Australia.
Un país occidental. Democrático. Seguro.
Hace poco hubo un atentado contra judíos.
Pero cuando el presidente de Israel, Isaac Herzog, pisa suelo australiano…
las calles no se llenan para condenar el terrorismo.
Se llenan para gritar contra Israel.
Aquí hay una patología psicológica que prefieren ignorar.
Las masas no funcionan con matices.
Funcionan con emociones simples.
En la narrativa dominante actual, el mundo se divide en:
Fuerte vs débil.
Poder vs víctima.
Y en esa película mental, Israel es automáticamente el poder.
No importa el contexto.
No importa quién empezó qué.
No importa si Hamás es una organización terrorista reconocida por múltiples países.
La imagen ya está instalada.
Y cuando una imagen se instala en la mente colectiva, desplaza a los hechos.
Como resultado, el comportamiento primitivo se acepta, se normaliza.
Cuando un judío es atacado en Occidente, la reacción suele ser limitada, breve, casi burocrática.
Pero cuando Israel actúa militarmente en Gaza, la indignación estalla globalmente.
¿Por qué?
Porque hoy la empatía pública no se distribuye de manera equilibrada.
Se distribuye según quién arma más historias, aunque sean irreales.
Y eso es extremadamente peligroso.
No estamos hablando de criticar políticas.
Eso es legítimo.
Estamos hablando de un clima donde la hostilidad hacia el símbolo “Israel” empieza a contaminar la percepción hacia comunidades judías.
La historia demuestra que esa frontera es frágil.
Muy frágil.
No todos los manifestantes apoyan a Hamás, pero tampoco se escucha una descalificación clara, firme y colectiva contra Hamás y el terrorismo.
Pero en toda movilización masiva existen tres niveles:
Personas con sensibilidad humanitaria genuina.
Activistas ideológicos organizados.
Minorías radicales que empujan consignas extremas.
El problema es que cuando miles gritan al mismo tiempo, las consignas más radicales se normalizan.
Y cuando algo se normaliza, deja de generar rechazo.
Si esta tendencia continúa, veremos tres consecuencias claras:
1. Aumento del riesgo para comunidades judías
No porque la mayoría sea violenta.
Sino porque una minoría radical se siente respaldada por el clima general.
La violencia rara vez surge del vacío.
Surge de un ambiente que la tolera.
2. Radicalización en campus y espacios públicos
Las universidades occidentales ya están viviendo una polarización intensa.
Cuando una generación joven internaliza narrativas binarias sin matices, el conflicto deja de ser sobre temas políticos.
Se vuelve identitario.
Y los conflictos identitarios son los más difíciles de desactivar.
Sin embargo, la historia enseña que para Israel hay un efecto búmeran.
Cuanta más hostilidad perciba la diáspora judía, mayor será el cierre de filas.
Más identidad.
Más cohesión.
Más apoyo firme a Israel.
La presión externa no debilita necesariamente.
A veces endurece.
Lo que está ocurriendo en Australia no es un hecho aislado.
Es un síntoma.
La pregunta no es si habrá más protestas.
La pregunta es si Occidente sabrá evitar que la indignación selectiva termine erosionando la seguridad de sus propias minorías. No olvidemos que pese a todo, los judíos son minoría vulnerable en el mundo.
Son blanco de masas que pueden encenderse muy rápido… y del odio a la acción, la distancia es estrecha.
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