A partir de las matanzas, persecuciones y conversiones forzadas del año 1096 en la región de Renania, con que se inaugura atrozmente el antisemitismo europeo, contamos por suerte con tres crónicas que nos permiten acercarnos a cómo aquel fatídico verano fue vivido e interpretado por las fuentes judías.
Estas fuentes son: la Crónica de Salomón bar Simson, la Crónica de Eliezer bar Nathan y el Anónimo de Maguncia.
Estos tres textos se pueden leer hoy en inglés. Lamentablemente y aunque cueste entender por qué, parece ser que no se ha realizado aún una traducción de los mismos al español, lo que sería de enorme utilidad para los que se interesan en el tema.
Con respecto a la llamada Crónica de Salomón bar Simson, destaquemos en primer lugar que se trata de una traducción de título aproximada. Otras traducciones podrían ser: La Crónica de Shlomo bar Shimshon, La Crónica de Salomón ben R. Simson, así como La Crónica de Salomón bar Sansón. Esto obedece a que la composición original fue escrita en caracteres hebreos, sin vocalización, por lo que se ha perdido el sonido preciso del título de la obra.
Por otra parte se piensa que el nombre escogido es ficticio, pues en realidad estamos ante un autor anónimo versado en la literatura rabínica y talmúdica y especialmente en la literatura apocalíptica judía. Este dato es importante porque como enseguida veremos la crónica no es exactamente un relato de los sucesos ni busca tampoco exactamente reivindicar la injusticia cometida contra el pueblo judío por parte de los burgueses, campesinos y cruzados que viajaban a Tierra Santa o que vivían en las ciudades de Renania.
Por el contrario, podríamos decir que la crónica interpreta los sucesos de 1096 como una versión apocalíptica, donde Salomón entiende -a través del empleo que hace de la exégesis bíblica- que el pueblo judío ha actuado como una mujer promiscua, dejándose seducir por los cristianos, lo que lo ha alejado de la religión de sus ancestros, por lo que se imponía una reforma con tintes apocalípticos.
Es decir, las persecuciones y matanzas son para Salomón no provocadas por los cristianos, sino por la propia deidad que está utilizando a aquéllos para recordar al pueblo judío sus pecados y alejamientos de la fe.
Como se ve, Salomón en realidad no fue muy original, pues detectamos aquí todo el substrato ideológico de los profetas del Siglo VIII a.e.c.
Aunque la crónica tiene un elemento de condena al pueblo judío, no por eso se dejan de percibir descripciones que parecen elogiar los ejemplos de piedad, especialmente aquellos que tienen que ver con el martirio suicida y homicida (es decir judíos que eliminaban a su familia para luego suicidarse, a efectos de anticipar la muerte o la conversión forzosa en manos de los cristianos).
Su punto principal de crítica y condena a sus contemporáneos es que entiende que el pueblo judío había llegado a una situación de excesiva familiaridad o asimilación con la cultura cristiana dominante.
Por ende, Salomón interpreta que una reforma se imponía, como medio para asegurar la redención mesiánica y dar paso a la nueva y definitiva era de redención del pueblo judío.
De esta manera, sin advertirlo, Salomón adhiere uno de los postulados principales del antisemita: si hay antisemitismo es culpa única y exclusivamente de los judíos…
De cualquier manera, por momentos, Salomón no parece tan enceguecido por el fanatismo religioso, pues admite que entre otras motivaciones para las persecuciones se puede mencionar la venganza por la crucifixión de Cristo, que muchos cristianos creían que los judíos del siglo I d. C. habían tramado y ejecutado. También el cronista menciona la necesidad de obtener dinero para cubrir los gastos de viaje a Jerusalén, que los cristianos suponían que se podía conseguir mediante la extorsión a los judíos.
Pero su tesis central es básicamente que los cristianos eran meros instrumentos del castigo divino, es decir no eran más que el azote de la divinidad, enviados para castigar a los judíos por sus transgresiones.
He mencionado que hay autores que consideran entonces que Salomón realiza una crónica de tipo apocalíptica. Por mi parte insisto en que más bien se debe tomar en cuenta un retorno a la literatura de los profetas del Siglo VIII a.e.c.: Amós, Oseas, Miqueas y el primer Isaías, con su insistencia en los pecados de Israel, su “prostitución” y que las desgracias sufridas a manos de las potencias extranjeras no revelaban sino que las mismas eran “utilizadas” por la divinidad para castigar a Israel.
El recurso es comprensible, porque lo contrario sería afirmar que la divinidad ya no protegía al pueblo de Israel o que había que aceptar (como algo terrorífico) que no había divinidad alguna.
Pero el punto principal que me interesa destacar aquí es que los comentarios de Salomón se contradicen punto por punto con la descripción que hace Benjamín de Tudela de las comunidades judías de su época que reflejaban piedad, apego estricto a la ley y a la tradición y un sentido muy fuerte de identidad judía.
Por suerte, la severidad de Salomón parece ceder en la parte final de su crónica, la que termina con estas palabras de aliento y esperanza:
“En la víspera de Rosh ha-Shaná, uno de los ancianos se presentó ante la comunidad y declaró: «Venid, subamos a la tierra, a la casa que hemos establecido sobre sus cimientos y construido por completo». Los ancianos de la comunidad, los sacerdotes y los levitas fueron, llevando los rollos de la Torá al arca de la sinagoga con gran alegría, y los rollos han permanecido allí hasta el día de hoy. Al día siguiente, Rosh ha-Shaná, comenzamos a rezar en ella, y hemos rezado allí hasta el día de hoy.
Este es el final.
Que Dios nos conceda ver la rápida reconstrucción del Templo en nuestros días, y que contemplemos la misericordia del Señor y visitemos Su Templo, y que Él nos consuele en nuestro duelo, Amén”.
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