El fracaso de la familia Netanyahu en insertar al hijo Yair en la Junta Directiva de la Organización Sionista Mundial está lejos de poner punto final a su cómoda vivencia en la diáspora.
Cabe suponer que continuará sin límites ni reservas todo tiempo que sus padres le faciliten amplias raciones del presupuesto nacional.
Los medios reiteradamente censuran una conducta que si fuera imitada por amplios sectores de la juventud israelí pondría a nuestro país en difícil trance. Y no sólo por implicar el empobrecimiento y la deserción de las obligaciones ciudadanas.
La cómoda estancia de Yair en Miami exige un costo público que se estima en varios millones de dólares al año debido a los seis o más vigilantes de su seguridad personal que se turnan cada dos semanas.
Cabe agregar que la residencia de su hermano Avner en Londres también representa un alto gasto público, pero este no elude sus obligaciones cuando se le pide tomar activa parte en la defensa del país.
Un contraste que gravita en múltiples familias cuando sus hijos son llamados una y otra vez a las filas militares con la perspectiva de un difícil cuando no trágico retorno.
Cabe pensar que el ejemplo de Yair se sumará a otras circunstancias que en los últimos años propician la emigración de familias israelíes a múltiples países que ofrecen convenientes perspectivas.
Ampliar los futuros de sus jóvenes hijos es para ellas una comprensible ambición cuando reiterados y exigentes episodios bélicos la reducen y cierran.
Opino que por su importancia y pública gravitación la familia Netanyahu ofrece hoy pruebas de una conducta que pone en peligro la existencia y progreso de nuestro país.
Cabe atenderla.
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