Juntos Venceremos
jueves 04 de junio de 2026

Luis Wertman Zaslav / Cuando el odio desafía a la democracia

Un acto terrorista antisemita no es un hecho aislado ni un accidente social. Es una prueba directa para la democracia. No solo pone en riesgo vidas inocentes, sino que desafía la capacidad del Estado para proteger, actuar y sostener el pacto básico de convivencia. La forma en que una sociedad responde define si el miedo avanza o si la ley prevalece.

La primera responsabilidad de una democracia es llamar a las cosas por su nombre. El antisemitismo violento no es protesta, no es activismo y no es opinión. Es terrorismo. Cuando el Estado duda, matiza o guarda silencio, envía un mensaje equivocado: que el odio puede encontrar espacio. Y ese espacio siempre se expande.

La respuesta inicial debe ser inmediata y visible. Protección reforzada a comunidades vulnerables, coordinación total entre inteligencia, policía y fiscalías, y un mando claro. No se trata solo de capturar responsables, sino de recuperar el control institucional. La seguridad no es solo operativa; también es simbólica. Ver al Estado actuar genera confianza y frena la escalada.

La comunicación pública es igualmente estratégica. Las democracias no pueden permitirse narrativas ambiguas. Informar con responsabilidad, condenar con claridad y evitar generalizaciones es esencial. El terrorismo busca dividir, provocar reacciones desmedidas y enfrentar comunidades. Caer en esa trampa es concederle una victoria moral.

Después viene la justicia, sin atajos. No basta con detener a los autores materiales. Una democracia eficaz investiga redes, financiamiento, facilitadores y propaganda. El odio no surge de la nada; se cultiva en discursos tolerados, amenazas ignoradas y acosos normalizados. Cada señal no atendida es una falla preventiva.

Aquí aparece una línea roja que no admite negociación: la libertad de expresión no protege la incitación a la violencia, la intimidación ni la deshumanización. Criticar gobiernos es legítimo; atacar identidades es inadmisible. Confundir ambos planos debilita al Estado y fortalece a los extremistas.

Eliminar este tipo de situaciones exige prevención estructural. Educación cívica clara, protocolos firmes en universidades y espacios públicos, persecución temprana del acoso y el doxxing, y trabajo cercano con comunidades para detectar radicalización antes de que escale. Integrar no es solo incluir; también es exigir respeto a la ley y rechazo absoluto a la violencia.

Nada de esto funciona sin liderazgo moral. Las democracias no pueden gobernar con miedo a incomodar. El antisemitismo ha sido, históricamente, una señal temprana de fracturas más profundas. Cuando se normaliza, ninguna sociedad queda a salvo.

Un Estado fuerte no es el que reprime sin criterio, sino el que protege sin ambigüedades, aplica la ley con proporcionalidad y transmite certeza. La firmeza no es autoritarismo; es responsabilidad democrática.

El terrorismo antisemita busca sembrar miedo y división. La respuesta correcta es exactamente la contraria: ley, claridad, justicia y cohesión social. Defender a la comunidad judía es defender a la democracia misma. No hacerlo, o hacerlo a medias, es permitir que el odio avance.

Hacer el bien, haciéndolo bien.
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