pecado de abandonar la rectitud y la justicia, especialmente hacia los débiles—, pero señala muchas variantes de esta caída. La ideología que expresa recuerda las palabras de Dios sobre Abraham, justo antes de la destrucción de Sodoma y Gomorra:
«Porque yo lo he elegido para que instruya a sus hijos y a su casa después de él, a fin de que guarden el camino del Señor, haciendo lo que es recto y justo, para que el Señor cumpla con Abraham lo que le prometió». Entonces el Señor dijo: «El clamor contra Sodoma y Gomorra es grande, y su pecado es muy grave» (Bereshit 18:19-20).
Moshé lo previno en el Libro de Devarim 7:7:
«Porque sois el pueblo más pequeño de todos».
Sin embargo, nuestra fuerza interior ha residido en la firme convicción de sentirnos elegidos para una misión en este mundo. Pero, esta creencia en nosotros mismos y en nuestra misión se ha visto erosionada por la ignorancia del judaísmo entre los propios israelitas y las perniciosas influencias que nos invadieron recibiéndolas con indisimulado placer buscando ser lo que nos impusieron las circunstancias en procesos de los que no hemos sido conscientes.
Las palabras de Moshé constituyen un llamamiento para combatir estos dos males que nos debilitan y ponen en peligro nuestra supervivencia y progreso.
A la finalización de la lectura de la Torá en esta “Shabat de la Visión” que precede inmediatamente a Tisha Beav, leeremos la Haftará, que detalla profecías de reprensión y la destrucción de Jerusalén.
Yeshayahu, hijo de Amotz, nos reprende desde el pasado con palabras que nuestros líderes espirituales de hoy no saben expresar ni lo intentan, incapaces de ver nuestra realidad que es la suya:
“Escuchad, cielos; oye, oh tierra: el Señor ha hablado: «He criado a hijos, los he educado; pero se han rebelado contra mí. Incluso el buey conoce a su dueño, y el asno, el pesebre de su amo. Israel no conoce; mi pueblo no trata de comprender. ¡Ay de la nación pecadora, un pueblo agobiado por la iniquidad, descendencia de los impíos, hijos perversos, que abandonaron al Señor, difamaron al Santo de Israel y se apartaron! ¿Por qué vais a sufrir más azotes? Sin embargo, generáis más rebeldía; tenéis la cabeza enferma, todos vosotros; todo vuestro corazón está enfermo»“… (Yeshayahu 1:1-27)
En nuestros días, estamos necesitados de recordar estas palabras ante el desastre y las pérdidas de la guerra que pronto cumplirá tres años. Necesitamos acciones de reparación por los innumerables errores cometidos a todos los niveles que todavía no cesan. De nuestra indiferencia ante los daños colaterales cometidos contra los nuestros e incluso a nuestros enemigos, de nuestro silencio frente a las voces enfermas que piden más muerte y desolación.
En este Shabat ya iniciado el mes de Menajem Av, se nos exige que atendamos con mayor diligencia a las palabras y el mensaje de Moshé y de los profetas que deben conducirnos hacia la sanación espiritual y como consecuencia a la consolación y la redención definitivas que dependen exclusivamente de la actitud hacia nuestro propio destino.
La verdadera grandeza de Israel no está en su número ni en su fuerza, sino en su vocación espiritual: ser un pueblo pequeño que lleva una misión inmensa—guardar la Torá, ser fiel al pacto y reflejar en el mundo la presencia del Eterno.
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