La tradición moderna en la exégesis de los textos bíblicos comienza con un autor alemán: Wellhausen (1844-1918). Las ideas de Wellhausen fueron entusiastamente recibidas y se convirtieron casi en un dogma. Los autores estiman que esta vigencia de Wellhausen radica entre otras cosas, en la diferencia que establece entre lo “hebreo” y lo “judío”.
Lo “hebreo” remitiría a lo antiguo, a una era casi mítica, una antigüedad donde se entiende que había “naturalidad” y “frescor”. Por el contrario lo “judaíta” remite a una esclerotización, una rigidez producto de lo jerosolomitano sacerdotal, en definitiva: una distorsión grave y supersticiosa de un primer Israel libre y “espontáneo”.
Las conclusiones implícitas no dejan de llamar la atención, pues de esta manera lo “judaíta” no surge de lo “hebraico”, por el contrario, es un injerto “antinatural”, un efecto distorsionante y restrictivo de la “espontaneidad” hebraica primigenia, ahora dominada por dogmas supersticiosos.
Otro autor, Gunkel, contemporáneo de Wellhausen, prioriza el género literario en los textos bíblicos, entendiendo que los mismos van más allá de Israel, con alcance universal, en cuanto que proporcionan cuadros hermenéuticos para la comprensión del hombre. Agreguemos por nuestra parte que de esta manera Gunkel parece acercarse a una teoría de los arquetipos, por los cuales los relatos bíblicos parecen sintetizar las grandes y estructurantes experiencias de la Humanidad.
Por ende, la exégesis que propone Gunkel da un paso más adelante que el de Wellhausen, ya que termina por desjuidizar aún más al texto bíblico. Entiende que más que “documentos”, hay que hablar de relatos yuxtapuestos entre sí, que parecen obedecer más a estilos literarios o sagas o al folclore universal, que a cuestiones propias del pueblo de Israel.
Otro renombrado y respetado autor, Van Seters, insiste por su parte en la necesidad de la datación tardía de los documentos, indicando que a su entender las historias legendarias hebreas se nutren de literatura extrabíblica del S. VI a.C., es decir, durante el destierro babilónico. De forma sistemática propone comparaciones con la literatura mediterránea que quita finalmente toda originalidad a los textos hebreos.
Es notable la decisión de Van Seters: todo es exílico o post-exílico, es decir, nada es propio o innato, sino extranjerizante. Pero, podríamos ironizar indicando que esta obsesión con la literatura comparada es siempre unidireccional: son los textos hebreos los que plagian, mientras que babilónicos, egipcios y asirios nada tomaron de la cultura hebrea.
La idea de Van Seters (y la de todos estos autores, alemanes o nórdicos) es que lo judío en definitiva no tiene su propia historia, ni tradición oral, ni transmisión propia. Lo judío se arma desde el exilio, y sus narraciones no son sino un barniz de la cultura babilónica-asírica- sumeria y su psicología se explica por ende, desde la psicología del inmigrante exiliado.
La datación cada vez más tardía de los textos revela en realidad el comienzo del “escepticismo” definitivo frente a la credibilidad de los mismos. Con lo que los exégetas inauguran una posición paradojal que parecería indicar un: “dediquémonos a estudiar los textos bíblicos, con la misma pasión que demostramos que para nada son fiables”.
Una exégesis pues, que “a priori” supone que pierde el tiempo.
En el cuestionamiento de estas fuentes o en su progresiva datación tardía, los autores, demuestran una enorme dificultad en legitimar cualquier antecedencia hebrea o primitiva a lo judío. Teniendo en cuenta los matices y aportes de los autores, parecería existir cierto consenso en situar lo esencial de la confección y redacción de la literatura pentatéutica entre 586 y 530 a.e.c. (es decir en el lapso de los 56 años que va desde la caída de Judá hasta el retorno tras el edicto de Ciro).
Por ende, ¿las fuentes, las tradiciones, las preocupaciones religiosas, los documentos, el conjunto documental de los hebreos, puede realmente surgir y redactarse en un período tan breve de tiempo?
Obsérvese la temeridad de suponer que de un período de cerca de cinco siglos (desde David hasta el exilio babilónica) donde estos autores indican que nada estuvo por escrito o sostenido por transmisiones orales, se pasa de repente a poner todo por escrito. Los hebreos, sumidos en el duelo y en el dolor del desastre nacional, ¿aprenden de esta manera y solo de esta manera, lo importante que es la memoria escrita? Así sólo, ¿en el lapso de 50 años?.
De esta manera los exégetas contemporáneos todo lo discuten y ante cualquier posible conjunto documental pre-exílico levantan una sospecha a priori. En consecuencia, la exégesis actual plantea que es posible escribir una historia de Israel sin remitirse a la Biblia hebrea…
Punto absurdo, que sin embargo, no encuentra resistencias. Israel ya no se relaciona con la Biblia y además la Biblia no es sino una mala traducción de culturas que la precedieron. Israel nada tiene que aportar y su libro sagrado no es sino una colección de escritos dictados por las ansiedades de un exilio de 50 años en Babilonia…
Los exegetas parecen convencidos de que con las fuentes documentales comienza la puesta por escrito de los hechos y narraciones del pueblo hebreo. Es realmente asombroso que de parte de estos eruditos se ignore que existen gran número de libros previos que se han perdido, a pesar de que los mismos son mencionados en la Biblia.
Entre ellos figuran: el Libro de Yashar (2 Samuel 1,18) relatos épicos de los movimientos de los hebreos por el desierto y la invasión de Canaán; el Libro de las generaciones de Adán (Génesis, 5,1) sugiere un relato detallado de las diez primeras generaciones desde Adán hasta Noé y el Libro del Señor (Isaías 34,16), que parece haber sido a su vez un bestiario mitológico.
De esta manera no puedo sino relacionar la dificultad que revelan estos autores para tomar el texto bíblico en serio, con todas sus consecuencias y complejidades, con cierta actitud de desvalorización hacia la cultura hebrea, reflejando un antisemitismo cultural que se sedimenta desde Wellhausen en adelante. De esta manera, estos exégetas terminan por saber más y mejor que los propios redactores lo que ellos quisieron o intentaron decir, imponiendo su propia palabra y su propia versión de la Biblia y el Pentateuco.
Si el contexto ideológico de la exégesis del siglo XIX y XX supone que la ley es posterior a los antiguos hebreos, se introduce aquí una visión rousseauniana del salvaje puro, encarnados en los antiguos hebreos y su “libertad” nómade (las supuestas fuentes originarias), contrapuestos al judaísmo posterior.
Se puede inferir que el judaísmo es un “yugo” que mantiene esclavos a los antiguos hebreos, frente a lo cual surge la denuncia de este producto cultural artificial y esclavizante. Se trata pues de forma subrepticia de un reclamo a “abandonar” la ley judaica, y asimilarse a la modernidad de la ilustración-romántica europea. Wellhausen propone pues un programa ideológico destinado a tener éxito hasta el día de hoy: qué hacer con los judíos en términos de convencerlos de abandonar su judaísmo.
Con todo lo anterior, además de presentar un antisemitismo absolutamente invisibilizado y normalizado, no cabe sino lamentarse que parece difícil encontrar en el campo exegético bíblico un autor de la altura, por ejemplo, de Gerschom Scholem y lo que éste representó para el desarrollo de los estudios de la mística judía, de forma atinadamente veraz y académica.
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