Una relación sobrenatural
Los chimpancés —probablemente los animales más inteligentes del reino animal— no reconocen a sus abuelos.
De hecho, la relación abuelo–nieto no existe en el mundo animal. Los animales reconocen a la madre, y al padre y a los hermanos con los que conviven. Pero la idea de “abuelo” simplemente no existe en la naturaleza. Los animales no comprenden el concepto de “antepasados”. Los abuelos-chimpancés no mantienen una relación especial con los hijos de sus hijos. No transmiten una historia familiar o una memoria. No hay conciencia de un pasado compartido ni de un futuro por construir. En el mundo animal, como sólo existe el presente inmediato, no hay abuelos.
El vínculo abuelos – nietos es, por lo tanto, exclusivamente humano. Quizás, en este sentido, sea el lazo más humano que existe: una relación que no nace de la biología ni de la necesidad, sino de una memoria transmitida de generación en generación. Es una relación literalmente “sobrenatural” que debe ser enseñada, construida y cultivada.
Encuentro generacional
La Parashá de esta semana, Vayejí, describe por primera vez en la historia bíblica el encuentro de uno de nuestros patriarcas con sus nietos. Ya‘aqob, en los últimos momentos de su vida, se encuentra con Efraím y Menashé, los hijos de Yosef. Ya‘aqob acerca a sus nietos a él, los besa y los abraza. Luego, apoya sus manos sobre sus cabezas y los bendice. Más allá del orden de la bendición —tema que no analizaremos aquí— en ese mismo acto Ya‘aqob establece de manera directa, el vínculo entre sus nietos y sus antepasados. No es solo un gesto afectivo: es un acto de transmisión de memoria. Al bendecir a sus nietos, Ya‘aqob les está pasando la posta, y asegura que la cadena continúe.
La bendición más significativa
Además, Ya’akob crea en este acto de manera totalmente consciente un hermoso precedente. Con plena conciencia de lo que está haciendo, o con una visión profética, nuestro patriarca afirma que las palabras que él utiliza para bendecir a sus nietos, serán adoptadas por el pueblo de Israel a lo largo de las generaciones para bendecir a sus propios descendientes.
וַיְבָרְכֵם בַּיּוֹם הַהוּא לֵאמֹר בְּךָ יְבָרֵךְ יִשְׂרָאֵל לֵאמֹר יְשִׂמְךָ אֱלֹקים כְּאֶפְרַיִם וְכִמְנַשֶּׁה “ Y los bendijo aquel día, diciendo:
“Así [como yo los bendigo hoy], el pueblo de Israel bendecirá [a sus hijos, diciendo]: ‘Que Dios te bendiga como a Efraím y Menashé’.”
Nuestro patriarca deja absolutamente claro que la misión de un judío no termina al transmitir la herencia espiritual a sus hijos, sino al asegurarse de que ese legado llegue también a sus nietos. Por eso, hasta el día de hoy, como siguiendo con lealtad el modelo de Ya’aqob bendecimos a nuestros hijos y nietos diciendo: “Que Dios te bendiga como Efraím y como Menashé.”
Ser Ya’aqob cada viernes a la noche
A lo largo de mi vida disfruté profundamente de bendecir a mis hijos con las palabras de Ya‘aqob. Pero la sensación de misión cumplida —de cerrar un círculo, de alcanzar la meta espiritual que Ya‘aqob estableció, usando sus mismas palabras— la experimenté plenamente al bendecir a mis nietos.
Cuando los abuelos judíos bendecimos a nuestros nietos, vivimos esa relación “sobrenatural”, profundamente humana y reconfortante. En ese momento comprendemos también nuestra responsabilidad de crear las condiciones para que esa bendición se perpetúe.
Ya‘aqob se preparó toda su vida para ese instante que nosotros, los abuelos judíos, tenemos el privilegio de revivir cada Shabbat en nuestra mesa familiar. Y nos deja una enseñanza muy clara: lo más importante no es quiénes fueron nuestros abuelos, sino quiénes serán nuestros nietos.
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