Alejandro Klein / El execrable antisemitismo de Francisco de Quevedo: Sobre “Execración contra los Judíos”

Aunque seguramente es vergonzoso para la historia y la literatura española, lo cierto es que Don Francisco de Quevedo, uno de los máximos representantes del llamado Siglo de Oro español, escribió un opúsculo panfletario en 1633 contra los judíos, llamado: “Execración contra los Judíos”.

El escrito ocupa tan solo 28 hojas, pero cada una de las mismas destila un odio perverso y morboso contra el pueblo judío. Quevedo le habla al Rey y se presume, a través de él a toda España, y en tono condenatorio señala el pecado español de soportar pecadores (los judíos por supuesto), lo que hace que “al horror de que toda España está poseída en este sacrilegio”.

De esta manera y citando al profeta Nahúm y luego a Isaías, señala que “Empero, yo reconozco ser esta ramera la nación hebrea con la autoridad de Isaías (cap.1)” y se pregunta: “¿Cómo se ha vuelto ramera la que era ciudad fiel, llena de juicio?” y añade que Italia, Flandes, Alemania, es decir toda Europa le advierten al Rey y España de la maldición intrínseca del pueblo judío.

Así pues no solo hay unanimidad en el mundo de que el pueblo hebreo está gravemente prostituido y por ende es fuente de males, desgracias y pestilencias, sino que además los propios profetas advirtieron sobre la malignidad de su propio pueblo (más adelante incluirá al rey David y sus salmos también como prueba de la perfidia judía).

¿Cómo se puede pues dudar al respecto? La unanimidad es absoluta. Y en tal sentido las descripciones que utiliza no conocen límites (“ratones son, Señor, enemigos de la luz, amigos de las tinieblas, inmundos, hidiondos, asquerosos, subterráneos. Lo que les fían roen y lo que les sobra inficionan. Sus uñas despedazan la tierra en calabozos y agujeros, sus dientes tienen por alimento todas las cosas, o para comerlas o para destruirlas… Sierpes son, Señor, que caminan sin pies, que vuelan sin alas, resbaladizos, que disimulan su estatura anudándola, que se vibran flecha y arco con su lengua en los círculos sinuosos de su cuerpo, que se encogen para  alargarse, que pagan en veneno desentomecido el abrigo que se les da”).

La tesis central que parece le quita el sueño a Quevedo es que ni el Rey ni España, ni el mundo pueden confiar en los judíos aunque los mismos estén convertidos. Quevedo denosta contra los llamados “cristianos nuevos” indicando que más allá de sus falsedades los mismos siguen siendo judíos como sus ancestros. De esta manera la “conversión” judía no es más que una estratagema, una entre miles, para engañar a la cándida cristiandad.

Dentro de la “perversión” judía se incluye por supuesto las ignominias de este pueblo contra esta ingenua cristiandad y a tal efecto cita la historia de un médico que: “traía en lo hueco de una poma de oro un retrato suyo pisando con los pies la cara de un crucifijo”. Tampoco pierde la oportunidad de exponer como estos médicos judíos han asesinado: “más de trescientas personas con medicinas adulteradas y venenosas”.

Por supuesto Quevedo omite que esas “conversiones” no muchas veces fueron productos de imposición, coerción y violencia de la Iglesia y los reyes.

Es claro que toda la aparente carga de “erudición” de Quevedo (cita varias “fuentes”, la Biblia, a los padres de la Iglesia, San Pablo y Tácito entre otros), busca demostrar que su judeofobia no es gratuita ni pasional. Todo lo contrario: está perfectamente justificada. Y en realidad Quevedo señala que todo el mundo, toda la historia, todos los sucesos demuestran la “inquina” judía (“la naturaleza precipitada, del natural dañado e injurioso desta abatida y vilísima nación hebrea”). Y frente a esta “inquina” maldita nada se puede hacer sino denunciarla y actuar contra ella (“¿Qué se puede esperar de los que crucificaron al que esperan y de los que, crucificado, le queman y de los que, quemado, condenan a muerte Su Sacra Santa Ley con editos abominables?”)

Es claro pues que la nación hebrea no pertenece al género humano ni está hecha de la materia de los humanos, que es casi como decir que es “obviamente” una raza creada por el diablo y sustentada únicamente en lo demoníaco (“las costumbres de los judíos en nada concuerdan con las nuestras, y con el trato y conversación, dice el Santo Pontífice, les es fácil a ellos seducirlos a su perfidia y bestial superstición… Porque los judíos hacen con nosotros lo que Satanás hizo con Cristo que, viéndole en el desierto fatigado y ayuno, le ofreció su socorro , que son piedras. No es otra la moneda deste pueblo endurecido: el propio metal acuñan que Satanás”).

Desde allí todos los insultos le pueden ser proferidos y solamente a título de ejemplo señalemos: “lo que chuparen las infames sanguijuelas”.

Como ya indicamos Quevedo no duda en citar a Nahúm e Isaías, pero también cita a Balaam y especialmente se explaya alrededor de Moisés y Aarón. Con el primero demuestra que el pueblo judío es réprobo, con el segundo y a través de la historia del becerro de oro, indica su indeclinable apostasía y maldad. Obsérvese pues cómo Quevedo utiliza distorsionadamente la propia historia judía para atacar al pueblo judío.

Por supuesto, parece entender que Nahúm, Isaías. Moisés y Aarón no eran hebreos, pero el punto es emblemático para el antisemitismo. Pues, ¿cómo no condenar a un pueblo que es condenados por los propios judíos? Por eso son siempre tan bienvenidos y festejados por el antisemitismo los judíos resentidos-renegados que hablan contra el judaísmo, pues allí se encuentra la última prueba de la “maldad” judaica.

De todo lo anterior Quevedo indica que solo se puede inferir una cosa: los judíos y solo los judíos son culpables de su situación miserable. Nada tiene que ver el cristianismo, ni los reyes, ni el mundo: “los judíos, por su propia culpa, están sujetos a perpetua esclavitud. Luego, excluidos están por sus maldades no sólo de tener puestos y mandar, sino de tener libertad y dejar de ser esclavos”.

El castigo pues ha de ser ejemplar y está más que plenamente justificado y en realidad los propios judíos se lo han buscado. Por supuesto es firme defensor de la expulsión de los judíos (así “estendió Jesucristo Nuestro Señor el cerco de su corona sobre todo el camino del sol”). Pero va más allá e insta al asesinato de los mismos : “Quemad el oro de estos judíos, hacedle polvo y dádsele a beber a ellos…Quemar y justiciar los judíos solamente será castigo. Quemar y hacer  polvo su caudal, romper los asientos, será remedio”).

Sin duda hoy en día el opúsculo de Quevedo tendría records de venta y lectores ávidos. Su fama sería –lamentablemente-extraordinaria. Ciertamente el antisemitismo se alimenta una y otra vez a sí mismo, pero no por eso, una y otra vez, deja de hacer un daño cada más profundo, cada vez más irreparable.
_____________________________________________________________________________
Las opiniones, creencias y puntos de vista expresados por el autor o la autora en los artículos de opinión, y los comentarios en los mismos, no reflejan necesariamente la postura o línea editorial de Enlace Judío. Reproducción autorizada con la mención siguiente: © EnlaceJudío

 

 

 

Enlace Judío: