En estos momentos, cuerpos paramilitares se pasean en Caracas para intimidar a la población. El terror no ha terminado.
Venezuela tiene una de las mayores reservas de petróleo del planeta…
Pero ese petróleo no salvó a su gente.
Según múltiples investigaciones internacionales, financió represión, alianzas con grupos armados y una de las peores crisis humanitarias de América Latina.
Durante el gobierno de Nicolás Maduro, el petróleo de Venezuela dejó de ser una herramienta de desarrollo y pasó a convertirse en moneda política y clandestina.
Informes de agencias internacionales señalan que crudo venezolano fue vendido mediante intermediarios, barcos fantasma y empresas pantalla, fuera de los mercados legales, para evadir sanciones.
Ese dinero no entró a hospitales ni escuelas.
Sirvió para sostener al régimen y pagar apoyos estratégicos.
El gobierno venezolano fue sancionado por Europa y Estados debido a sus prácticas antidemocráticas y persecución de civiles.
Venezuela entonces se convirtió en aliado clave de Irán en el hemisferio occidental.
La Guardia Revolucionaria iraní, señalada por EE. UU. y la UE como organización terrorista, colaboró en logística, combustible y cooperación estratégica.
Además, múltiples informes de inteligencia y centros de estudio han denunciado que redes vinculadas a Hezbolá operaron en territorio venezolano, usando el país como plataforma financiera y logística.
No es cuento.
Es la realidad de un gobierno podrido.
Mientras eso ocurría, el pueblo de Venezuela pagaba el precio.
La ONU documentó ejecuciones extrajudiciales, torturas, detenciones arbitrarias y desapariciones forzadas en Venezuela.
Miles de familias nunca volvieron a ver a sus hijos.
Millones huyeron del país.
No por sanciones.
Por miedo, hambre y persecución.
Venezuela no es un país pobre.
Es un país secuestrado por sus dirigentes.
Y mientras su petróleo financió al extremismo islámico, su gente fue humillada, despreciada, reprimida.
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