SIN MIEDO: Encendido público de la primera vela de Janucá en México

No hay palabras suficientes para describir el dolor que atraviesa hoy al pueblo judío. Cuando, en Australia, hombres y mujeres cuya única aspiración era aumentar la luz, iluminar su entorno con actos de bondad, amor y entrega, son asesinados de manera brutal

El lenguaje se quiebra. El corazón queda atado por un nudo imposible de deshacer.

Y, sin embargo, la historia judía nos ha enseñado que incluso cuando la oscuridad parece total, la luz no se rinde.

Así se vivió el encendido de la primera vela de Janucá en un Centro Comercial de la Ciudad de México, apenas un día después del tiroteo ocurrido en Sídney y con el eco todavía fresco de los asesinatos en Bondi Beach, Australia. Durante la ceremonia, el Rabbi de Jabad en México, Yosef Mayzlesh, se pronunció visiblemente afectado. Sus palabras no fueron un discurso preparado: fueron un grito contenido, una declaración de fe desde la herida abierta.

“Mis amigos —dijo—, que solo querían aumentar la luz, que dedicaban su vida entera a iluminar su entorno con bondad y amor, fueron asesinados. No vamos a permitir que la oscuridad mate al amor. No vamos a permitir que la oscuridad apague la luz”.

El mensaje fue claro y profundamente judío: el mal no tendrá la última palabra.

En ese mismo momento, el rabino pidió elevar una plegaria por todas las víctimas y los heridos que hoy luchan por sus vidas, junto con el resto de los enfermeros y personal médico, quienes —una vez más— sostienen la vida en medio del caos y la violencia. La mención no fue casual: la solidaridad judía no conoce fronteras. El dolor de uno es el dolor de todos.

Janucá siempre llega cargada de nostalgia, pero este año la menorá parece pesar más. El aceite puro, símbolo del milagro, se siente mezclado con la sangre de inocentes, de “kedoshim”, santos hijos del pueblo judío cuya única falta fue existir y amar.

La oscuridad intentó impedir la luz de Janucá, tal como lo ha hecho una y otra vez a lo largo de la historia.Y, una vez más,  fracasó.

Porque encender una vela en medio del duelo es un acto de resistencia espiritual. Es afirmar, con absoluta simpleza y convicción, que el bien es más fuerte que el mal, que la luz supera a la oscuridad. Que la Torá, la fe, la unidad y el amor no pueden ser asesinados con balas ni con odio.

“¿Cuál es el primer pasuk de la Torá?”, preguntó el rabino, apelando a la esencia misma del judaísmo: elegir la vida, elegir la luz, incluso —y sobre todo— cuando duele.

Las velas de Janucá se encendieron con intención y propósito. No solo para recordar un milagro antiguo, sino para proclamar uno contemporáneo: que el pueblo judío sigue de pie. Herido, de luto, pero firme. Que la oscuridad puede atacar, pero no vencer.

Al final del encendido, y como un gesto deliberado de esperanza frente al dolor, los niños tomaron el centro de la escena: entre risas, dulces y juegos, recordaron a todos los presentes que la continuidad de la vida judía también se expresa en la alegría. Su entusiasmo fue una afirmación profunda de que, incluso en tiempos de duelo, la luz de Janucá se transmite de generación en generación.

En Sídney, en México, en Israel y en cada rincón del mundo, la respuesta fue la misma: una pequeña llama que se niega a apagarse. Y esa llama, hoy más que nunca, ilumina.

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