Un calculado silencio respecto a Irán rodea al gobierno de Benjamín Netanyahu.
Las afiebradas manifestaciones en aquel país, el elevado número de víctimas, y el estancamiento económico-financiero de Teherán gestan escenarios que hoy propician una resuelta ofensiva por parte de Trump.
Sin embargo, ni uno ni otro adelantan hasta aquí una terminante acción contra Irán.
¿Qué esperan? ¿Hasta dónde y a qué precio, humano y militar, habrán de actuar? ¿Y cómo se redefinirá el Medio Oriente si el régimen iraní se deshace?
Interrogantes que hasta aquí no admiten claras respuestas.
El amplio y efectivo despliegue de aviones y buques norteamericanos asegura la ruidosa caída del régimen iraní si un violento choque se verifica. Y en Jerusalén no faltan señales de una cercana confrontación con este país si es aprobada por la Casa Blanca.
Unos y otros enhebran cálculos desiguales.
A Trump le interesa controlar la economía iraní, en particular sus recursos petroleros que hoy satisfacen los intereses de Rusia y China.
Sin embargo, consciente del sensible y marcado afán de Arabia Saudita y de Turquía en instituir en Irán un flaco y conveniente régimen democrático, Trump ensayará ajustarse a estos intereses.
Israel pretende, con Netanyahu, un selectivo cambio del sistema político en Irán en favor de una delgada y conveniente democratización. Así, Israel podría obtener una importante y cercana fuente de energéticos con precios razonables sin renunciar al monopolio nuclear.
Además, el desplazamiento de Irán como potencia le otorgará a Israel una alta postura como democracia que sabe defenderse a sí misma. Un hecho que le obsequiará a Netanyahu altura personal y partidaria en la venidera puja electoral.
De momento Trump es quien decide y sella los eventos en el Medio Oriente. Acción que sensiblemente afecta a toda la región incluyendo a países europeos que revelan actitudes ambivalentes en torno a su olímpico liderazgo.
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