Juntos Venceremos
jueves 04 de junio de 2026

Rubén Kaplan / Los haredim y el servicio militar en Israel

Israel enfrenta una realidad que ya no admite evasivas. Las Fuerzas de Defensa de Israel advirtieron que, de no ampliarse significativamente el número de reclutas —con énfasis en la comunidad haredí— el país podría enfrentar en 2027 una brecha operativa peligrosa. No se trata de una discusión abstracta ni ideológica: es una necesidad militar concreta en un contexto de guerra prolongada y amenazas permanentes.

El problema, sin embargo, trasciende lo estratégico. Se ha convertido en una herida social. Mientras miles de jóvenes israelíes —religiosos, seculares, hombres y mujeres— arriesgan sus vidas, amplios sectores de la población ultraortodoxa continúan exentos del servicio. Esa desigualdad alimenta un malestar creciente que ya no puede explicarse únicamente en términos políticos: toca el corazón del pacto cívico.

Es importante decirlo con claridad: este debate no es religión contra Estado. Israel cuenta con decenas de miles de soldados observantes que combinan vida religiosa estricta con servicio militar. Existen unidades adaptadas a la vida religiosa, programas especiales y marcos que permiten preservar normas halájicas. Incluso dentro del mundo haredí hay quienes ya sirven, aunque en números todavía insuficientes. El conflicto no es entre fe y defensa nacional; es entre responsabilidad compartida y excepción estructural.

La propia tradición judía ofrece un marco revelador. Frente al Mar Rojo, cuando el pueblo de Israel quedó acorralado, Moisés clamó a D-s. La respuesta divina fue contundente: “¿Por qué clamas a mí? Di a los hijos de Israel que marchen” (Éxodo 14:15). No era momento de plegarias pasivas, sino de acción colectiva. La supervivencia exigía movimiento.

Algo similar ocurre en el relato de Josué: antes de continuar la conquista de Canaán, Dios le ordena abandonar la oración y eliminar el pecado que debilitaba al campamento. La enseñanza es clara: la espiritualidad no sustituye la responsabilidad práctica cuando la existencia del pueblo está en juego.

Invocar la Torá para justificar la inacción frente a una amenaza nacional invierte el sentido de esos relatos. La tradición judía no glorifica la pasividad; exige participación cuando la seguridad colectiva está comprometida. Defender la comunidad es, en sí mismo, un acto de preservación espiritual.

La resistencia política a ampliar el reclutamiento haredí responde en gran medida a equilibrios partidarios, no a imposibilidades religiosas absolutas. Mientras tanto, la sociedad israelí observa cómo el peso de la defensa recae de manera desproporcionada sobre ciertos sectores. Ninguna nación puede sostener indefinidamente una brecha tan visible entre sacrificio y exención sin erosionar su cohesión interna.

El desafío no es borrar identidades religiosas ni imponer uniformidad cultural. Es restaurar un principio básico: que la protección del hogar común es una responsabilidad compartida. La historia judía enseña que la supervivencia del pueblo siempre dependió de la acción colectiva, no de la delegación selectiva del riesgo.
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