Aún en el siglo IX, en Europa, León Poliakov constata que: “no existe en esa época rastro alguno de antisemitismo popular específico. Por el contrario, parece como si el judaísmo ejerce aún una positiva atracción sobre la gente cristiana”. Esto se acompaña con que existió una verdadera situación favorable de los judíos en la Europa carolingia, con prósperos colonias, autonomía para los judíos, con florecimiento de la cultura judía y especialmente de la ciencia talmúdica.
Estamos pues en el año 800. Nada parecía vaticinar y advertir de la tragedia que sobrevendrá casi tres siglos después, en el año 1095. Más aún, tenemos un documento de primera importancia, de 1084, de un tal Rüdiger, obispo de Espira que expresa elogios hacia los judíos, los que dice que acrecientan la fama de la ciudad y los autoriza a tener servidores y siervos cristianos, a poseer campos y viñedos, y cosa aún más insólita, a portar armas.
Pero como el mismo Poliakov indica, llegó el “verano fatídico de 1096”, el verano que marco el antes y después en la vida de los judíos.
El 27 de noviembre de 1095 el papá Urbano II, en el concilio de Clermont-Ferrand comenzó a predicar la primera cruzada (algunos autores escriben: la Primera Cruzada…). De esta manera verdaderas hordas convulsionadas al grito de “Dios lo quiere”, caballeros, monjes y vulgo, lo abandonan todo y comienzan a caminar hacia Tierra Santa para liberarla de los infieles. Solo que en el camino, de repente, ven otros “infieles”, con lo que se hace totalmente “natural” ir tomando previamente a Tierra Santa, otras venganzas y otros ajustes de cuentas. De repente pues el judío, hasta ese momento, un “vecino” se transforma en el enemigo, el infiel, el perverso de la cristiandad. Y se entiende que hay que hacer un ajuste de cuentas con ellos.
Las matanzas pues comienzan y por supuesto detrás de las mismas, está el deseo de apoderarse de los bienes y propiedades de los judíos… Hecatombes en Ruán, Poiters, la Galia, Alemania, Espira (la misma ciudad que en 1084 se vanagloriaba de sus judíos), Worms, Maguncia, Praga. Todo ocurre entre mayo-junio-julio, el fatídico verano de 1095.
De esta manera todo cambia. Y aparece un hecho significativo que el paso de los siglos no hará sino profundizar de forma dramática: la relación de los cristianos con los judíos se torna violenta, perversa, iracunda, llena de hostilidad y paranoia.
Pero del lado judío surge también un hecho casi inaudito que no ha merecido la atención debida: el martirio y la autoinmolación. En efecto, desde la matanza de Worms el 18 de mayo de 1096, sabemos por el cronista judío Salomón bar Simeón que:
“Este mataba a su hermano, aquel otro a sus padres, a su mujer y a sus hijos; los prometidos a sus novias, las madres a sus hijos. Todos aceptaban sin reservas el veredicto divino. Al encomendar sus almas al Eterno, gritaban: “Escucha Israel, el Eterno es nuestro Dios, el Eterno es único…”
Para Poliakov el verano de 1096 “tuvo por resultado la forjación de la fuerza de resistencia que demostraron desde entonces los judíos europeos”. Por supuesto, no podemos desdeñar destacar aspectos heroicos que probablemente son admirables, pero lamentablemente las cosas no son tan simples.
Porque aún en ese heroísmo, no se puede negar que existe una identificación con el agresor por la cual esas poblaciones judías en definitiva se mataban ahorrándole el trabajo al vulgo.
No se trata de idealizar ni de denigrar, pero sí de tratar de entender de una forma adecuada y que arroje “luz” sobre cómo y de qué manera se fue cristalizando el judaísmo europeo desde 1096 en adelante, tanto como comprender cómo y de qué manera se forjó el antisemitismo europeo también desde ese año en adelante.
Porque por un lado, aparece de forma absolutamente novedosa el valor del “martirio” dentro de la cultura judía, y por otro se asienta la idea-sospecha del judío como un infiel al que hay que saquear, convertir, asesinar. En definitiva: castigar. Nótese que el antisemitismo ya desde esa lejana fecha hasta las tempranas fechas de nuestra contemporaneidad está absolutamente convencido de que hay que castigar al pueblo judío.
Sin embargo, hay otro factor que no puedo dejar de indicar y que se refiere a que hasta por lo menos el siglo VIII o IX existió en la Europa cristina un judaísmo del cual ya casi nada queda documentalmente y que refiere a una época donde el judaísmo “competía” de forma eficaz y competente con el cristianismo. Si esto fue así, la denigración judía se relaciona certeramente con rivalidades y competencias con un cristianismo que a partir de Carlomagno logró expandirse (¿o dominar?) casi toda Europa.
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