¿Puede una sociedad destruirse a sí misma… por ser demasiado empática?
El psicólogo evolutivo Gad Saad utiliza un término provocador para describir este fenómeno: “suicidal empathy”.
La idea es simple pero pero dura como puñetazo a la cara:
cuando la compasión se vuelve tan intensa que deja de distinguir entre víctima y agresor, una sociedad puede terminar tomando decisiones que ponen en riesgo su propia seguridad.
Y hoy, en medio del conflicto entre Israel, Irán y Hezbolá, este concepto está siendo discutido más que nunca.
Desde hace meses, la tensión en Medio Oriente ha escalado peligrosamente.
Israel enfrenta amenazas simultáneas de:
Hamás en Gaza, Hezbolá en el Líbano
y el respaldo estratégico de la República Islámica de Iran.
Hezbolá posee hoy uno de los arsenales de misiles más grandes del mundo en manos de un actor no estatal.
Se estima que dispone de más de 150 mil cohetes apuntando a Israel.
Y mientras tanto, Irán continúa expandiendo su red de milicias regionales.
Para muchos analistas de seguridad:
una guerra regional ya no es una hipótesis lejana.
Pero mientras la amenaza militar crece, el debate global se ha desplazado hacia otro eje: la narrativa moral del conflicto.
En los últimos meses hemos visto manifestaciones en universidades, presión diplomática internacional y declaraciones de figuras públicas.
Uno de los ejemplos más comentados ocurrió en la última ceremonia de los Academy Awards.
Ahí, el actor español Javier Bardem expresó públicamente su apoyo a la causa palestina y criticó duramente la operación militar israelí en Gaza.
Sus palabras generaron una ola de aplausos… y también fuertes críticas.
Para algunos, Bardem estaba dando voz al sufrimiento civil.
Para otros, su discurso ignoraba el contexto del ataque inicial perpetrado por Hamás en el 7 de octubre.
Ese ataque fue uno de los más brutales en la historia moderna de Israel.
¿Puede la empatía internacional hacia una población civil terminar fortaleciendo indirectamente a organizaciones armadas que operan entre civiles?
Esta es precisamente la preocupación que plantean quienes hablan de “suicidal empathy”.
El argumento es que cuando la presión internacional se concentra exclusivamente en limitar la respuesta militar de un país atacado, el incentivo estratégico para los grupos armados puede aumentar.
En otras palabras:
si esconderse detrás de civiles garantiza protección política internacional…entonces esa táctica se vuelve aún más atractiva.
Además, el conflicto no es solo local.
Irán ha construido durante décadas lo que los analistas llaman el “anillo de fuego” alrededor de Israel.
Este incluye:
Hezbolá en el Líbano
milicias chiitas en Siria
grupos armados en Irak
y el apoyo directo a Hamás.
Desde la perspectiva estratégica israelí, el objetivo final de Teherán es claro:
rodear militarmente a Israel con fuerzas proxy.
Por eso, en Jerusalén muchos ven la presión internacional no solo como crítica política…
sino como una variable que puede alterar el equilibrio de disuasión regional.
Esto no significa que el sufrimiento civil no importe.
Al contrario.
Toda guerra genera tragedias humanas.
Pero los estrategas de seguridad indican que no hay que ser moralmente selectivos:
¿Dónde está la línea entre empatía legítima y empatía que termina distorsionando la realidad estratégica del conflicto?
Porque en un mundo donde actores como Irán, Hezbolá o Hamas utilizan la guerra híbrida y la propaganda global…
la batalla ya no ocurre solo en el campo militar.
También se libra en la percepción moral del mundo.
Y en esa batalla, la narrativa puede ser tan poderosa como los misiles.
Tal vez por eso el concepto de “suicidal empathy” está generando tanto debate.
No porque niegue la compasión.
Sino porque plantea una advertencia:
una sociedad puede perder la capacidad de defenderse… si deja de distinguir claramente entre agresión y autodefensa.
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