La eventual ofensiva terrestre israelí en el sur del Líbano no constituye una reacción circunstancial ni una respuesta desproporcionada, como ya comienzan a sostener algunos sectores de la comunidad internacional. Es, por el contrario, la consecuencia lógica de una amenaza incubada durante años bajo la mirada indulgente —y en numerosos casos cómplice— de actores globales que prefirieron ignorar su evolución.
Fue recién cuando, conminado por Teherán, Hezbollah decidió incorporarse plenamente a la guerra contra Israel y Estados Unidos, que el hostigamiento contra el Estado judío adquirió una dimensión estratégica. Desde entonces, centenares de cohetes, misiles y drones comenzaron a lanzarse de manera sistemática desde territorio libanés contra el norte de Israel, obligando a miles de civiles a abandonar sus hogares y paralizando la vida económica y social de extensas zonas fronterizas.
Hezbollah no es una milicia irregular ni un mero movimiento político local. Es el principal brazo armado de la República Islámica de Irán en el Levante. La progresiva erosión de la soberanía libanesa permitió la consolidación de un ejército paralelo, armado y financiado por Teherán, con una autonomía operativa que en múltiples aspectos supera a la del propio Estado.
Durante años, la organización chiíta logró penetrar las instituciones del “país de los cedros” hasta obtener representación parlamentaria y participación gubernamental, sin renunciar en ningún momento a su naturaleza terrorista ni a su objetivo declarado de destruir a Israel. Esta anomalía estructural fue consentida —y en ocasiones legitimada— por sectores influyentes de la comunidad internacional que privilegiaron una estabilidad aparente antes que enfrentar una amenaza real.
La incuria —cuando no la impotencia— de las autoridades libanesas permitió la consolidación de una estructura militar capaz de amenazar a miles o decenas de miles de civiles israelíes. Durante demasiado tiempo, esta distorsión fue minimizada o relativizada en ámbitos diplomáticos y políticos internacionales.
La propia Unión Europea, que durante años evitó incluir a Hezbollah en su lista completa de organizaciones terroristas, contribuyó a esa ambigüedad táctica. Recién en 2013, tras el atentado contra turistas israelíes en Burgas, Bulgaria, decidió clasificar como terrorista únicamente a su ala militar, una distinción artificiosa que en la práctica legitimó su expansión política mientras toleraba su acción armada.
La experiencia histórica demuestra que las intimidaciones ignoradas no se disipan: se consolidan hasta volverse inevitables. La acumulación de armamento en zonas civiles, la utilización sistemática de escudos humanos y la transformación del sur del Líbano en una plataforma de agresión contra Israel fueron señales inequívocas que el mundo eligió no interpretar en su real dimensión.
Hoy, frente a una amenaza que compromete la seguridad inmediata de su población, Israel se siente obligado a actuar. La invasión terrestre destinada a desmantelar la infraestructura militar de Hezbollah y a empujar su capacidad operativa más allá del río Litani —límite estratégico histórico en la frontera norte israelí— no responde a una lógica expansiva ni a un impulso punitivo, sino a la necesidad de proteger a sus ciudadanos.
La operación implica riesgos y, probablemente, la pérdida de vidas de soldados israelíes. Sin embargo, para el liderazgo israelí el dilema es inequívoco: tolerar el fuego permanente sobre su territorio o asumir el costo de neutralizar definitivamente a la organización que perpetra la agresión.
El Líbano, convertido de hecho en rehén de Hezbollah, pagará también las consecuencias —como ya ocurrió en 2006— de haber permitido que una fuerza armada subordinada a intereses extranjeros condicionara su destino nacional.
La comunidad internacional, que durante años relativizó la naturaleza del grupo chiíta, se verá ahora confrontada con una realidad que ya no admite eufemismos ni dilaciones.
La invasión terrestre israelí no es el origen de la crisis.
Es el resultado de haberla tolerado durante demasiado tiempo.
Rubén Kaplan.
Periodista y escritor
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