El reciente debate político en Amberes, revelado por The Jerusalem Post, sobre un proyecto destinado a restringir la circuncisión ritual judía vuelve a poner en evidencia una tendencia cada vez más preocupante en Europa: la progresiva limitación de prácticas religiosas judías mientras se toleran, en nombre del multiculturalismo, expresiones culturales mucho más problemáticas.
Conviene precisarlo: la iniciativa no prohíbe formalmente la circuncisión masculina, sino que pretende impedir que sea realizada por mohalim (religiosos judíos especialmente capacitados para realizar la circuncisión ritual), estableciendo que únicamente médicos puedan practicarla. Bajo el argumento sanitario, lo que en realidad se intenta es desplazar un rito religioso milenario de su ámbito espiritual para convertirlo en un procedimiento médico desprovisto de su significado esencial.
La circuncisión o brit milá en hebreo, no es una tradición cultural accesoria. Se remonta al pacto entre Abraham y D-s y ha sido practicado ininterrumpidamente durante miles de años como uno de los pilares identitarios del pueblo judío. Sustituir al mohel equivale, en términos religiosos, a intervenir directamente en la continuidad misma del judaísmo.
La polémica adquirió un cariz aún más inquietante cuando el único diputado judío de Amberes que se opuso al proyecto, fue acusado de actuar con “doble lealtad”, uno de los argumentos antisemitas más persistentes de la historia europea, utilizado siempre para cuestionar la pertenencia nacional de los judíos cuando defienden su fe o sus derechos.
Cabe destacar un contraste revelador. Ya en 2011 advertí que Amberes se había convertido en un foco de radicalización islamista, donde organizaciones como Sharia4Belgium intentaron instaurar tribunales basados en la Sharia– la severa ley islámica- paralelos al sistema jurídico belga. Aquellos avances sobre el orden democrático no suscitaron una reacción política comparable.
La paradoja europea se vuelve todavía más evidente cuando se contrasta esta severidad hacia el rito judío con la persistencia —documentada desde hace años— de mutilaciones genitales femeninas practicadas en comunidades inmigrantes provenientes de países islámicos, intervenciones destinadas explícitamente a privar a las mujeres del placer sexual y que, en numerosos casos, se realizan clandestinamente sin condiciones mínimas de asepsia ni control sanitario efectivo, mientras un rito judío milenario pasa a ser objeto de sospecha legislativa.
El problema, por lo tanto, no es médico. Es político y cultural. El judío europeo vuelve a ser aceptado sólo mientras no ejerza plenamente su identidad.
Amberes, durante siglos uno de los centros más florecientes de la vida judía del continente, ofrece hoy una señal inquietante: cuando Europa comienza a regular los mandamientos judíos mientras teme confrontar prácticas verdaderamente opresivas, no está defendiendo derechos humanos.
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