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jueves 04 de junio de 2026

Rubén Kaplan / Irán recluta niños para la guerra

La reciente denuncia de Amnesty International sobre el reclutamiento de niños desde los 12 años por parte de la milicia Basij en Irán introduce un elemento particularmente inquietante en el actual escenario: la utilización directa de menores en tareas de control y confrontación armada.

La milicia Basij, dependiente de la Guardia Revolucionaria, cumple funciones de control social y represión interna dentro de la República Islámica de Irán, siendo señalada por organismos de derechos humanos por su papel en la represión de protestas que han dejado miles de víctimas en los últimos meses. Testimonios, registros audiovisuales y análisis independientes dan cuenta de la presencia de estos niños en puestos de control, algunos de ellos portando armas de asalto, en lo que constituye una violación flagrante del derecho internacional.

La propia organización calificó estos hechos como un posible crimen de guerra, en la medida en que el reclutamiento y uso de menores en conflictos armados contraviene las normas básicas de protección de la infancia establecidas por la comunidad internacional.

Lejos de tratarse de episodios aislados, estas prácticas parecen responder a una lógica en la que el régimen teocrático iraní recurre a todos los recursos disponibles para sostener su aparato de control interno en un contexto de creciente presión militar y política.   

El fenómeno, sin embargo, no es nuevo. Ya en 2009 advertí sobre la utilización de menores en estructuras vinculadas a Hamas, donde la formación ideológica desde edades tempranas formaba parte de una estrategia orientada a inculcar el odio y a naturalizar la violencia contra Israel y los judíos como parte de una narrativa ideológica, transmitida a través de programas educativos, manuales escolares y campamentos de adoctrinamiento. En ese contexto, la instrumentalización de los más jóvenes aparece como un patrón recurrente en organizaciones terroristas y regímenes que subordinan al individuo a una causa totalizante.

La formación ideológica desde la niñez no es un proceso neutro. Cuando se orienta a la glorificación de la violencia, sus efectos trascienden el presente y proyectan sus consecuencias hacia el futuro, configurando generaciones educadas en una lógica de enfrentamiento constante. La niñez deja así de ser un ámbito de protección para convertirse en un espacio de preparación, donde el juego es reemplazado por la disciplina, y la educación por el adoctrinamiento.

En este marco, resulta inevitable interrogarse sobre el papel de los organismos internacionales. UNICEF, concebido como un instrumento fundamental para la protección de los derechos de la infancia a nivel global, ha advertido históricamente sobre la utilización de menores en conflictos armados. Sin embargo, frente a situaciones concretas como las denunciadas recientemente en Irán, su voz aparece, en el mejor de los casos, atenuada o insuficiente en relación con la gravedad de los hechos.

Esta aparente asimetría en la reacción internacional plantea interrogantes más amplios sobre la eficacia de los mecanismos de protección cuando estos se enfrentan a regímenes o actores que no solo ignoran las normas, sino que las desafían abiertamente. La falta de respuestas contundentes no solo debilita la credibilidad de las instituciones, sino que también contribuye a la normalización de prácticas que deberían ser universalmente condenadas.

La utilización de niños en estructuras de represión o confrontación no es únicamente una violación jurídica: es una ruptura profunda del principio mismo de protección. Cuando el poder político convierte a los niños en instrumentos de guerra o control, no se trata de una disfunción social, sino de una lógica estructural impuesta desde el propio sistema. No solo se compromete el presente, sino que se condiciona el futuro, generando dinámicas de violencia que tienden a reproducirse en el tiempo.

Si estos procesos de formación y adoctrinamiento se consolidan en el tiempo, sus consecuencias no se limitan al presente. Las generaciones educadas bajo una lógica de confrontación tienden a reproducirla en la adultez, trasladando al futuro las dinámicas de violencia que se les inculcaron desde edades tempranas.

Rubén Kaplan
Periodista y escritor
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