Durante años, Hezbollah procuró presentarse ante el mundo árabe y buena parte de Occidente como una fuerza de “resistencia” frente a Israel. Sin embargo, los acontecimientos recientes vuelven a mostrar una realidad muy distinta: el principal desafío que enfrenta hoy el Líbano no proviene de amenazas externas, sino de un grupo terrorista fuertemente armado que condiciona al propio Estado desde adentro.
En las últimas semanas, mientras avanzaban contactos diplomáticos entre Beirut e Israel, dirigentes y voceros vinculados a Hezbollah intensificaron una campaña de amenazas contra el presidente libanés Joseph Aoun y contra miembros de su gobierno. Las acusaciones de traición, colaboración con enemigos extranjeros y sometimiento a intereses ajenos no fueron simples excesos verbales: constituyen una forma de intimidación política dirigida a impedir decisiones soberanas del Estado libanés.
La gravedad aumenta cuando esos mismos sectores declaran que no reconocerán las decisiones oficiales sobre negociaciones con Israel ni sobre el destino del arsenal militar de Hezbollah. En otras palabras, admiten públicamente que existe en el país un poder paralelo, armado y autónomo, dispuesto a desconocer a las instituciones cuando estas no responden a sus intereses.
No se trata de un episodio aislado. El Líbano arrastra desde hace años una profunda crisis económica, institucional y social, agravada por la existencia de actores que operan por fuera del monopolio estatal de la fuerza. Ninguna democracia puede consolidarse plenamente mientras Hezbollah conserve capacidad militar propia y derecho de veto sobre la política nacional.
A ello se suma otro dato revelador: mientras las autoridades libanesas intentan abrir canales diplomáticos y evitar una nueva devastación, la organización terrorista continúa generando tensión militar en la frontera norte de Israel, exponiendo nuevamente al país a represalias y destrucción. Recientemente, fuerzas israelíes informaron la destrucción de un complejo de túneles de Hezbollah en el sur del Líbano, con depósitos de armas y accesos a lanzadores de cohetes. El costo de esas decisiones no lo pagan sus dirigentes, sino la población libanesa.
En ese contexto, también cobra relevancia la iniciativa impulsada por Estados Unidos para promover un eventual encuentro entre Joseph Aoun y el primer ministro israelí Benjamin Netanyahu, bajo la premisa de que un avance político podría facilitar una retirada israelí del sur del Líbano. La sola posibilidad de ese diálogo demuestra que existen alternativas diplomáticas abiertas, y que quienes más las resisten son los sectores armados que viven de la confrontación permanente.
Detrás de esta dinámica aparece además la influencia de Irán, cuyo respaldo político, financiero y militar a Hezbollah convierte al Líbano en escenario de disputas regionales ajenas a sus verdaderas necesidades. Un país con enorme potencial humano y cultural permanece así atrapado entre la fragilidad interna y agendas externas.
Conviene decirlo con claridad: defender la soberanía libanesa hoy implica también defender al Líbano del tutelaje de Hezbollah. No puede haber Estado pleno donde una milicia decide la guerra, desafía al gobierno y amenaza a sus autoridades.
Si el Líbano desea recuperar estabilidad, reconstrucción y futuro, deberá resolver una contradicción esencial: ningún país puede ser verdaderamente libre mientras convivan en su territorio poderes enfrentados, estrategias opuestas y ejércitos paralelos.
Rubén Kaplan
Periodista y escritor
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