Rubén Kaplan / Si Hamás no se desarma, la guerra vuelve a ser inevitable

Terroristas palestinos de Hamas en el norte de la Franja de Gaza el 1 de diciembre de 2025 | Foto: AFP/Omar Al-Qattaa

Un informe publicado por el corresponsal militar Emanuel Fabian en The Times of Israel revela que las Fuerzas de Defensa de Israel están preparando una nueva ofensiva en Gaza con un objetivo explícito: desarmar por la fuerza a Hamás si la organización no cumple con la desmilitarización prevista en la segunda fase del acuerdo.

Hay que contemplar  que un nuevo ataque israelí para destruir la infraestructura militar del grupo terrorista Hamás, no tendría las limitaciones que tuvo después del 7 de octubre de 20023, en virtud que la totolalidad de los rehenes, vivos y muertos- que inhibían la retalación- regresaron al Estado judío. 

La noticia no sorprende a quienes entienden la naturaleza del conflicto. El plan diplomático que prometía una transición hacia estabilidad contenía desde el inicio una contradicción esencial: suponía que Hamás podría abandonar voluntariamente su poder militar. Pretender que un grupo armado cuya identidad se construye sobre la violencia entregue sus armas por voluntad propia no es una estrategia de paz; es una ficción política.

Hamás no es un actor estatal convencional. Es un movimiento terrorista, ideológico y militar que gobierna mediante coerción, que convirtió a Gaza en una plataforma armada y que ha demostrado reiteradamente que su prioridad no es la vida de su población sino la supervivencia de su aparato bélico. Su arsenal no es un elemento accesorio: es el núcleo de su poder. Exigir su desarme equivale a exigir el fin del régimen que sostiene.

El informe confirma lo que muchos advertían desde el comienzo: sin coacción, el desarme es imposible. La planificación israelí sugiere que, ante el incumplimiento del acuerdo, la opción militar deja de ser una hipótesis y vuelve a convertirse en una herramienta estratégica. La alternativa sería aceptar una Gaza nominalmente pacificada pero controlada por un grupo terrorista intacto, una fórmula que solo garantiza la próxima guerra.

La pregunta que ahora surge no es táctica sino geopolítica: ¿contaría Israel con el respaldo de Estados Unidos para una operación de desarme forzoso? Bajo la administración de Donald Trump, Washington ha mostrado una alineación mucho más directa con la doctrina de seguridad israelí que gobiernos anteriores. Si Hamás viola abiertamente los términos del acuerdo, resulta difícil imaginar que la Casa Blanca presione a Israel para tolerar una amenaza que el propio plan buscaba eliminar.

La estabilidad no depende de declaraciones diplomáticas sino de hechos verificables. Un acuerdo que deja intacto al grupo armado que originó el conflicto no resuelve nada: solo posterga la próxima explosión. Mientras Hamás conserve su capacidad militar, Gaza seguirá siendo un polvorín administrado por una organización cuya lógica es la confrontación permanente.

En ese escenario, la ofensiva no sería una elección ideológica sino una consecuencia inevitable. La paz no puede construirse sobre la coexistencia con un actor que convierte la violencia en doctrina. Y ningún acuerdo es sostenible si quien debe desarmarse conserva las armas y el poder que ellas garantizan.

Por: Rubén Kaplan  
Periodista y escritor
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