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sábado 18 de julio de 2026

Irving Gatell/ El delicado ajedrez de Arabia Saudita

Dejó de ser un secreto. El cambio en la política saudí lo han notado todos, y las cosas se le van a complicar mucho al gobierno de Ryad cuando Donald Trump empiece a tomar cartas en el asunto.

Justo en la semana en la que se ha descubierto un enorme yacimiento petrolero en Texas, mientras Jared Kushner ha presentado un dossier con imágenes del plan para la reconstrucción de Gaza, Arabia Saudita radicaliza su postura y sus intentos por integrar un nuevo eje regional junto con Egipto y Turquía.

Es una apuesta demasiado arriesgada, porque implica entorpecer los planes de los Estados Unidos.

Ya he explicado la semana anterior qué es lo que pasa: Ante la evidente debilidad iraní, empiezan a aparecer fricciones entre los que antes fueron aliados. Por el momento, los roces más graves se han dado entre Arabia Saudita y los Emiratos Árabes Unidos, pero pronto podrían empezar a darse con Israel, y luego con los Estados Unidos.

La postura saudí parece clara: Quieren que los ayatolas sigan gobernando Irán porque prefieren a un enémigo débil, que a un rival potencialmente poderoso. Y es que si los ayatolas caen, llegará un gobierno afín a los Estados Unidos, que será apoyado para reactivar la economía persa, convirtiendo a ese país en un rival directo de Arabia Saudita, y con un potencial de desarrollo mayor debido a su gran potencial petrolero, a recursos naturales muy superiores y abundantes que el desierto arábigo, y a una población tres veces mayor que, bien encausada en su productividad, pueden llevar a un nuevo Irán a una prosperidad sin límites.

Por eso es que Arabia Saudita quiere remodelar los planes para el Medio Oriente, pero ¿podrá hacerlo?

Tal y como ya se ha señalado, lo que está en juego es un gran negocio. El plan de los Acuerdos de Abraham implica convertir al Medio Oriente en una potencia económica que sustituya a la decadente Europa.

Pero ante el riesgo de la competencia iraní, las autoridades de Ryad ahora parecen preferir que el mundo siga siendo como es, con una Europa e Irán debilitados, y un Medio Oriente disperso e inconexo en el que la corona saudí pueda mantener una posición privilegiada. Mejor ser cabeza de un ratón, que cola de un león.

Los saudíes van a tratar de arrastrar a todos los países árabes hacia ese repliege estratégico, y es de esperarse que la mayor oposición la encuentren en los Emiratos Árabes Unidos, Bahrein y Marruecos, tres naciones que ya probaron el éxito que hay en las nuevas relaciones políticas y comerciales con Israel.

Aquí las preguntas son qué puede ofrecerle Arabia Saudita a los Estados Unidos, y cómo pueden reaccionar estos últimos.

A fin de cuentas, no parece que un eje lidereado por Arabia Saudita, Turquía y Egipto pueda ser más interesante que uno lidereado por Israel, Arabia Saudita y los Emiratos Árabes Unidos (el plan original), por lo que no hay muchas expectativas a que Trum y Estados Unidos cambien de posición.

Por la otra, Estados Unidos está reforzando su papel de potencia petrolera. Ahora controla el petróleo de Venezuela, y además acaba de descubrir un enorme yacimiento en Texas. Con un Irán post-ayatolas como aliado, pueden aumentar la oferta petrolera y volver a poner el precio del barril de crudo en el rango de los 30 USD. Eso sería un desastre para Rusia y para Arabia Saudita.

Claro, eso también golpearía a Irán y a los Emiratos, pero estos pueden diversificar su economía y encontrar alternativas gracias a los Acuerdos de Abraham.

Arabia Saudita también, salvo por el pequeño detalle de que hoy es cuando más lejos parece de querer integrarse.

En pocas palabras, los saudíes parecen estar dispuestos a hacer negocios con las vacas flacas, obligando a las vacas gordas a alinearse con sus contrincantes. Y todo, por no querer un rival regional que pueda hacerle sombra a los gobernantes en Ryad.

Pésima decisión. La competencia debe motivarte a mejorar, no a quere tirar el tablero de juego y cancelar los planes. Máxime cuando del otro lado está un presidente como Donald Trump, ávido por hacer negocios, y que ya vio todo el potencial de desarrollo que hay en la región.

Arabia Saudita está jugando con fuego, y no parece que tenga las mejores cartas. Es totalmente improbable que quiera convertir esto en una guerra, especialmente cuando se ha demostrado la abrumadora superioridad israelí. Lo más probable es que, al final, el peso de las conveniencias económicas obliguen al príncipe Bin Salman a reconsiderar el asunto.

Pero mientras eso sucede, es muy probable que los saudíes le provoquen varios dolores de cabeza al mundo.


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