La captura de Nicolás Maduro en una redada nocturna de fuerzas especiales estadounidenses en Caracas, planificada durante meses bajo el máximo secreto, marca un hito sin precedentes en la política latinoamericana.
La captura del expresidente venezolano Nicolás Maduro y de su esposa, Cilia Flores, el fin de semana pasado supuso una intervención militar sin precedentes en América Latina, que combinó ciberataques, bombardeos selectivos y una incursión terrestre de fuerzas especiales. Washington la presentó como un éxito táctico y legal; sus detractores la califican de violación de la soberanía y una escalada peligrosa en la región.

Nicolas Maduro, esposado y con los ojos y oidos tapados, es trasladado de Caracas a un herlicoptero estadounidense
Según funcionarios estadounidenses, la planificación de la misión —denominada internamente Operación Resolución Absoluta— se prolongó meses y fue alimentada por trabajo de inteligencia encubierta sobre los movimientos y la vida cotidiana de Maduro. En agosto de 2025, agentes de la CIA habrían ingresado al país para recabar “información extraordinaria” sobre sus hábitos, desde dónde dormía hasta qué mascotas tenía, según fuentes citadas por medios estadounidenses. Esos datos, combinados con un pequeño grupo de altos cargos que supervisó el proyecto, permitieron a Washington preparar la acción con precisión.
l grupo de decisión estaba, según la Casa Blanca, integrado por el secretario de Estado Marco Rubio, el secretario de Defensa Pete Hegseth, el director de la CIA John Ratcliffe y el subjefe de gabinete Stephen Miller. El equipo —que se reunía con frecuencia con el presidente Donald Trump— coordinó la operación junto al Estado Mayor Conjunto, dirigido por el general Dan Caine. El Congreso, según la administración, no fue informado de antemano por motivos de seguridad operacional.
En otoño de 2025 la presión estadounidense sobre Caracas ya se había intensificado: la Marina y otras unidades atacaron decenas de embarcaciones en el Caribe atribuidas al narcotráfico, y fuerzas especiales entrenaron una extracción en una réplica del complejo presidencial construida en una instalación en Kentucky. A principios de diciembre se concluyeron los planes finales. Washington también desplegó discretamente una batería de activos en la región —desde aeronaves de operaciones especiales y plataformas de guerra electrónica hasta drones armados y buques de guerra— para asegurar la superioridad aérea y la capacidad de apoyo.
La madrugada del asalto, ordenado formalmente a las 22:46 EST del viernes, combinó un ciberataque masivo que, según la administración, dejó grandes sectores de Caracas a oscuras, con ataques contra objetivos militares y logísticos para neutralizar las defensas venezolanas. Funcionarios describieron una operación aérea masiva: más de 150 aeronaves —bombarderos, cazas, aviones de reconocimiento y helicópteros— provenientes de unas 20 bases y buques, participaron en la maniobra para asegurar los corredores de aproximación.
La Fuerza Delta del Ejército —la unidad de élite que participó en la redada contra Abu Bakr al-Baghdadi en 2019— ejecutó la incursión terrestre nocturna en el complejo donde residía Maduro. Fuentes oficiales afirman que los comandos irrumpieron en el edificio, superaron la habitación segura del mandatario y lo pusieron bajo custodia en cuestión de minutos. Un negociador de rehenes del FBI acompañó a la unidad, aunque finalmente no resultó necesario. La fase en tierra duró apenas unos minutos; las fuerzas estadounidenses abandonaron el país alrededor de las 3:30 a.m., según el relato oficial.
Washington sostiene que la operación tuvo un coste limitado para sus fuerzas, con varios militares heridos pero sin bajas fatales. Caracas, por su parte, informó de combates en distintos puntos y de víctimas entre militares y civiles; un funcionario venezolano citado por prensa aseguró que aproximadamente 40 personas murieron por los ataques, cifra que no ha podido verificarse de forma independiente.
Tras la captura, Maduro y Flores fueron trasladados en helicóptero a un buque estadounidense —el USS Iwo Jima— en el Caribe y posteriormente conducidos a la base de Guantánamo. Desde allí, según la fiscalía estadounidense, fueron trasladados por avión a Nueva York, donde la fiscal general presentó cargos formales que incluyen conspiración para traficar cocaína y posesión de armas. La Casa Blanca presentó la operación como un golpe contra las redes de narcotráfico que, según Washington, han colaborado con altos funcionarios venezolanos.
Trump describió la acción como “un asalto espectacular” y una demostración de la capacidad militar estadounidense comparable a misiones históricas. Para sus críticos, sin embargo, la detención de un jefe de Estado en funciones plantea preguntas graves sobre derecho internacional, soberanía, y el alcance de la autoridad ejecutiva estadounidense. Hay además inquietud sobre la decisión de no informar al Congreso con antelación: la Casa Blanca respondió que avisarlo habría comprometido la operación al aumentar el riesgo de filtraciones.
“I’ve never seen anything like this. I was able to watch it in real time, and I watched every aspect of it,” says @POTUS on the U.S. capture of Venezuelan dictator Nicolás Maduro.
“It was amazing to see the professionalism — the quality of leadership… Amazing.” 🇺🇸 pic.twitter.com/VZvRxZRgab
— Rapid Response 47 (@RapidResponse47) January 3, 2026
El operativo había incluido la oferta de una salida negociada semanas antes: según Reuters y declaraciones oficiales, Trump ofreció a Maduro la posibilidad de dimitir y exiliarse en Turquía, opción que el gobierno venezolano rechazó. También se reportó que Caracas intentó negociar concesiones petroleras en un intento por frenar la ofensiva; Washington concluyó que esas ofertas no eran de buena fe.
En el terreno político interno venezolano la captura dejó un vacío y una pugna por el liderazgo. María Corina Machado, líder opositora y premio Nobel de la Paz, y otros sectores pidieron reconocer a figuras afines como autoridades de transición. Delcy Rodríguez, vicepresidenta leal a Maduro, rechazó las afirmaciones de Estados Unidos sobre la detención y exigió pruebas de vida; afirmó que “solo hay un presidente” y su nombre es Nicolás Maduro. Trump, por su parte, adelantó que Washington gobernaría Venezuela temporalmente hasta lograr una “transición segura y democrática”, y dejó entrever la posibilidad de seguir actuando contra otros líderes si persistiera la inestabilidad.
“The United States of America has successfully carried out a large scale strike against Venezuela and its leader, President Nicolas Maduro, who has been, along with his wife, captured and flown out of the Country. This operation was done in conjunction with U.S. Law Enforcement.… pic.twitter.com/sFa5OC4ZrZ
— The White House (@WhiteHouse) January 3, 2026
En lo operativo, la acción combinó inteligencia humana, ciberoperaciones, bombardeos precisos y movilidad táctica de fuerzas especiales, un patrón que subraya la complejidad y el riesgo de la misión. Analistas advierten que, más allá del éxito puntual, la intervención podría agravar tensiones regionales y generar una reacción internacional variada: aliados que celebran la acción y gobiernos que denuncian violaciones de la ley internacional.
La captura de Maduro abre ahora un capítulo judicial en Estados Unidos con cargos por narcotráfico y corrupción, y un debate político y diplomático que difícilmente se cerrará pronto: ¿hasta dónde permite el derecho internacional la detención de un jefe de Estado en ejercicio? ¿Y cuáles serán las consecuencias para la estabilidad de Venezuela y de la región? Lo que comenzaba como una operación de precisión militar se ha transformado en un terremoto geopolítico con efectos imprevisibles.
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