Rabino Yerahmiel Barylka / Parashat Vayetze

Como ya hemos visto en más de una oportunidad, gran parte de Bereshit-Génesis presenta los conflictos y la separación entre hermanos y parientes por razones existenciales y religiosas. La verdad y el amor entran en conflicto. Así ocurre en la disputa entre Abraham y Sara respecto de Yishmael (Génesis 21:9-12). Para Sara, Yishmael es “el hijo de la sierva”; para Abraham, “su hijo”; para Dios, simplemente “el muchacho”.

Ahora es el turno de Yaakov que debe responder a sus temores y sus dudas y los sabios agregan leyendas al texto de la parashá para tratar de responderle y a través de nuestro patriarca nos envían un mensaje también a nosotros.

En el Sueño de la Escalera, los ángeles de la Tierra de Israel abandonan a Yaakov, pero otros descienden para acompañarlo. Dios estará con Yaakov en su partida y en su retorno: “Y te hará volver al lugar donde naciste”. En el contexto del sueño (Génesis 28), Dios le promete acompañarlo en su salida hacia tierras extranjeras y garantizar su retorno. No es solo un regreso físico a la tierra natal, sino también un retorno espiritual a la raíz, a la identidad y a la misión que Yaakov encarna como patriarca de Israel.

Maimónides y otros pensadores interpretan este tipo de pasajes como metáforas de la providencia divina: el hombre puede alejarse, pero siempre existe la posibilidad de volver al origen, entendido como la verdad y la unidad de Dios. El “volver” no es únicamente geográfico, sino también ontológico: regresar al fundamento del ser, a la fuente de la existencia. La frase evoca la idea de que todo ser humano, tras sus exilios, luchas y búsquedas, está llamado a retornar al lugar de su nacimiento interior, es decir, a la autenticidad y a la fidelidad a su esencia.

El viaje de Yaakov se convierte en un paradigma del viaje humano: salir, enfrentar pruebas, y finalmente regresar transformado al origen. La Torá describe el trasfondo del sueño:

Y llegó a cierto lugar, y durmió allí, porque ya el sol se había puesto; y tomó de las piedras de aquel paraje y puso a su cabecera, y se acostó en aquel lugar.

Años más tarde, al regresar a la tierra, evocará aquellos días difíciles (32: 11): “Cuando crucé este río Jordán, no tenía más que mi bastón; pero ahora puedo formar dos campamentos”. Su plegaria entonces fue que el Santo estuviera con él “y me diera pan para comer y vestidura para cubrirme”. Entretanto, la tierra era su lecho y sus piedras su almohada: “Y tomó de las piedras del lugar y las puso a su cabecera”.

Tras el sueño profético, Yaakov erigió una estela:Y tomó una piedra del lugar y la colocó allí”.

Un detalle menor en esta descripción llamó la atención de los Sabios. En el primer versículo se habla de “piedras” en plural, que Yaakov colocó a su cabecera; en el segundo, de una sola piedra.

Rabí Abraham Ibn Ezra interpretó el primer versículo como si dijera: “Y tomó una piedra de entre las piedras del lugar”. Los Sabios, sin embargo, siguieron otro camino y se basaron en esta diferencia para transmitirnos una leyenda. Rashí resume siguiendo a R’ Yitzjak en Julin 91 b, “Las piedras discutieron entre sí. Una decía: ‘Sobre mí reposará la cabeza del justo tzadik’; otra decía: ‘Sobre mí descansará’. Inmediatamente el Bendito las convirtió en una sola piedra, y de ello se dice: ‘Y tomó de ella’”.

Durante generaciones, los estudiosos que conocían las escrituras y las vivían íntimamente, interpretaron esta leyenda como una parábola. La multitud de piedras representa la discordia, la existencia de diversos grupos en el pueblo. En la desavenencia hay peligro. Las piedras deben convertirse en una sola. Esta es la visión de la unidad de Israel.

¿Podemos aceptar esta interpretación como indicativo de lo que debemos hacer también en nuestros días de segmentación y discrepancia?

¿Es correcta esta interpretación? El lector decidirá.

El Midrash (Bereshit Raba 68:11) añade un matiz a la leyenda. Allí se discute el número de piedras que se unieron. “Rabí Yehudá dijo: doce piedras”. “Rabí Nehemías dijo: tres piedras”. Y los rabinos de la yeshivá, dijeron: “dos piedras”.

Esta disputa dialéctica alude a tres tipos de conflictos que pueden quebrar la unidad.

Los sabios que hablaron de “dos piedras” añadieron: “De Abraham salieron Yishmael y los hijos de Quetura. De Yitzjak salió Esav y sus descendientes”. “¿Y yo?”, pregunta Yaakov. “¿También de mí saldrán hijos perdidos, que deban separarse de la familia?”

También entre Yaakov y Esav habrá separación.

En tiempos bíblicos, Yishmael y Esav eran naciones vecinas de Israel. Más tarde, los sabios vieron en Yishmael la representación del Islam y en Esav-Edom la del cristianismo. La idea de separación adquirió entonces un nuevo significado.

Estas religiones nacieron bajo la influencia del judaísmo. Como Esav, dijeron a Yaakov (Génesis 33:12): “Caminemos juntos”. Nos hallamos ante un fenómeno histórico de gran importancia: tanto Mahoma como Lutero, y ciertamente los primeros cristianos, se vieron a sí mismos como continuadores de la visión israelita original e intentaron absorber en sus filas a los judíos.

Los israelitas rehusaron y respondieron como Yaakov: “Yo iré despacio” en Génesis 33:13–14, cuando habló con su hermano Esav después de reconciliarse con él. En ese pasaje, explica que no puede apresurarse porque viaja con niños pequeños y le pide a su hermano Esav que se adelante, mientras él irá lentamente —Yaakov es el pueblo de Israel— en una historia distinta, incluso en los márgenes de la historia, para preservar su fe y no aceptará lo que desde lejos pareciera un ofrecimiento generoso de los líderes de las religiones que surgieron de la familia de Yaakov, pero, que la historia demostró que no fue así.

La piedra de Yaakov se enlaza con las piedras de sus antepasados, como dijo Rabí Nejemiá. La separación es necesaria, pero ¿tiene un fin? Rabí Yehudá afirma que “doce piedras” se unieron. Bereshit concluye con un conflicto entre los hijos de Yaakov, simbolizado en la confrontación entre Yehudá y Yosef en la historia de parashat Vayigash que leeremos este año el shabat 27 de diciembre.

Esa confrontación se encarnará en la historia en la separación catastrófica de dos pequeños dominios, los reinos de Israel y de Yehudá.

¿Se unirán las piedras?

El profeta Ezequiel anuncia la restauración de la unidad destruida en el capítulo que se convirtió en epílogo de Vayigash. Dios ordena a Ezequiel (37:16-19):

En cuanto a ti, hijo de hombre, toma una vara y escribe en ella: “Yehudá y los israelitas asociados a él”. Toma otra vara y escribe en ella: “Yosef, vara de Efraín, y todos los israelitas asociados a él”. Júntalas después de modo que, cuando las agarres, parezcan una sola vara.  Y, cuando tus compatriotas te digan: “¿No nos vas a decir qué es eso que tienes ahí?”,  les responderás: “Esto dice el Señor Dios: Voy a tomar la vara de Yosef, que está en la mano de Efraín, y a las tribus de Israel asociadas a él, y pondré encima de ellas la vara de Yehudá: así los convertiré en una sola vara; serán una sola cosa en mi mano”.

Las dos varas, antiguamente emblemas de poder y cetros reales, se funden en un único árbol: imagen viva de la restauración de la unidad quebrada entre las tribus de Israel. La historia de las piedras que se unen no es sino un eco distinto de la parábola de las varas de Ezequiel, una advertencia velada que debemos acoger en lo profundo del corazón, para conjurar el desastre que amenaza con repetirse en la actualidad.

Y nosotros, hermanos nacidos de los patriarcas, mientras reconozcamos nuestro destino en un solo pueblo, estamos llamados a obrar con firmeza y entrega, para que, sin renunciar a la diversidad de nuestro pensamiento, podamos volver a ser un solo tronco, nutrido aún por las raíces que nos sostienen desde la antigüedad.
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Yerahmiel Barylka: "Después de liderar el movimiento juvenil Ezra, a los diecisiete años de edad se inició en la educación formal, dirigiendo la Escuela Religiosa Israelita Heijal Hatorá, en Buenos Aires, luego de lo cual fue profesor del Instituto de Superior de Estudios Judaicos (Majón Lelimudey Haiadut) y dirigió las escuelas Talpiot y José Caro en Buenos Aires. Durante 11 años fue el director de la Agrupación Juvenil Ramah de la Congregación Israelita de la República Argentina en la que centenares de jóvenes tuvieron sus primeras vivencias religiosas y participaron en sus actividades educativas. Se desempeñó como Capellán de los Institutos Penales de Buenos Aires, entre 1960 y 1976, asistiendo a los internos de religión judía en sus necesidades espirituales personales y espirituales. Se trasladó a México en el año 1976 convocado para dirigir la escuela Yavne y durante su larga estadía en ese país, dirigió el Seminario de Maestros Hebreos que luego se convirtió en la Universidad Hebraica, el Centro de Estudios Judaicos (CEJ), la representación en México del Instituto Weizmann de Ciencias de Rehovot, Israel, y fue Asesor de Presidencia de la Comunidad Maguen David. Actualmente se desempeña como asesor de comunidades judías latinoamericanas y como Director General de Otot -Servicio de consultoría educativa y comunitaria especializado en las comunidades judías de habla española."