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jueves 04 de junio de 2026
Una cita literaria. Estación de Francia. De Barcelona a Jerusalén, la ruta secreta que salvó vidas llega a Israel

Una cita literaria. Estación de Francia. Lo que mi padre nunca contó. De Barcelona a Jerusalén, la ruta secreta que salvó vidas judías llega a Israel

Un libro que recorre las rutas secretas de Barcelona y los Pirineos, donde héroes anónimos arriesgaron todo por salvar vidas, y que ahora en Jerusalén devuelve la voz a los que nunca la tuvieron, conectando memoria, esperanza y valentía a través del tiempo y las fronteras.

Viajar a Israel para presentar el libro sobre mi padre y su historia,  Estación de Francia. Lo que mi padre nunca contó, ha sido mucho más que una cita literaria, ha sido un regreso a la historia. En Jerusalén, donde la memoria tiene un peso físico, la figura de mi padre, un hombre discreto, silencioso, que nunca habló de sí mismo,  halló por fin el lugar que le correspondía. Durante años ocultó su participación en una red clandestina que, desde la Barcelona neutral y gris de la posguerra, ayudó a judíos y perseguidos a cruzar los Pirineos rumbo a la libertad.

Llegar a Israel con mi libro Estación de Francia. Lo que mi padre nunca contó bajo el brazo fue, más que un viaje, un regreso a la historia. En Jerusalén, bajo una luz que parece contener todas las memorias de todos los siglos, la historia de mi padre, un hombre que vivió el heroísmo en silencio, encontró un lugar al que, de algún modo, siempre había pertenecido.

Ahora, ese relato oculto llega al corazón de un país que ha hecho del recuerdo su identidad colectiva. Presentar el libro en Israel no ha sido solo un acto literario, ha sido un diálogo con la memoria. En las conversaciones con descendientes de refugiados y supervivientes, comprendí que las pequeñas historias personales, esas que el tiempo arrincona en los márgenes de los archivos, pueden, en ocasiones, reescribir los grandes relatos de la Historia.

Una cita literaria. Estación de Francia. De Barcelona a Jerusalén, la ruta secreta que salvó vidas llega a Israel

FRANCISCO DEL RIO. DIRECTOR INSTITUTO CERVANTES TEL AVIV (FOTO AUTORA)

El viaje comenzó en Tel Aviv, en una sala del Instituto Cervantes, donde fui recibida por su Director Francisco del Rio y la Coordinadora cultural Einat Talmon,  donde el público escuchaba con una mezcla de sorpresa y emoción el relato de cómo, desde una montañas como los Pirineos y una estación de tren en Barcelona, se fraguaban las rutas secretas de la esperanza.

Entre los asistentes había nietos de familias que lograron escapar de la Europa ocupada y cruzaron España rumbo a Lisboa gracias a redes de evasión conectadas con el Consulado Británico. también me acompañaron el Dr. Abraham Haim y su esposa, Irina Zelener, secretaria de la Embajada Argentina en Israel,  Paola Zacarias, Debora Wellerman, maquetadora del libro, Gabriela Keselman, abogada activista, el Rabino de Jerusalén Uri Ayalon,  Elvira Temp Gattegno hija y nieta de refugiados en Barcelona y un público en general con ganas de conocer parte de esta historia tan importante como desconocida.

Algunos se acercaron después para preguntar nombres, rastrear fechas, buscar vínculos. Cada conversación era una pieza más en el rompecabezas de la memoria,  fue entender que el libro había encontrado su destino. Mi padre, Venancio Ramis Corominas, fue uno de esos hombres anónimos que no esperaban reconocimiento ni medallas, solo querían que otros pudieran seguir viviendo.

Cada encuentro en Israel confirmó que Estación de Francia no es solo una reconstrucción familiar, sino un fragmento de la historia europea que había quedado suspendido en el silencio. A través de documentos del SOE británico, (Special Operations Executive) archivos de distintos países y categorías, cartas diplomáticas y testimonios recuperados, el libro revela cómo una red clandestina que operaba desde la capital catalana y desde Madrid, salvó a decenas de personas. Lo que comenzó siendo una investigación personal se transformó en una restitución histórica.

 

“Mi padre, Venancio Ramis Corominas, fue uno de esos hombres anónimos que no esperaban reconocimiento ni medallas, solo querían que otros pudieran seguir viviendo”.

 

Una cita literaria. Estación de Francia. De Barcelona a Jerusalén, la ruta secreta que salvó vidas llega a Israel

PRESIDENTA OLEI AFULA (FOTO AUTORA)

En la Sede de la Olei de Afula  en el norte de Israel, fui recibida por la Comisión Directiva y por la presidenta de  Wizo y su expresidenta, que cedieron su salón de actos para el evento.  El aire estaba cargado de una emoción contenida. En la sala, llena de vida, se mezclaban rostros que guardaban historias de supervivencia y miradas jóvenes, herederas de una memoria que no se apaga. Entre ellos, algunos de los últimos testigos directos del Holocausto, acompañados por sus hijos y nietos.

Mi presentación comenzó con un silencio respetuoso, casi sagrado. Hablé de Barcelona, de aquellos años oscuros en que mi padre, desde la discreción y el riesgo, colaboró para salvar vidas perseguidas por el nazismo.

Conté cómo, desde una ciudad herida, derrotada por una cruel guerra civil, pero muy solidaria, se tejieron redes de ayuda, pasaportes y documentos falsos, rutas clandestinas que cruzaban los Pirineos hacia la libertad, con la intervención del Consulado Británico de Barcelona, Consulado de Polonia libre, Cruz Roja Internacional y británica, la Embajada Británica en  Madrid y el Instituto Británico.

A medida que avanzaba mi relato, percibí cómo algunos asentían, como si reconocieran en mi voz fragmentos de sus propias historias familiares. Una mujer mayor, de ojos claros y firmes, me dijo al final, “Mi padre también cruzó por España… quizás alguien como el suyo le tendió la mano.”

No hubo discursos solemnes ni grandes gestos, solo el reconocimiento íntimo entre quienes saben lo que significa arriesgarlo todo por la vida de otros. La memoria, allí en Afula, no era un pasado remoto, era un hilo que nos unía, de Barcelona a Israel, de padres a hijos, de la oscuridad a la esperanza.

Una cita literaria. Estación de Francia. De Barcelona a Jerusalén, la ruta secreta que salvó vidas llega a Israel

PRESIDENTA OLEI JERUSALÉN (FOTO AUTORA)

La presentación en la Olei de Jerusalén tuvo un tono distinto, más amplio, más solemne. Me recibió su presidenta Lea Kaplan y el Comite DirectivoCamila Saferty  y León Amiras, abogado y notario, Presidente de la Olei en Israel. El auditorio estaba lleno, descendientes de supervivientes,  miembros de la comunidad latinoamericana en Jerusalén y otras ciudades. Desde el primer momento, sentí que no hablaba solo de mi padre, sino de una memoria compartida que resonaba con fuerza en cada rincón de la sala.

 Al proyectarse las imágenes de la película que aporto en mis presentaciones, de la Barcelona de la II Guerra Mundial, en plena posguerra, que ilustra el libro, el murmullo cesó. Expliqué cómo, desde aquella ciudad derrotada se había levantado una red silenciosa de salvamento. Conté los nombres, los gestos, los riesgos, la humanidad escondida tras cada documento falso o cada puerta que se abría de noche.

“El público escuchaba con una atención casi reverente. Algunos tomaban notas; otros, simplemente cerraban los ojos”.

Esa noche, en Jerusalén, comprendí que las historias de mi padre y de tantos otros no pertenecen solo a las familias, a España o a la guerra, sino a un patrimonio moral que nos une a todos, la valentía anónima frente a la barbarie, la fidelidad a la vida cuando todo empuja hacia la muerte. Fue más que una presentación, fue un acto de memoria viva en Jerusalén, la ciudad donde la historia y la esperanza se miran de frente.

VIVIAN EPSTEIN. COORDINADORA DE CASAS DE VIDA DE LA FUNDACIÓN WALLEMBERG (FOTO AUTORA)

También tuve el honor de depositar mi libro en la Fundación Raoul Wallenberg de Tel Aviv,  a través de su Vicepresidente Danny Rainer y la coordinadora de casas de vida Vivian Epstein. La fundación es un lugar dedicado a preservar la memoria de quienes, como Wallenberg, arriesgaron todo para salvar vidas durante la II Guerra Mundial. Fue un gesto cargado de simbolismo, entregar Estación de Francia.

Lo que mi padre nunca contó,  allí significaba que la historia de mi padre, de sus actos de valentía y de las rutas clandestinas de salvamento que tejió en Barcelona y los Pirineos, encontraba un espacio entre quienes custodian la memoria de la solidaridad y el coraje humano. Al dejar el libro, sentí que su mensaje ya no era solo mío, formaba parte de un legado que conecta generaciones, países y corazones con la misma fuerza de la esperanza frente a la oscuridad. Hace tres años, la Fundación rindió homenaje a mi padre con una tirada de sellos en Israel a través de la Autoridad Filatélica del estado.

“Hace tres años, la Fundación rindió homenaje a mi padre con una tirada de sellos en Israel”

Una cita literaria. Estación de Francia. De Barcelona a Jerusalén, la ruta secreta que salvó vidas llega a Israel

DANI DAYAN. PRESIDENTE YAD VASHEM. (FOTO AUTORA)

Mi siguiente reunión se produjo en el despacho del Presidente del Yad Vashem, Dani Dayan, quien me recibió con gran amabilidad y respeto,  fue de una intensidad difícil de describir. Junto a él estaba el director de archivos el Dr. Haim Gertner hijo de una pareja que logró sobrevivir cruzando los Pirineos y escapar a Canadá a través de Lisboa, tras pasar por cárceles y campos de concentración franquistas, que quiso conocerme e intercambiar información de lo que ocurrió con sus padres.

Conversamos sobre las rutas clandestinas de salvamento que cruzaban los Pirineos, esa frontera áspera y helada que separaba el miedo de la esperanza. Hablamos de los hombres y mujeres que, desde la sombra, hicieron posible que tantos perseguidos encontraran una salida, guías, diplomáticos, contrabandistas convertidos en salvadores, campesinos que abrían sus casas en mitad de la noche.

Le conté cómo mi padre, desde el Consulado Británico de Barcelona, actuaba en contacto con el grupo secreto impulsado por Churchill, tan decisivo como desconocido, vinculado al grupo SOE (Special Operations Executive), que coordinaba operaciones de rescate en la Europa ocupada. Le mencioné nombres y lugares que parecían resonar en su memoria, el consulado británico, el hotel Bristol, el Ritz, los hermanos Sequerra miembros del JOINT de Estados Unidos, la estación de Francia y aquellas rutas invisibles que unían la ciudad con las montañas del Pirineo.

“En ese momento, comprendí que no estábamos solo reconstruyendo historia, sino enlazando vidas”.

A medida que hablábamos, la conversación dejó de ser institucional y se volvió profundamente personal. El presidente del Yad Vashem escuchaba con atención, pero también con emoción, sus preguntas no eran protocolarias, sino de quien siente que algo esencial está saliendo a la luz. El director de archivos Dr. Haim Gertne,  tenía los ojos brillantes. Me dijo en voz baja que los nombres que mencionaba le resultaban familiares, que tal vez el camino de sus padres se cruzó con el de mi padre o algún compañero del grupo, en un  punto de aquella geografía del riesgo y la esperanza.

Una cita literaria. Estación de Francia. De Barcelona a Jerusalén, la ruta secreta que salvó vidas llega a Israel

DR. HAIM GERTNE. MUSEO YAD VASHEM (FOTO RR.SS.)

En ese momento, comprendí que no estábamos solo reconstruyendo historia, sino enlazando vidas. La emoción en la sala era silenciosa, contenida, pero palpable, un reconocimiento mutuo entre quienes, desde distintos lugares y generaciones, compartíamos una misma certeza que la humanidad, incluso en sus horas más oscuras, encuentra siempre un modo de abrir un camino de esperanza y luz.

El presidente se comprometió a investigar más a fondo sobre ese grupo británico y su conexión con las redes en España, consciente de que se trata de un capítulo aún poco explorado en la historia del rescate de judíos durante la  II GM, que debe ser conocido y explicado para que las futuras generaciones no lo olviden y las presentes la conozcan.

Antes de despedirnos, entregué mi libro Estación de Francia. Lo que mi padre nunca contó,  para la biblioteca del Yad Vashem. El gesto fue simple, pero cargado de sentido y de emoción, devolver la memoria a su casa natural, entre quienes la custodian y la honran con rigor, respeto y humanidad.

En Israel comprendí que este libro no era solo una búsqueda periodística, sino una forma de reconciliación. Durante años intenté descifrar el  silencio de mi padre.

 

“Entregué mi libro Estación de Francia a Dani Dayan con una emoción difícil de describir,  Lo que mi padre nunca contó,  para la biblioteca del Yad Vashem”.

 

Ahora entiendo que su silencio no era olvido, sino pudor. Un modo de proteger la memoria sin convertirla en bandera. Pertenecía a una generación que no escribía memorias ni buscaba reconocimiento, se limitaban a hacer lo correcto, a riesgo de perderlo todo. En la España gris de la posguerra, hablar podía ser peligroso, incluso la cárcel y la muerte y quizá también fuera inútil. El silencio fue su refugio y su manera de seguir adelante.

En Jerusalén, al ver los nombres de quienes arriesgaron sus vidas para salvar a otros grabados en los muros  del Jardín de los Justos entre las Naciones de Yad Vashem, pensé que mi padre nunca habría querido ver el suyo allí. No por falsa modestia, sino porque creía que la bondad no necesita monumentos. “Ayudar no fue un mérito”, dijo en algún párrafo de sus diarios, “fue una obligación humana”. Esa frase, tan suya, resume la esencia del libro, la idea de que la esperanza puede nacer en los lugares más oscuros.

 

“Ayudar no fue un mérito”, dijo en algún párrafo de sus diarios, “fue una obligación humana”.

 

Mientras hablaba ante el público israelí, tuve la sensación extraña y profunda de que el tiempo se plegaba sobre sí mismo. Las palabras que pronunciaba no eran solo mías: sentía que venían de lejos, como un eco que regresaba desde otra época. Aquel joven que recorría las calles de una Barcelona gris y vigilada, que recogía fugitivos exhaustos, que esperaba en la Estación de Francia con documentos falsos y una calma aprendida del peligro, parecía caminar ahora conmigo, desde otra dimensión.

ESTACIÓN DE FRANCIA. (FOTO AUTORA)

Veía su silueta entre los rostros atentos del público. En cada mirada, en cada respiración contenida, reconocía la presencia de quienes, gracias a hombres como él, lograron cruzar la frontera y salvar la vida.

Recordé los nombres de los refugios, el Hotel Bristol, el Ritz, pensiones sin nombre, casas particulares, los pasillos del consulado británico donde se tejían, con precisión y silencio, las redes de salvamento que Churchill junto al M16, había impulsado a través del SOE (Special Operations Excutive) y a las que mi padre se unió con discreción y coraje.

Al pronunciar su nombre, sentí que algo se abría en la sala un hilo invisible unía el pasado y el presente, a los que huyeron y a los que recordaban, a los que salvaron y a los que heredamos la memoria. Contar su historia era más que un acto de homenaje, era devolverle la voz que nunca usó para sí mismo, rescatar del silencio a una generación que eligió el riesgo y el silencio antes que la indiferencia.

“Su presencia llenaba el aire, invisible pero real, como si hubiera regresado para escuchar, por fin, la historia que durante tanto tiempo guardó en secreto”.

Y mientras las palabras fluían, comprendí que mi padre no estaba en los archivos ni en las fechas, sino allí, en ese instante suspendido, caminando de nuevo junto a los suyos por los caminos de la esperanza.

Estaba también en la sala, conmigo y con todos, en el silencio atento del público, en las miradas emocionadas de los descendientes de quienes un día ayudó sin pedir nada a cambio, en el temblor apenas perceptible de mi propia voz. Su presencia llenaba el aire, invisible pero real, como si hubiera regresado para escuchar, por fin, la historia que durante tanto tiempo guardó en secreto.

En el vuelo de regreso a Barcelona, mientras Tel Aviv se iba desdibujando bajo la luz dorada del atardecer, sentí una mezcla de serenidad y desgarro. Miraba por la ventanilla cómo el mar se teñía de cobre y pensé que aquel viaje había sido mucho más que la presentación del libro Estación de Francia.

Era, en realidad, el final de un largo recorrido interior, la manera de cerrar una deuda, no solo con mi padre, sino con todos aquellos hombres y mujeres que eligieron la compasión en tiempos de miedo y oscuridad donde la vida no tenia ningún valor y ser judío era sinónimo de muerte,  en aquella Europa dominada por Hitler.

“En el vuelo de regreso a Barcelona, mientras Tel Aviv se iba desdibujando bajo la luz dorada del atardecer, sentí una mezcla de serenidad y desgarro”.

En Israel, al contar su historia ante los descendientes de quienes él ayudó a salvar, comprendí que aquel silencio no era olvido, sino pudor. No hablaba de sí mismo porque creía que el bien debía hacerse sin testigos. Y sin embargo, al narrarlo, su voz se hizo presente,  en cada rostro emocionado, en cada palabra que encontraba eco. Era como si él mismo me hubiera acompañado a ese escenario, devolviéndome la fuerza que un día le sostuvo a él.

Cuando entregué Estación de Francia. Lo que mi padre nunca contó, al Yad Vashem, entendí que la historia ya no me pertenecía. Lo que mi padre nunca contó ahora forma parte de la memoria de todos. Y mientras el avión se alejaba de Israel, supe que aquel joven que ayudaba en la sombra había vuelto, no solo en mis palabras, sino en cada corazón que decidió escuchar. En ese instante, los silencios dejaron de doler y se transformaron, por fin, en esperanza compartida. Mi padre y lo que él nunca contó, ahora pertenece a todos.

Nota de la Autora

Este libro nace de la memoria, pero también de una necesidad vital, la de honrar a mi padre y a los qué, como él, en tiempos oscuros arriesgaron todo por salvar vidas ajenas. Durante mucho tiempo llevé esta historia conmigo, sin atreverme del todo a escribirla. Tal vez no era el momento. Tal vez el dolor aún pesaba más que las palabras.

Pero lo que está ocurriendo ahora en Israel, la violencia, el sufrimiento, la fragilidad de tantas vidas inocentes,  me empujó, por fin, a terminarlo. Porque la historia de mi padre no es solo el pasado, es una llamada a actuar también en el presente. A no ser indiferentes. A seguir creyendo en la dignidad humana, incluso cuando todo parece perdido.

Como modesto reflejo de ese legado, he decidido que los beneficios obtenidos por la venta de este libro serán donados a la Fundación Afikim de Jerusalén, en apoyo a su valiosa labor educativa y social con niños y familias en situación de vulnerabilidad. Porque la esperanza no se declama, se construye con gestos concretos. Y este libro es en el fondo, uno de ellos.

Un intento de tender un hilo entre el pasado y el presente, entre lo que fue y lo que aún duele. Una forma de abrazar, con palabras, a ese padre que ya no está, pero que me acompaña en cada página. Escribirlo ha sido, también para mí, una forma de resistir al olvido, de no dejar que el silencio cubra lo que merece ser contado. De sostener, desde mi lugar, una pequeña llama encendida frente a tanta oscuridad. Porque a veces, solo a veces,  escribir también es una manera de salvar y de salvarse.

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