Un informe de Reuters señala que Irán está próximo a cerrar un acuerdo con China para adquirir misiles de crucero antibuque CM-302, capaces de representar una amenaza directa para fuerzas navales estadounidenses en el Golfo Pérsico. La información surge precisamente cuando Estados Unidos concentra importantes activos militares cerca de la costa iraní, en lo que muchos analistas consideran la antesala de una posible operación militar.
La eventual incorporación de estos sistemas reforzaría significativamente la capacidad iraní para atacar buques y alterar el equilibrio estratégico regional. Sin embargo, lejos de consolidar la disuasión, podría producir el efecto inverso: acelerar una ofensiva estadounidense o israelí antes de que ese armamento, en caso de concretarse la venta, entre plenamente en funcionamiento.
La conducta estratégica del régimen iraní responde a un patrón conocido. Desde hace décadas combina negociaciones diplomáticas con avances militares sostenidos: dialoga mientras gana tiempo. Se trata del mismo modelo aplicado por Corea del Norte, que utilizó sucesivas rondas de negociación para demorar sanciones internacionales hasta alcanzar finalmente capacidad nuclear operativa.
China, por su parte, actúa guiada por un cálculo estrictamente geopolítico. Su prioridad estratégica continúa siendo Taiwán y el Indo-Pacífico, no Medio Oriente. Pekín busca erosionar la influencia estadounidense sin exponerse a una confrontación directa, aun cuando ello implique fortalecer militarmente a un régimen ideológicamente radical.
Esta contradicción no es nueva. Ya en 2011 escribí que, mientras China enfrentaba en su propia región de Xinjiang el avance del extremismo islamista entrenado y financiado desde ámbitos vinculados a Pakistán, simultáneamente profundizaba su cooperación militar y estratégica con países del mundo islámico cuyos intereses no necesariamente convergen con su propia seguridad interna.
Medio Oriente, sin embargo, rara vez concede tiempo ilimitado. Cada avance misilístico iraní reduce el margen de espera de quienes consideran que impedir su consolidación militar constituye una necesidad estratégica antes que una opción política.
La cuestión ya no parece centrarse en si habrá confrontación, sino en determinar si transferencias militares como la actualmente negociada entre Pekín y Teherán terminarán adelantando el momento en que esa confrontación resulte inevitable.
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