Llevamos meses advirtiendo que ciertas marchas, sus gritos y sus consignas no eran inofensivos. Que normalizar el lenguaje de exterminio, disfrazarlo de causa justa y tolerarlo en nombre de la “libertad de expresión” iba a tener consecuencias. El domingo, en Bondi Beach, Australia, justo al inicio de Janucá, esa advertencia dejó de ser teórica. Se convirtió en sangre.
Y, como si fuera parte de un guion ya conocido, no tardaron en volver las protestas, los cantos y las frases genocidas. Como si los judíos no tuvieran derecho ni siquiera a encender una vela en paz. Si no hay derecho a festejar, mucho menos a hacer duelo.
En una mesa de Shabat, pocos días después del 7 de octubre, un amigo me dijo algo que no he logrado sacarme de la cabeza: “Lo que estamos viviendo ahora es la normalidad; la anomalía fue haber vivido ocho décadas con tanta paz”. Me resisto a aceptarlo, porque hacerlo sería insoportablemente doloroso. Pero, más allá del dolor, aceptarlo implicaría algo todavía peor: admitir que no aprendimos nada. Otra vez.
Durante años me pregunté cómo fue posible el Holocausto. Cómo fue posible que, tras discursos de odio repetidos, exclusión sistemática y ataques previos, tan pocas personas supieran —o quisieran— reconocer lo que se avecinaba. Y cómo, aun cuando ya estaba ocurriendo, la mayoría optó por el silencio, transformando el miedo o la comodidad en complicidad.
Hoy lo entiendo. Aquello que leí durante años filtrado por libros, archivos y décadas de distancia, hoy lo veo en tiempo real. Y lo más inquietante no es solo que esté ocurriendo, sino comprobar que la lección sigue sin aprenderse.
Porque el odio no aparece de golpe. Se permite. Se relativiza. Se justifica. Se tolera bajo el pretexto de la crítica política o la protesta legítima. Cuando se permite el discurso de odio, se normaliza la exclusión; cuando se normaliza la exclusión, se legitiman los boicots; y cuando los boicots se vuelven cotidianos, la violencia deja de sorprender. ¿De verdad alguien esperaba otro desenlace?
Llevamos mucho tiempo viendo marchas, acoso a comunidades judías, grafitis, boicots, intimidación abierta. En esa misma ciudad circuló un video en el que unos enfermeros declaraban, sin pudor, que matarían a israelíes si cayeran bajo su cuidado. Nada pasó. Y no, esto no es únicamente responsabilidad de un gobierno ineficiente —como tantos—. Es responsabilidad de una sociedad que prefirió mirar hacia otro lado, convencida de que abanderar una causa le otorgaba superioridad moral y permiso para deshumanizar a otros.
Los paralelismos con la historia son evidentes, pero lo que más me aterra no es que existan, sino que tantos se nieguen a verlos.
Durante meses advertimos lo que implicaba llamar a “globalizar la intifada”. Hoy ya no es una consigna: es un hecho. Y lo más doloroso es escuchar, una vez más, la coartada semántica: “No es antisemitismo, es antisionismo”.
No hay ataque más claramente antisemita que uno cometido en una festividad judía, en una congregación judía y contra judíos. No creo que quienes atacaron se hayan detenido a revisar pasaportes o posturas políticas.
Dos terroristas dispararon el arma; todos los que legitimaron el odio, lo relativizaron, o miraron hacia otro lado ayudaron a que se hicieran esos disparos.
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