El ataque lanzado por Hezbolá contra el norte de Israel confirma un escenario largamente anticipado: la apertura de un nuevo frente militar coordinado dentro del eje estratégico impulsado por la República Islámica de Irán contra el Estado judío.
El lanzamiento masivo de cohetes y misiles desde territorio libanés provocó inmediatamente la respuesta de las Fuerzas de Defensa de Israel, que atacaron posiciones operativas del grupo chiita en el sur del Líbano y en áreas estratégicas vinculadas a su infraestructura militar. Paralelamente, Israel ordenó evacuaciones preventivas en zonas fronterizas mientras sus mandos militares evalúan la posibilidad de una operación terrestre destinada a neutralizar la creciente amenaza.
La escalada coloca nuevamente al Líbano al borde de una devastación similar a la sufrida en conflictos anteriores, una perspectiva que el propio primer ministro libanés Najib Mikati intenta evitar, al condenar las acciones de Hezbolá y advertir que el país no desea ser arrastrado a una guerra regional que no controla. No obstante, el grupo terrorista continúa operando como un ejército paralelo, capaz de decidir unilateralmente la guerra y la paz, transformando nuevamente al País de los Cedros en rehén de una organización armada que responde a intereses ajenos a la nación libanesa.
El gobierno libanés, había reiterado en múltiples oportunidades su compromiso de avanzar hacia el desarme de Hezbollah, condición indispensable para preservar la soberanía del Estado y evitar que el país fuese inducido a una nueva guerra. Sin embargo, el monopolio legítimo de la fuerza nunca volvió a manos del Estado.
Durante años advertí que el movimiento armado, financiado y dirigido estratégicamente por Irán, no era un actor político convencional sino una estructura militar paralela incrustada dentro de un Estado soberano. Sin embargo, gran parte de Europa persistió en sostener la ficción diplomática de considerar a Hezbolá un interlocutor legítimo por su participación parlamentaria.
Hoy los misiles lanzados contra ciudades israelíes desmienten definitivamente esa narrativa.
La realidad política libanesa vuelve a imponerse: Hezbolá actúa como un ejército autónomo dentro del Estado, con capacidad militar propia, financiamiento externo iraní y poder suficiente para decidir unilateralmente la guerra y la paz, ignorando los compromisos asumidos por el gobierno libanés ante la comunidad internacional respecto al desarme de las milicias.
Desde hace décadas, el grupo funciona simultáneamente como organización política, estructura paramilitar y brazo operativo de Teherán en el Mediterráneo oriental. Su arsenal —que incluye decenas de miles de misiles y sistemas avanzados transferidos directa o indirectamente por Irán— convierte al sur del Líbano en una plataforma permanente de amenaza contra la población civil israelí.
La metodología operativa de Hezbolá agrava aún más el escenario. Diversas evidencias acumuladas a lo largo de los conflictos anteriores demostraron que el grupo instalaba depósitos de armas, lanzaderas de cohetes y centros de comando en zonas densamente pobladas, utilizando deliberadamente a civiles como escudos humanos. Entre los casos más estremecedores documentados se encuentra el emplazamiento de armamento en instalaciones destinadas a niños con discapacidad mental en localidades del sur libanés, exponiendo conscientemente a los sectores más vulnerables a las consecuencias inevitables del combate.
Esta estrategia persigue un doble objetivo: dificultar la respuesta militar israelí y explotar propagandísticamente las víctimas civiles resultantes, trasladando la responsabilidad política y mediática hacia Israel mientras se oculta el origen real del peligro.
El actual enfrentamiento no puede analizarse como un episodio aislado. Se inscribe en la confrontación regional más amplia impulsada por Irán mediante su red de organizaciones proxy —Hezboláen el Líbano, Hamas en Gaza y otras milicias alineadas— destinadas a rodear estratégicamente a Israel y desgastarlo mediante conflictos simultáneos.
La apertura del frente norte demuestra que la guerra dejó de ser localizada. Hezbollah no actúa en función de intereses libaneses, sino como parte de una arquitectura militar regional cuyo centro decisorio se encuentra en Teherán.
Mientras el gobierno libanés intenta evitar el colapso nacional y la comunidad internacional vuelve a emitir llamados a la moderación, los hechos revelan una constante repetida: cuando Hezbolá decide atacar, el Estado libanés pierde el control de su propio territorio.
El riesgo inmediato es que la actual escalada derive en una operación terrestre israelí destinada a eliminar la amenaza en la frontera norte, escenario que transformaría el conflicto en una guerra abierta de consecuencias imprevisibles para toda la región.
Una vez más, el destino del Líbano parece quedar subordinado a una organización terrorista armada que, en nombre de la “resistencia”, decide el futuro de millones de personas sin asumir el costo político ni humano de sus decisiones.
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