La periodista franco-marroquí Nora Bussigny se infiltró durante un año en organizaciones anti israelíes y grupos de extrema izquierda en Francia. Su libro “Los nuevos antisemitas” no es una opinión: es un informe de campo. Manifestaciones, entrenamientos militantes, reuniones clandestinas, universidades radicalizadas y redes de financiación. Lo que encontró no fue activismo político convencional, sino una convergencia ideológica donde el odio a Israel actúa como pegamento que une a islamistas, militantes de izquierda radical y colectivos que se autodefinen progresistas.
El libro está dedicado a una sobreviviente del Holocausto. No es un gesto literario: es una advertencia histórica deliberada. Bussigny escribe bajo amenazas de muerte, requiere protección policial y su obra fue boicoteada por librerías francesas. En la Francia del siglo XXI, denunciar el antisemitismo implica riesgo físico. Esa sola realidad ya define el clima moral de la época.
Lo que describe no es un fenómeno marginal sino una mutación cultural profunda. El antisemitismo dejó de esconderse en los márgenes y encontró refugio en espacios que se presentan como defensores de los derechos humanos. El judío ya no es atacado en nombre de la raza, sino en nombre de la moral. Cambió el vocabulario; el odio permaneció intacto.
Nada de esto debería sorprender. En 2012, tras los asesinatos de niños judíos en Toulouse, escribí en un artículo que aquellas víctimas “murieron simplemente por ser judías” y advertí que Europa no había aprendido la lección del Holocausto. Casi catorce años después, el diagnóstico no solo se confirma: se agrava. El antisemitismo no retrocedió; se volvió culturalmente aceptable en ciertos círculos.
Al antisemitismo clásico de la extrema derecha y del islamismo radical se ha sumado un antisemitismo de izquierda que goza de legitimidad simbólica. Ya no necesita lemas primitivos. Se expresa en lenguaje académico, consignas humanitarias y moralismo selectivo. Sustituye la palabra “judío” por “sionista” sin alterar la sustancia del odio.
Ese antisemitismo domina campus universitarios financiados durante años por Qatar e Irán, sindicatos, espacios culturales y redes sociales. Expulsa a judíos de marchas, relativiza o ignora atentados terroristas contra judíos y glorifica la violencia cuando las víctimas no encajan en el esquema ideológico correcto. Ha conseguido lo que el antisemitismo siempre buscó: respetabilidad.
Bussigny documenta cómo organizaciones radicales reciben apoyo político y financiación pública para radicalizar a jóvenes bajo la retórica de la justicia social. La izquierda europea, que históricamente se proclamó universalista, ha derivado hacia una forma de fascismo identitario donde el judío vuelve a ocupar el lugar simbólico del enemigo colectivo.
Francia no es una excepción. Es un laboratorio. Lo que allí ocurre anticipa procesos visibles en Estados Unidos y en buena parte de Europa. El antisemitismo ya no es un vestigio del pasado: es una ideología reciclada para el siglo XXI, protegida por el prestigio cultural de quienes dicen combatir la opresión.
Hay una lección inquietante que Bussigny pone al descubierto —además de los odios articulados y las alianzas tóxicas entre izquierdistas radicales e islamistas— es que el antisemitismo contemporáneo ya no es un fenómeno marginal ni residual, sino una fuerza cultural legitimada. Cuando el odio deja de ser condenado y pasa a ser celebrado como sacrificio moral, la sociedad empieza a perder su alma. El antisemitismo, en sus nuevas formas, ya no solo amenaza a los judíos: sino a la misma estructura democrática y humana que Occidente dice defender.
Y mientras sectores enteros se sigan escondiendo detrás de eufemismos y consignas de moda para justificar hostilidades que llevan a la violencia y al genocidio, la reacción de la civilización será insuficiente. El peligro no es solo que Europa olvide su historia —es que la vuelvan a repetir bajo nuevos disfraces y con pedagogías de alta legitimación cultural.
Europa ya vivió lo que ocurre cuando el odio encuentra legitimación intelectual. El antisemitismo nunca comienza con exterminio. Se inicia con tolerancia social, con silencios cómplices, con odio presentado como virtud.
Bussigny cierra su libro con una frase que suena menos literaria que histórica: “Ahora que lo han leído, ya no pueden decir que no lo sabían”.
Por Rubén Kaplan
Periodista y escritor
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