Elad Zafrani / Europa no está fuera de esta guerra. Solo decidió no entenderla

Personas se apresuran a entrar en un refugio antibombas publico en Tel Aviv ante informes de misiles el 28 de febrero. (Credito de la foto: Erik Marmor/Getty Images)

Hay guerras que el mundo decide enfrentar. Y hay guerras que el mundo decide ignorar, incluso cuando las consecuencias ya están frente a sus ojos.

La guerra contra Irán pertenece a la segunda categoría.

Durante años, el régimen iraní construyó una red de poder basada en el terrorismo, la desestabilización regional y la amenaza constante. No era un secreto. No era una interpretación. Era una declaración abierta. Irán no solo hablaba de destruir a Israel: construía las herramientas para hacerlo posible.

Lo que estamos viendo hoy no es una escalada inesperada. Es el resultado directo de décadas de negación.

Porque mientras muchos en Occidente discutían acuerdos, matices y equilibrios diplomáticos, Irán avanzaba. Armaba milicias. Financiaba grupos. Expandía su influencia en Líbano, Siria, Irak y Yemen. Y lo hacía con una lógica clara: llevar la guerra a los civiles. 

Hoy, esa estrategia es imposible de negar.

En los últimos días, misiles iraníes han impactado zonas residenciales en Israel. Pero no solo ahí. Por primera vez, un ataque iraní mató civiles palestinos en Cisjordania: mujeres que estaban en un salón de belleza, lejos de cualquier objetivo militar. No eran combatientes. No eran parte del conflicto. Y sin embargo, murieron.

Ese mismo patrón se repite en toda la región. Irán ha atacado aeropuertos civiles, como en Dubái, afectando infraestructura crítica y transporte internacional. Ha lanzado drones y misiles contra puertos, instalaciones energéticas y zonas comerciales en el Golfo. En países como Omán, estos ataques han dejado muertos y heridos entre trabajadores civiles y tripulaciones marítimas. En Bahréin, misiles iraníes impactaron zonas urbanas, causando víctimas civiles y decenas de heridos.

No son incidentes aislados. Es una forma de hacer la guerra.

Pero hay algo que no aparece en los mapas militares.

No aparece en los reportes estratégicos.

Y, sin embargo, define esta guerra más que cualquier otra cosa.

El pueblo de Israel.

No sus líderes.

No su ejército.

Su gente.

Millones de civiles que viven con una rutina que el resto del mundo no puede imaginar.

Sirenas que suenan en medio de la noche.

En medio del trabajo.

En medio de una clase.

En medio de la vida.

Y en ese momento, no hay debate político.

No hay ideología.

Solo hay segundos.

Madres que toman a sus hijos y corren.

Niños que ya no preguntan qué hacer, porque lo aprendieron demasiado pronto.

Ancianos que caminan lo más rápido que pueden, sabiendo que cada segundo cuenta.

Refugios.

Búnkeres.

Habitaciones reforzadas.

Esa es la normalidad.

Porque los misiles no caen en bases militares.

Caen en casas.

Han impactado edificios residenciales.

Calles.

Barrios.

Personas que estaban en su sala.

En su cocina.

Durmiendo.

Y murieron.

No como parte de un enfrentamiento militar.

No como daño colateral en una operación contra un objetivo estratégico.

Murieron porque alguien decidió apuntar a una ciudad.

En esta guerra, todos los israelíes que han muerto por misiles iraníes han sido civiles.

Civiles que no tenían nada que ver con decisiones políticas.

Civiles que no estaban en el frente.

Civiles que simplemente estaban en casa.

Eso también es parte de esta historia.

La resiliencia.

Pero también la pérdida.

Porque detrás de cada sirena que suena,

hay una posibilidad real de que alguien no llegue a tiempo.

Y aun así,

al día siguiente,

la gente vuelve a salir.

Los niños vuelven a estudiar.

Las familias siguen viviendo.

No porque no tengan miedo.

Sino porque entienden algo que muchos en el mundo olvidaron:

que vivir,

también es una forma de resistencia.

Y sin embargo, cuando se observa la respuesta de Israel y Estados Unidos, aparece una diferencia que resulta incómoda para muchos.

Desde el inicio del conflicto, los ataques conjuntos han tenido un objetivo claro: degradar la capacidad militar del régimen iraní. Bases, depósitos de misiles, centros de comando. Más de 200 objetivos militares han sido alcanzados en territorio iraní como parte de esa estrategia.

Pero hay algo más que rara vez se menciona.

Estados Unidos no solo ha participado en ataques selectivos. Ha sido clave en evitar una guerra mucho más amplia.

A través de su presencia naval en el Golfo y el despliegue de sistemas de defensa, Washington ha contribuido directamente a interceptar misiles y drones que iban dirigidos a zonas civiles y rutas comerciales. Su rol no ha sido únicamente ofensivo, sino también preventivo.

Además, la coordinación entre Israel y Estados Unidos ha permitido compartir inteligencia en tiempo real, identificar amenazas antes de que se materialicen y reducir significativamente el alcance de los ataques iraníes.

No es solo una alianza militar.

Es una arquitectura de contención.

Y esa evaluación no es política.

Es inteligencia.

Esta misma semana, altos funcionarios de inteligencia de Estados Unidos advirtieron que Irán y sus proxies siguen siendo capaces de atacar directamente intereses estadounidenses y de sus aliados en la región. La comunidad de inteligencia ha dejado claro que, incluso debilitado, el régimen mantiene la capacidad —y la intención— de proyectar violencia más allá de sus fronteras.

Más aún, desde Washington se ha sido aún más explícito: el régimen iraní ha sido descrito como una amenaza directa para Estados Unidos, debido a su historial de terrorismo, su red de milicias y su desarrollo de capacidades militares estratégicas.

No es una interpretación.

Es una evaluación oficial.

Incluso dentro del propio territorio estadounidense, agencias de seguridad han advertido sobre el riesgo de ataques indirectos, desde ciberataques hasta posibles acciones de células vinculadas o inspiradas por Irán.

Es decir: esta guerra no está contenida.

Nunca lo estuvo.

Incluso en operaciones de gran escala, como ataques a infraestructura estratégica iraní, la participación estadounidense ha reforzado el enfoque de precisión: golpear capacidades, no poblaciones.

No se trata de una guerra limpia. Ninguna lo es. Pero sí se trata de una diferencia moral real: una parte apunta deliberadamente a centros civiles; la otra intenta neutralizar capacidades militares.

Esa diferencia debería ser el centro del debate internacional.

Pero no lo es.

En lugar de eso, el foco vuelve, una vez más, a Israel.

Y ahí es donde entra Europa.

Europa, que depende directamente de la estabilidad de Medio Oriente, ha decidido actuar como si esta guerra no fuera con ella. El Estrecho de Ormuz, por donde transita cerca del 20% del petróleo mundial, es una arteria vital para las economías europeas. Sin embargo, frente a una amenaza directa a esa ruta, la respuesta europea ha sido la inacción.

Y aquí aparece otra contradicción que rara vez se menciona.

Mientras Europa duda, es Estados Unidos quien asume el costo de mantener esa estabilidad.

Buques estadounidenses patrullan la zona. Sistemas de defensa protegen rutas comerciales. Operaciones navales garantizan que el flujo energético no se detenga.

Europa depende de esa estabilidad.

Pero no participa en sostenerla.

En una reciente cumbre, los líderes de la Unión Europea rechazaron participar en operaciones para asegurar la región, priorizando consideraciones políticas internas por encima de la seguridad estratégica. Al mismo tiempo, emiten declaraciones sobre la importancia de mantener abiertas esas rutas, como si las palabras fueran suficientes para protegerlas.

Europa sabe lo que está en juego. Pero actúa como si no fuera urgente.

Y en esa contradicción aparece una pregunta incómoda: ¿Europa no entiende esta guerra… o decidió no entenderla?

El caso de España es especialmente revelador.

En los últimos días, el gobierno español no solo rechazó participar en operaciones para proteger el Estrecho de Ormuz, sino que también calificó la ofensiva contra Irán como ilegal y limitó el uso de su territorio para acciones relacionadas con el conflicto.

La decisión no sería cuestionable si fuera consistente.

Pero no lo es.

Porque mientras España exige contención a Israel, evita confrontar con la misma claridad a un régimen que ataca civiles en múltiples países y que ha contribuido a conflictos con decenas de miles de muertos en la región en los últimos años.

No es neutralidad.

Es asimetría moral.

Y en ese vacío, nuevamente, otros actúan.

Israel en el frente.

Estados Unidos sosteniendo el equilibrio estratégico.

Y esa asimetría tiene consecuencias.

Porque esta no es solo una guerra entre Estados. Es una guerra sobre cómo se define la legitimidad de la defensa propia.

Israel no eligió este conflicto. Pero tampoco puede ignorarlo. Porque cuando un régimen invierte décadas en construir la capacidad de destruirte, la pasividad deja de ser una opción.

Estados Unidos entendió eso hace tiempo.

Porque para Washington, esto no es solo una crisis regional. Es una amenaza directa a su propia seguridad, reconocida por sus propios organismos de inteligencia y defensa.

Por eso no solo acompaña a Israel, sino que actúa como un factor de disuasión global. Su presencia envía un mensaje claro: hay límites que no pueden cruzarse sin consecuencias.

Europa todavía cree que sí la tiene.

Cree que puede observar sin involucrarse. Que puede condenar sin asumir costos. Que puede depender de la estabilidad de una región sin participar en su defensa.

La historia europea ya demostró, más de una vez, que esa lógica no funciona.

Esta guerra no empezó ahora. Y tampoco va a terminar pronto.

Pero hay algo que ya está claro.

Irán no está atacando solo a Israel.

Está probando los límites del mundo.

Y mientras algunos dudan,

otros actúan.

La pregunta ya no es qué está haciendo Irán.

La pregunta es cuánto tiempo más el mundo —y especialmente Europa— va a seguir actuando como si no fuera su problema.
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