Rubén Kaplan / La segunda fase del acuerdo en Gaza: promesas, contradicciones y el peso de la experiencia

Terroristas palestinos de Hamas montan guardia el dia de la entrega de los rehenes, como parte de un alto el fuego y un acuerdo de intercambio de rehenes y prisioneros entre Hamas e Israel, en Rafah, al sur de la Franja de Gaza, el 22 de febrero de 2025. (Credito: REUTERS/Hatem Khaled)

El inicio de la segunda fase del frágil acuerdo entre Israel y el grupo terrorista Hamás vuelve a poner en evidencia la distancia entre los anuncios diplomáticos y la realidad sobre el terreno. Lo que fue presentado como un entendimiento pragmático para aliviar el sufrimiento humano hoy aparece rodeado de contradicciones que despiertan preocupación.

El acuerdo impulsado en su momento por el presidente  estadounidense Donald Trump contemplaba, en su primera etapa, la liberación de rehenes israelíes y de otras nacionalidades —vivos o muertos— a cambio de un cese del fuego y la excarcelación de prisioneros palestinos, muchos de ellos condenados  a varias penas de cadena perpetua por crímenes gravísimos. Esa fase concluyó hace pocos días, cuando Israel recuperó en Gaza los restos del último rehén, Ran Gvili, para darle sepultura en su territorio, cerrando un capítulo de dolor colectivo.

La segunda fase debía incluir, según lo anunciado, la entrega de armas por parte de Hamás. Trump afirmó el miércoles 29 de enero, que el grupo terrorista había colaborado en la liberación de los rehenes y que estaría dispuesto a deponer su armamento– aunque amenazó a Hamas, en caso de incumplimiento-  Sin embargo, posteriores declaraciones del alto funcionario de Hamás, Moussa Abu Marzouk, desmintieron esa versión de la Casa Blanca, asegurando que el desarme nunca fue discutido y que la organización mantiene el control en Gaza.

Estas contradicciones chocan con la postura del primer ministro israelí Benjamín Netanyahu, quien sostiene al igual que la mayoría del pueblo, que el desarme es condición indispensable para cualquier estabilidad futura. La falta de claridad y de mecanismos verificables vuelve incierta la viabilidad de esta nueva etapa.

La experiencia obliga a la cautela. En conflictos anteriores, cada alto el fuego fue seguido por períodos en los que Hamás se rearmó, reconstruyó su infraestructura militar, construyó numerosos túneles y preparó nuevas ofensivas. Ese proceso contó invariablemente con apoyo externo, especialmente de Qatar y La República Islámica de Irán, consolidando un ciclo que terminó siempre en más violencia.

Aceptar promesas sin garantías reales sería ignorar lecciones demasiado costosas. Si Hamás no es obligado  de manera efectiva a abandonar definitivamente su capacidad militar, el riesgo de una nueva escalada no es remoto, sino una posibilidad basada en antecedentes concretos. Bajo ese escenario, las vidas perdidas —civiles y militares— quedarían atrapadas en una repetición trágica de la historia.

Porque cuando la diplomacia se apoya más en deseos  y declamaciones , que en hechos verificables, la memoria reciente deja de ser advertencia y se convierte en presagio. Israel no puede permitirse que el sufrimiento vivido sea apenas una pausa antes de la próxima tragedia.

La paz auténtica no nace de declaraciones ambiguas, sino de decisiones que garanticen que el terrorismo asesino, no vuelva a imponerse sobre la vida. 
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