Juntos Venceremos
miércoles 03 de junio de 2026
Vela

Rubén Kaplan / Conmemoración del Holocausto: memoria, responsabilidad y presente

Cada 27 de enero el mundo conmemora el Día Internacional en Memoria de las Víctimas del Holocausto, establecido por la Asamblea General de las Naciones Unidas en 2005. La fecha recuerda la liberación del campo de exterminio de Auschwitz-Birkenau por el Ejército Rojo en 1945.

No se trata de un hito simbólico más en el calendario internacional, sino de una interpelación permanente a la conciencia humana.

La Shoá no fue solo un crimen de dimensiones inéditas; fue la expresión más extrema de una ideología que despojó a millones de personas de su condición humana antes de asesinarlas. Seis millones de judíos fueron exterminados, junto con millones de otras víctimas, en un sistema industrial de muerte concebido, planificado y ejecutado por el Estado nazi y sus colaboradores.

Conmemorar el Holocausto no equivale a recordar un pasado clausurado. Su sentido profundo reside en impedir que el olvido, la relativización o la banalización ocupen el lugar de la memoria. Hoy, cuando el antisemitismo reaparece con nuevas máscaras —disfrazado de discurso político, de crítica selectiva, de negación edulcorada o de indiferencia moral—, esa responsabilidad se vuelve aún más urgente.

El ataque perpetrado el 7 de octubre de 2023 por la organización terrorista Hamas, con la masacre deliberada de civiles israelíes —hombres, mujeres, ancianos y niños—, introdujo una fractura brutal en la conciencia contemporánea. No se trató de un episodio bélico más, sino de una violencia planificada con un componente explícitamente antijudío, que incluyó asesinatos masivos, torturas, violaciones y secuestros.

Para muchos sobrevivientes y observadores, ese día representó un eco perturbador de los pogroms del pasado, un recordatorio de que el odio exterminador no pertenece exclusivamente al siglo XX. Paradójicamente —y de manera alarmante—, a esa masacre le siguió en vastas regiones del mundo un incremento del antisemitismo, expresado en agresiones, amenazas, vandalización de instituciones judías y una retórica que, en nombre de causas supuestamente universales, volvió a deshumanizar a los judíos como colectivo.

La inversión moral fue tan evidente como inquietante: las víctimas pasaron a ser cuestionadas, relativizadas o directamente acusadas, mientras el terror era justificado, minimizado o silenciado. Esta reacción posterior no es un fenómeno marginal. Revela hasta qué punto la memoria del Holocausto, cuando se convierte en ritual vacío, puede coexistir con nuevas formas de odio.

La negación ya no siempre adopta la forma burda del rechazo frontal; con frecuencia se presenta como relativización, comparación abusiva o saturación del lenguaje, vaciando de sentido palabras como “genocidio”, “nazismo” o “Shoá”.

La experiencia histórica demuestra que el odio no comienza con los campos de exterminio, sino con palabras, silencios y complicidades. Por eso la educación, la transmisión y el rechazo explícito de toda forma de antisemitismo no son gestos simbólicos, sino actos preventivos.

El Holocausto dejó además una enseñanza incómoda: las instituciones creadas para proteger a la humanidad pueden fallar. La memoria, entonces, no puede delegarse únicamente en organismos internacionales ni limitarse a declaraciones solemnes. Requiere vigilancia ética, coraje intelectual y compromiso cívico.

Recordar la Shoá no es un acto dirigido solo al pueblo judío. Es una obligación universal. No porque todas las tragedias sean equivalentes, sino porque el Holocausto mostró hasta dónde puede llegar una sociedad cuando la deshumanización se normaliza y la indiferencia se convierte en costumbre.

Elie Wiesel lo expresó con claridad:

La indiferencia no es solo un pecado, es un castigo

Callar, relativizar o mirar hacia otro lado es permitir que el mal encuentre terreno fértil. En este nuevo aniversario, la memoria del Holocausto exige algo más que palabras. Exige no acostumbrarse. No aceptar el odio como una opinión más. No permitir que la negación se disimule como discurso legítimo. Y no olvidar que recordar sin actuar convierte a la memoria en una forma vacía de homenaje.

Nunca olvidar no es una consigna. Es una responsabilidad.
______________________________________________________________________________

Las opiniones, creencias y puntos de vista expresados por el autor o la autora en los artículos de opinión, y los comentarios en los mismos, no reflejan necesariamente la postura o línea editorial de Enlace Judío. Reproducción autorizada con la mención siguiente: © EnlaceJudío