A lo largo de su historia, Israel debió enfrentar una realidad estratégica inalterable: su reducida dimensión territorial y demográfica lo obliga a compensar con ingenio aquello que no posee en cantidad. Rodeado durante décadas por enemigos declarados y sometido a amenazas constantes, el Estado judío comprendió desde su nacimiento que su supervivencia dependería menos del número de soldados que de la calidad de su inteligencia, su capacidad de innovación y su superioridad tecnológica.
Hoy esa lógica adquiere una nueva dimensión: la robótica aplicada al campo de batalla.
Según recientes informes del Jerusalem Post, las Fuerzas de Defensa de Israel han intensificado el uso de robots en operaciones contra Hezbollah en Bint Jbeil, al sur del Líbano. Sistemas no tripulados son empleados para ingresar en túneles, explorar zonas peligrosas y acelerar la destrucción de infraestructura militar enemiga sin exponer innecesariamente la vida de los soldados israelíes.
No se trata únicamente de un avance táctico, sino de una transformación histórica. El coronel retirado Yaron Sarig, vinculado a programas de inteligencia artificial y autonomía del Ministerio de Defensa israelí, llegó a definir el conflicto librado entre Israel y Hamas entre 2023 y 2025 como “la primera guerra robótica”. La expresión puede debatirse en términos académicos, pero refleja una realidad indiscutible: nunca antes se habían desplegado de manera tan extensa enjambres de drones, robots terrestres, sistemas automatizados de reconocimiento y plataformas con inteligencia artificial en un escenario bélico.
Durante la guerra en Gaza, los robots permitieron detectar túneles utilizados por Hamas, ingresar en zonas minadas, tender emboscadas a combatientes ocultos y mejorar el seguimiento de objetivos hostiles. Allí donde antes debían avanzar soldados hacia lo desconocido, ahora pueden hacerlo máquinas dirigidas o autónomas.
La ventaja no es solamente militar. También alcanza al plano industrial. Israel incorporó robótica y automatización en la producción de interceptores de defensa aérea Arrow 2 y Arrow 3, con el objetivo de reducir costos y aumentar la disponibilidad futura. En una región donde las guerras de desgaste pueden prolongarse, producir más rápido y a menor costo es también una forma de victoria.
A ello se suman operaciones encubiertas que revelan un notable grado de innovación. La utilización de beepers y dispositivos de comunicación manipulados para golpear la estructura de Hezbollah asombró al mundo por su ingenio y precisión. Del mismo modo, la penetración de inteligencia en Irán, que permitió la eliminación de Ali Khamenei y de otras figuras clave del régimen, confirmó una capacidad operativa excepcional. Y probablemente esos episodios visibles representan apenas una parte de desarrollos tecnológicos y tácticos que, por razones obvias, aún permanecen en secreto.
Israel sabe que no puede descansar en la mera acumulación de fuerzas. Frente a Irán, potencia regional con mayor población, profundidad territorial y capacidad de proyección indirecta, la ventaja israelí radica en mantener una brecha tecnológica decisiva. Sus enemigos inmediatos, Hezbollah, los hutíes y Hamas, aún no desarmado, no superan individualmente al Estado judío, pero la posibilidad de escenarios ampliados, con nuevos actores o frentes simultáneos, obliga a pensar siempre en términos de anticipación estratégica.
Por eso la robótica no es un lujo futurista, sino una necesidad nacional. Robots que reemplazan soldados en misiones extremas y sistemas automatizados que fortalecen la defensa aérea expresan una misma idea: preservar vidas israelíes mediante inteligencia aplicada.
Una vez más, Israel confirma una constante de su historia. Cuando otros confían en la masa, el Estado judío apuesta al talento. Cuando otros cuentan hombres, Israel desarrolla ideas.
La guerra del futuro, para muchos, todavía es una hipótesis. Para Israel, ya comenzó.
Rubén Kaplan
Periodista y escritor
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