Cuando en diciembre de 2019 comenzaron a difundirse las primeras noticias sobre un virus desconocido en la ciudad china de Wuhan, gran parte del mundo observó el fenómeno con una mezcla de curiosidad y distancia. Parecía tratarse de un problema local, circunscrito a una región lejana. Sin embargo, en pocos meses aquella crisis sanitaria se transformó en una catástrofe global que dejó más de siete millones de muertos directos, cifra que probablemente aumente si se consideran las consecuencias indirectas sobre otras patologías provocadas por la pandemia.
La pandemia dejó una enseñanza que aún no ha sido plenamente internalizada: las amenazas que parecen regionales pueden adquirir rápidamente una dimensión planetaria cuando no se comprenden a tiempo su naturaleza y alcance.
Algo similar ocurre hoy con la República Islámica de Irán y Occidente.
Para amplios sectores de la opinión pública occidental, el régimen teocrático de Teherán continúa siendo percibido como un actor conflictivo, pero esencialmente limitado al escenario de confrontaciones en Medio Oriente. Sin embargo, su carácter ideológico, su fanatismo religioso, su red de organizaciones armadas y su estrategia de proyección confesional y política sugieren un desafío de alcance mucho más amplio que el regional.
Desde la revolución islámica de 1979, Irán ha impulsado una política sistemática de confrontación con Estados Unidos e Israel. Esta postura no se ha limitado al plano discursivo: se ha materializado en el financiamiento, entrenamiento y armamento de organizaciones terroristas como Hamas y Hezbollah, a las que en los últimos años se han sumado los hutíes en Yemen, configurando una arquitectura de poder indirecto que trasciende fronteras nacionales.
El desarrollo del programa nuclear iraní introduce un factor cualitativamente distinto. En el caso de un régimen cuya legitimidad se apoya en fundamentos religiosos radicalizados y revolucionarios, la eventual posesión de armamento nuclear no puede analizarse únicamente bajo los parámetros clásicos del equilibrio estratégico. La reiterada amenaza de borrar a Israel del mapa revela una dimensión existencial del conflicto que excede las disputas territoriales convencionales.
La experiencia reciente demuestra que el mundo tiende a reaccionar tarde frente a amenazas que inicialmente parecen lejanas o contenidas. Así como el Covid-19 fue subestimado hasta que su expansión se volvió irreversible, el peligro que representa Irán corre el riesgo de ser interpretado como un problema regional hasta que sus consecuencias trascienden definitivamente ese marco.
Las pandemias revelan la fragilidad biológica del ser humano.
Los proyectos religiosos de dominación revelan, en cambio, la fragilidad moral y estratégica de las sociedades que no los enfrentan a tiempo.
El Covid-19 demostró que el mundo puede paralizarse por un virus invisible.
Pero la historia enseña que las sociedades no sucumben únicamente ante amenazas sanitarias o económicas, sino ante la incapacidad de reconocer la naturaleza de los desafíos que las amenazan.
Si Occidente vuelve a mirar hacia otro lado frente al carácter ideológico y expansivo del régimen iraní, la próxima crisis no será sanitaria ni económica.
Será una confrontación existencial cuyo desenlace definirá el futuro moral y político de Occidente.
Rubén Kaplan.
____________________________________________________________________________