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miércoles 03 de junio de 2026
El político británico Jeremy Corbyn

Rubén Kaplan / Jeremy Corbyn, el laborismo británico y el retorno del libelo antijudío

Las recientes declaraciones del ex líder del Partido Laborista británico, Jeremy Corbyn,  en las que se reiteran acusaciones contra Israel vinculadas a la supuesta extracción de órganos de palestinos, no constituyen una crítica política más dentro del debate internacional sobre Medio Oriente. Tales imputaciones reintroducen en el discurso contemporáneo uno de los motivos más antiguos y persistentes del antisemitismo: el libelo que presenta a los judíos como profanadores de cuerpos ajenos y amenaza moral para otras sociedades.  

Formuladas bajo terminología moderna y revestidas de lenguaje humanitario, estas acusaciones reproducen una estructura narrativa conocida. Durante siglos, el antisemitismo europeo difundió la creencia de que los judíos utilizaban cuerpos no judíos con fines rituales o perversos. En la actualidad, ese mismo imaginario reaparece trasladado al Estado de Israel, acusado ahora de prácticas médicas clandestinas contra palestinos hombres y mujeres. El vocabulario ha cambiado; el arquetipo permanece.

Que semejante libelo sea reiterado por quien condujo una de las principales fuerzas democráticas de Europa no constituye un hecho menor. La prédica política de Corbyn contra Israel ha sido constante y sostenida, basada en una visión que tiende a negar legitimidad moral al Estado judío mientras relativiza o contextualiza la violencia dirigida contra ciudadanos israelíes. Estas posiciones no responden a episodios aislados, sino que reflejan una evolución ideológica más profunda dentro del propio laborismo británico.

Para comprender cómo este tipo de discurso alcanzó legitimidad institucional resulta necesario retroceder a antecedentes previos dentro del partido. Años antes del ascenso de Corbyn, el ex alcalde de Londres y también dirigente laborista Ken Livingstone había anticipado esa deriva mediante una convergencia política cada vez más explícita entre sectores de la izquierda británica y el islamismo político.

Durante su campaña electoral, Livingstone prometió convertir a Londres en “un faro para el Islam”, declaración formulada en el contexto de su participación en actividades vinculadas a la mezquita de Finsbury Park, institución asociada entonces a dirigentes y organizaciones cercanas al extremismo islamista. Aquella afirmación no constituyó una simple apelación electoral dirigida a una minoría religiosa, sino la expresión de una estrategia política más amplia: la construcción de una alianza entre sectores de la izquierda radical europea y movimientos islamistas unidos por una narrativa común de oposición a Occidente liberal y, progresivamente, al Estado de Israel.

Ya en 2012 advertí que esta convergencia entre la extrema izquierda europea y el islamismo político no respondía a coincidencias tácticas circunstanciales, sino a una afinidad ideológica estructural. La posterior consolidación del liderazgo de Corbyn confirmó esa tendencia: el antisemitismo dejó de manifestarse como exceso retórico individual para adquirir una tolerancia creciente dentro de una fuerza política con aspiraciones reales de gobierno.

En ese marco adquiere pleno significado la participación de Corbyn en la ceremonia realizada en Túnez en 2014. Allí, el entonces dirigente laborista sostuvo una corona floral en un cementerio donde se encuentran enterrados miembros de Septiembre Negro, responsables de la Masacre de Munich de 1972, en la que atletas israelíes fueron asesinados por el solo hecho de ser israelíes. Lejos de constituir un gesto ambiguo, aquel episodio expresó la coherencia de una cosmovisión política en la cual el terrorismo contra judíos puede ser reinterpretado dentro de categorías de resistencia política.

La Masacre de Múnich marcó uno de los momentos fundacionales del terrorismo internacional contemporáneo. Sin embargo, ya entonces sectores de la izquierda occidental optaron por contextualizar el crimen antes que condenarlo sin reservas. Medio siglo después, esa misma lógica reaparece cuando la violencia contra judíos es explicada mientras la autodefensa israelí es presentada como un crimen excepcional.

El recorrido que une el libelo contemporáneo contra Israel, la prédica política de Corbyn y los antecedentes representados por Livingstone revela una continuidad inquietante: el antisemitismo no desaparece, sino que muta. Abandona el lenguaje racial del pasado, adopta causas aparentemente emancipadoras y se reviste de legitimidad moral moderna, pero conserva intacta su esencia fundamental: la tendencia a situar al judío —individual o colectivo— fuera del derecho común reconocido a los demás pueblos.

El problema, en definitiva, no reside únicamente en Jeremy Corbyn ni en episodios individuales dentro del laborismo británico. Lo verdaderamente inquietante es que acusaciones que durante siglos sirvieron para perseguir y asesinar judíos reaparezcan hoy formuladas en nombre de los derechos humanos y pronunciadas desde tribunas democráticas.

Cuando el antiguo libelo vuelve a circular como denuncia moral legítima, no estamos ante una crítica política a Israel, sino ante la persistencia de una judeofobia que ha aprendido a hablar el lenguaje de nuestro tiempo.

Porque el antisemitismo nunca desaparece: simplemente espera la época adecuada para cambiar de nombre.

Rubén Kaplan
Periodista y escritor.

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