La eliminación selectiva de figuras clave del régimen iraní no constituye una sucesión de golpes tácticos aislados, sino la manifestación visible de una guerra estructural contra el islam político en su expresión estatal más radicalizada. Israel no se enfrenta únicamente a un adversario militar, sino a una cosmovisión revolucionaria que ha elevado la violencia ideológica a principio rector de poder, legitimación y expansión.
La eliminación del ayatolá Ali Jamenei marcó un punto de inflexión decisivo. Con ella se inauguró una fase destinada a desarticular el núcleo de conducción teocrática del régimen, dejando al descubierto la fragilidad de un sistema sostenido por el miedo interno, la manipulación religiosa y la proyección armada hacia el exterior.
La neutralización de estas figuras no responde a la lógica convencional de los conflictos interestatales. Es el resultado de una doctrina que combina dos vectores de poder decisivos: la penetración operativa del Mossad —cuya capacidad de infiltración ha redefinido los parámetros contemporáneos de la inteligencia estratégica— y la precisión quirúrgica de la aviación israelí, capaz de proyectar fuerza a gran distancia con un grado de selectividad sin precedentes en la historia militar moderna.
Israel ha optado por una estrategia de anticipación activa, fundada en una premisa histórica constante: impedir que la acumulación de amenazas alcance un punto de irreversibilidad. Esta forma de confrontación redefine la guerra contemporánea, desplazando su eje desde la ocupación territorial hacia la neutralización del mando ideológico y de los centros de decisión que alimentan proyectos de expansión y destrucción.
Entre los nuevos eliminados se encuentra Ali Larijani. La caída del líder supremo no dio lugar a una transición ordenada, sino a una silenciosa disputa por el control del aparato estratégico del Estado. En ese contexto, Larijani —durante años una de las figuras más influyentes del entramado político-securitario iraní— emergió como coordinador de facto de los mecanismos de poder del régimen, participando simultáneamente en la represión interna y en la conducción de sus operaciones regionales e internacionales.
En esa misma secuencia se inscribe la eliminación del comandante de la fuerza paramilitar Basij, Gholamreza Soleimani, figura emblemática del aparato represivo del régimen, cuyas campañas sistemáticas de coerción interna dejaron decenas de miles de víctimas entre la propia población iraní. La acción israelí no se limita a neutralizar estructuras militares, sino que apunta a los dispositivos ideológicos y restrictivos que permiten al islam político perpetuar su dominio mediante el terror.
También forma parte de esta fase la incertidumbre que rodea el destino de Mojtaba Jamenei, designado sucesor en circunstancias opacas y ausente del escenario público desde entonces. La opacidad en torno a su figura expone la vulnerabilidad intrínseca de una arquitectura de poder basada más en lealtades personales que en legitimidad institucional.
La decapitación progresiva del liderazgo iraní no clausura el conflicto: lo transforma en una confrontación de naturaleza histórica. No se trata ya de fronteras, territorios o equilibrios regionales, sino de la supervivencia de modelos antagónicos de civilización. Para el Estado judío, la lección es inequívoca y ha sido escrita con la tinta indeleble de su propia experiencia: cuando la violencia se sacraliza como proyecto de exterminio, resistir deja de ser una opción estratégica para convertirse en la preservación de su propia vida.
Rubén Kaplan
Periodista y escritor
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