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jueves 04 de junio de 2026

Irving Gatell/ La cuenta regresiva para el segundo round… y Venezuela

Todo parece indicar que, tarde o temprano, Israel tendrá que atacar otra vez a Irán, a Hezbolá, y de paso terminar el trabajo en Gaza aplastando a Hamas. Por eso es que el tema de Venezuela empieza a volverse cada vez más importante.

Todos los fenómenos importantes del día de hoy son globales. Hace mucho que asuntos tan relevantes como la economía o la guerra dejaron de ser fenómenos locales. Esto, porque la masificación de internet nos permitió tener acceso a la información en tiempo real, y eso desdibujó las fronteras que podían hacer que un país o un grupo de países se mantuvieran aislados del resto del mundo.

Qassem Soleimani, el general iraní eliminado por Estados Unidos en 2020, lo entendió correctamente, y fue el genio estratega que se dedicó pacientemente a armar la red de colaboradores de Hezbollá en todo el mundo. Él fue quien sentó las bases para que el gobierno chavista de Venezuela se convirtiera en el principal aliado del terrorismo iraní en el continente americano. Con esa medida consiguió que la guerra se volviera algo más difícil para los Estados Unidos —enemigo natural de los ayatolas—, toda vez que ya no sería un conflicto regional, sino literalmente mundial.

Acaso la mayor genialidad de Israel en el marco de la guerra contra Hamas es que logró mantener el conflicto en los límites territoriales del Medio Oriente. Los choques con Hezbollá, con los huthíes y con Irán fueron inevitables, pero el conflicto no escaló más allá de eso.

Pese a la evidente y contundente victoria israelí en todos los frentes, es bien sabido que la guerra no ha terminado.

Las guerras difícilmente terminan como consecuencia de acciones militares, a menos que un bando simplemente extermine al otro. Todos los grandes conflictos han concluido después de que las acciones militares le han dado espacio a la negociación política. Esta última es la mejor herramienta para lograr la rendición de un enemigo ya derrotado, pero que podría mantenerse activo y beligerante en menor escala por medio de un modelo de guerrillas.

Estados Unidos e Israel procedieron de ese modo. Le dieron espacio a la diplomacia y buscaron el modo de que Irán, Hezbollá y Hamas desactivaran el conflicto, se rindieran, y permitieran que las cosas volvieran a una verdadera normalidad. Para ello, contaron con el apoyo de Arabia Saudita y los Emiratos Árabes Unidos; luego incluso se logró el beneplácito de casi todo el mundo.

Lamentablemente —y no es algo que sorprenda a nadie, aunque no por ello deje de ser decepcionante—, los enemigos derrotados no aceptaron la oferta. En vez de ello, han tratado de recomponerse, reorganizarse, rearmarse, y a cada oportunidad han dejado en claro que se mantendrán en pie de guerra.

Bien. Entonces, guerra tendrán. Si no hay más alternativa, Israel volverá al ataque.

La postura de Irán, Hezbollá y Hamas es totalmente irracional. En sus mejores momentos (hasta el 6 de octubre de 2023) no tuvieron la capacidad de enfrentarse a Israel. Hoy, incluso con cierto apoyo ruso o chino, se encuentran diezmados, sin dinero y sin sus líderes más competentes (todos ellos eliminados por Israel).

En cualquier panorama de enfrentamiento bélico van a ser derrotados. Sin embargo, ya se sabe que esa nunca va a ser garantía de que dejen de ser un problema.

Se puede ver en Siria: el régimen de Assad cayó, pero eso no trajo una solución inmediata.

Las posibilidades para que sobreviva el radicalismo encarnado por los ayatolas, Hezbollá y Hamas son muchas, y por ello la solución de fondo otra vez tiene que buscarse por una ruta distinta a la militar.

Y no es un misterio de qué se trata: el dinero.

Lo que las acciones militares no lograrán jamás, se puede lograr si se cortan o destruyen los principales canales de financiamiento de estos regímenes.

O sea, el petróleo.

Por eso es que Trump está jugando otra carta importante —crucial, sin ir más lejos— en Venezuela. No sólo se trata de ponerle fin al dinero que este país le manda a Rusia y a Irán (ya sea en petróleo o en oro), sino provocar un cambio radical en uno de los mercados más importantes del mundo.

Se sabe que Venezuela tiene las reservas de petróleo más grandes del mundo, pero su industria petrolera está destruido como consecuencia de un cuarto de siglo de políticas chavistas. Por ello, su capacidad de exportación se ha reducido a un tercio de lo que era en 2005.

Ahí está el detalle fino de este otro conflicto: un cambio de régimen facilitaría el apoyo internacional para que Venezuela reconstruyera su industria petrolera y volviera a convertirse en un protagonista destacado en este mercado global. Ello pondría más petróleo en la oferta internacional, y entonces el precio del barril empezaría a bajar. Las consecuencias económicas serían de máxima importancia, pues los ingresos petroleros se reducirían en todo el mundo.

Los dos países más afectados por ello serían Rusia e Irán. Rusia quedaría maniatada y se volvería más fácilmente controlable; Irán, en cambio, quedaría eliminado. Su economía está sumamente deteriorada, y no soportaría el golpe.

Arabia Saudita y los Emiratos Árabes Unidos también resentirían la disminución de ingresos, pero ellos sí se están construyendo otra opción: los Acuerdos de Abraham. Estos no pretenden ser nada más un mero tratado de paz con Israel, sino el punto de partida para la creación de una amplia zona de colaboración económica. Por medio de ellos, ambos países diversificarían sus economías, y la reducción en los ingresos petroleros no les causaría un daño particularmente grave.

A Qatar no le iría tan bien. No está en una situación crítica como Irán, pero si no se integra a los Acuerdos de Abraham y se da la opción de diversificar su economía, su poderío económico quedara rebajado y tendrá que plegarse a las directrices de otros países.

Así está el tablero de ajedrez en este momento. Irán, Hezbollá y Hamas tratan de mover sus piezas, pero la iniciativa la controlan Israel y los Estados Unidos.

Al tiempo.

 


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