El 3 de enero de 2020, el general iraní Qassem Soleimani fue eliminado en el aeropuerto de Bagdad por órdenes del presidente Donald Trump. ¿Cuál era el interés del presidente estadounidense en dejar fuera de combate al que por entonces era el militar más poderoso en Irán?
IRVING GATELL EN EXCLUSIVA PARA ENLACE
Aquella agresiva medida tomada por Trump no parecía tener sentido. No había un contexto particular de guerra o tensión entre Estados Unidos e Irán que justificara una acción tan radical como eliminar al máximo líder militar iraní, el segundo hombre más poderoso del país sólo por debajo del ayatola Alí Khamenei.
Eso, por supuesto, era lo aparente. Debajo del agua había muchas cosas en juego, y muchos asuntos pendientes entre los dos países y, hasta donde se puede deducir, entre Trump y Soleimani.
La actual guerra en Irán es la fase final de una partida de ajedrez político que lleva muchos años jugándose. Digamos que desde el primer período presidencial de Trump. Y es que Soleimani no fue un general cualquiera. En resumen, fue el genio que armó el plan de ataque iraní para poder anular a los Estados Unidos en caso de una guerra en el Medio Oriente.
¿Y de qué guerra estaríamos hablando? De una muy similar a la que hoy estamos viendo. La diferencia es que el plan original iraní era que esa confrontación tenía que darse en Israel, y el país que tenía que quedar rodeado y asediado por múltiples enemigos era Israel. ¿Objetivo? Ya se sabe: Su destrucción total.
Mientras Israel se mantuviese como un aliado fundamental para los Estados Unidos, destruirlo no sería sencillo. Había entonces que garantizar que, llegado el momento de la guerra, tanto norteamérica como Europa se quedaran pasmados sin tomar medidas relevantes para participar en el conflicto. Ahí fue donde Soleimani se destacó como un visionario que, entendiendo que Irán no tenía capacidad para enfrentarse directamente al poderío militar estadounidense, diseñó otro tipo de estrategias de las que los Estados Unidos no podrían defenderse tan fácilmente.
Ya se sabe que Hezbollá fue el medio iraní para establecer vínculos y alianzas con los grupos del crimen organizado en América Latina, principalmente con los cárteles del narcotráfico.
¿Qué interés en común podían tener? No se trataba de una cuestión ideológica, pues Hezbollá siempre fue un grupo chiíta fundamentalista, algo del todo ajeno a la idiosincrasia latinoamericana. Sin embargo, había cosas en las que se podía colaborar, y la primera fue más que evidente: Lavado de dinero. Y, por supuesto, entrenamiento. Nadie mejor que los terroristas más peligrosos del mundo para capacitar a los delincuentes más poderosos de América.
Soleimani, evidentemente, vio algo más allá de esa simple conveniencia práctica. Se dio cuenta que a Europa, ya desde los años 90’s, le ocurría un fenómeno muy singular con las nuevas olas de inmigrantes asiáticos y africanos protegidos por la nueva moda del multiculturalismo: Se les estaba “respetando” demasiado, por lo que se les permitía construir verdaderos guetos fuera del control de las autoridades europeas. Eso, potencialmente, podía convertirse en un hervidero de fundamentalismo islámico. Además, las tasas de natalidad europeas iban en decadencia, por lo que sólo era cuestión de tener un poco de paciencia para que estas comunidades islámicas se convirtieran en un factor demográfico importante. Y, más allá de lo demográfico, estaba lo electoral. Europa no se estaba dando cuenta del suicidio que estaba cometiendo, pero todo apunta a que Soleimani sí lo vio venir.
Había otro detalle más que estaba abonando en la decadencia, esta vez no sólo de Europa, sino de todo occidente: El auge de la filosofía posmoderna en las aulas universitarias. Esta tendencia ideológica —cuya influencia había comenzado a resentirse desde los años 60’s— apelaba de un modo bastante visceral a una sistemática crítica y condena de todo lo que fuese occidental.
El tema no le resultaba ajeno a Soleimani ni a cualquier líder iraní. A fin de cuentas, el gran apologeta de la revolución islámica en Irán fue Michel Foucault, uno de los pilares del posmodernismo filosófico. Incluso fue quien le vendió la idea —especialmente a los franceses— de que el despiadado ayatola Ruhollah Jomeini no tenía la intención de imponer una teocracia, y que la revolución iraní se convertiría en el modelo mundial de resistencia contra el imperio estadounidense.
Las piezas ya estaban dadas. Sólo había que armar el rompecabezas, y para ello era necesario un genio que tuviera la visión y las agallas para echar a andar el plan.
Soleimani fue ese líder que integró en un solo proyecto al narcotráfico latinoamericano, la causa palestina, la filosofía posmoderna, y el impacto mediático de Al-Jazeera en un solo entramado destinado a debilitar a occidente hasta ponerlo de rodillas.
Al-Jazeera tenía que encargarse de difundir la propaganda yijaidista y normalizarla en los medios periodísticos occidentales. Eso se logró, prácticamente sin problemas. La prensa europea y estadounidense se rindió demasiado fácil.
La filosofía posmoderna tenía que fortalecerse en las aulas universitarias occidentales para crear una nueva generación de políticos convencidos de que las sociedades libres capitalistas eran una aberración, y que había que combatirlas en nombre de la justicia hacia los descendientes de las víctimas de varios siglos de colonialismo europeo. El dinero iraní y especialmente qatarí se encargó de ello.
La causa palestina, apoyada desde la propaganda y el posmodernismo, tenía que convertir al sionismo en el nuevo gran enemigo de la humanidad. El objetivo era deslegitimar al Estado de Israel al punto de no sólo hacer razonable, sino incluso deseable y hasta urgente, su destrucción. Este objetivo se logró parcialmente.
Finalmente, el narcotráfico latinoamericano tenía que convertirse en la herramienta de infiltración para que, revueltos entre los inmigrantes latinos ansiosos de encontrar una mejor calidad de vida en los Estados Unidos, pudiesen ingresar a ese país delincuentes, pandilleros, terroristas y activistas que crearan condiciones similares a las que los yijaidistas ya estaban creando en Europa: Redes subversivas que llegaran al punto de poder provocar disturbios internos en los Estados Unidos que, en caso de un conflicto directo con Irán —o, más bien, cuando llegara el momento del conflicto directo con Irán— crearan la suficiente inestabilidad como para que los Estados Unidos no se comprometieran a defender a Israel.
En 2020 todavía faltaba mucho para que el conflicto principal estallara, y es probable que este haya estallado prematuramente —en un momento en que todo el entramado iraní todavía no estaba listo— cuando Yahia Sinwar ordenó el ataque terrorista del 7 de octubre de 2023. De todos modos, para ese momento en el que iniciaba el último año del primer gobierno de Trump, Soleimani ya había recorrido un gran trecho en el objetivo de adelantar los planes para destruir a occidente.
¿Qué tan agudo debió ser el conflicto entre Soleimani y Trump, aun entre bambalinas? Este fue un tema del que nunca se habló en esos tiempos, pero que se saldó con la eliminación del general iraní (que no tiene ningún sentido, salvo que admitamos que la confrontación ya existía).
La facilidad con la que Trump ha reacomodado al mundo entero —siempre en detrimento de Irán— apenas en un año de gobierno no es normal. Tantos éxitos no habrían sido posibles si no se hubiera preparado algo —o no nada más algo, sino muchas cosas— desde el primer período presidencial de Trump.
La eliminación de Soleimani no fue una acción aislada. Fue parte de un conflicto real, aunque clandestino, que en su momento prácticamente nadie alcanzó a percibir. Sin embargo, sus consecuencias las estamos viendo ahora y en tiempo real.
¿Qué es lo que quería Soleimani? ¿Cuál fue su sueño dorado? La guerra iba a llegar, tarde o temprano. Lo que estamos viendo momento a momento en las noticias era inevitable, y todos los líderes iraníes, estadounidenses e israelíes lo sabían.
El sueño de Qassem Soleimani era que, llegados a este punto, los Estados Unidos reaccionaran exactamente igual a como está reaccionando Europa: Con miedo, lentos, cobardes, anulándose a sí mismos, abandonando sus antiguas alianzas y prefiriendo quedarse sentados en un rincón de la historia como patéticos observadores que se saben incapaces de hacer nada.
El plan funcionó en Europa. Soleimani supo sacarle provecho a fenómenos orgánicos que tenían vida propia y no necesitaban complots iraníes —como la migración asiática y africana, o las tonterías universitarias basadas en la filosofía francesa—, y llegado el momento de la gran crisis, la Unión Europea y la OTAN no tardaron nada en evidenciar su debilidad y su cobardía.
Pero ese mismo plan no funcionó con Estados Unidos —salvo en los sectores radicales de izquierda del Partido Demócrata—, y menos aun con Israel.
Hace seis años que Soleimani fue eliminado, y su legado está siendo despedazado con cada bombardeo en Irán. Su lucha ha terminado, ha fracasado.
Pero qué cerca estuvo de tener éxito. Soleimani tuvo la lucidez suficiente para ver cómo Europa estaba suicidándose, y quiso crear las condiciones para que pasara lo mismo en Estados Unidos.
¿Habría tenido éxito?
No sabemos. Su plan y su vida misma quedaron truncados porque se topó con otra persona que también tuvo la lucidez de darse cuenta de lo que estaba pasando, y que se propuso no permitirlo, con la ventaja adicional de ser el hombre más poderoso del mundo.
El presidente Donald Trump.
Irán ha despertado del sueño de Soleimani, e Israel sigue allí, como dinosaurio de Monterroso.
Eso significa que el plan falló, y lo que sigue es el colapso del régimen.
____________________________________________________________________________
Las opiniones, creencias y puntos de vista expresados por el autor o la autora en los artículos de opinión, y los comentarios en los mismos, no reflejan necesariamente la postura o línea editorial de Enlace Judío. Reproducción autorizada con la mención siguiente: © EnlaceJudío






