En la liturgia judía cotidiana existe una frase de una severidad moral singular: Velamalshinim al tehi tikvá, cuya traducción aproximada es “para los delatores no haya esperanza”. No expresa un deseo de venganza, sino la conciencia histórica de que, en momentos de amenaza existencial, la traición interna puede resultar más devastadora que la agresión externa.
La acusación presentada por la fiscalía del Estado contra el ciudadano israelí y reservista Raz Cohen, integrante del sistema de defensa antimisiles Iron Dome, sospechado de haber transferido información sensible a operativos iraníes a cambio de dinero —incluyendo datos sobre la actividad del sistema defensivo y la ubicación de bases militares israelíes—, constituye un hecho de extrema gravedad. El caso fue descubierto y llevado ante la justicia tras una investigación conjunta de la unidad policial Lahav 433 y del Shin Bet, los principales organismos encargados de la lucha contra el espionaje y la infiltración enemiga. No se trata de un episodio aislado, sino de la manifestación de una estrategia sostenida del régimen iraní orientada a reclutar fuentes dentro de Israel mediante incentivos económicos, contactos establecidos a través de plataformas digitales y operaciones de inteligencia.
La particular abyección de esta traición se comprende mejor al considerar la naturaleza del sistema comprometido. El Iron Dome es una tecnología concebida para proteger a la población civil frente a ataques indiscriminados. Facilitar información sobre su funcionamiento equivale a poner en riesgo directo la vida de miles de personas. La gravedad moral de ese acto se vuelve aún más evidente cuando se lo contrasta con el sacrificio cotidiano de millares de soldados y reservistas que, en el mismo escenario histórico, arriesgan o entregan sus vidas en defensa de la seguridad nacional.
Este contraste revela una dimensión más profunda del conflicto. La guerra contemporánea no se libra únicamente mediante operaciones militares convencionales, sino también en el terreno de la inteligencia, la tecnología y la cohesión moral de las sociedades. La captación de ciudadanos mediante incentivos económicos forma parte de una lógica de guerra híbrida destinada a erosionar desde dentro la capacidad de resistencia de un Estado.
La confrontación entre Israel y el régimen iraní trasciende el plano estrictamente estratégico. Expone modelos antagónicos en la relación entre conocimiento, poder y vida humana. Mientras Israel ha orientado gran parte de su desarrollo científico, tecnológico y médico hacia la defensa de la vida y el progreso humano, el régimen iraní ha concentrado esfuerzos en la expansión de su programa nuclear y en el sostenimiento de estructuras armadas destinadas a la destrucción del Estado judío.
Las diferencias se manifiestan también en el ámbito jurídico y político. El Estado de Israel, incluso frente al terrorismo o la traición, ha mantenido una notable contención en la aplicación de la pena capital, ejecutada solo en el caso del criminal nazi Adolf Eichmann. En contraste, el régimen iraní ha recurrido de manera sistemática a ejecuciones públicas bajo la acusación de moharebeh —“enemistad contra Dios”—, una figura utilizada para eliminar opositores y manifestantes. Entre los ejecutados se encuentran jóvenes ciudadanos cuya única “culpa” fue desafiar al poder establecido.
La traición en tiempos de guerra existencial constituye, por tanto, algo más que un delito penal. Representa una fractura en el vínculo de responsabilidad colectiva que sostiene la supervivencia de una nación. En sociedades abiertas, la defensa frente a esa amenaza exige no solo mecanismos de seguridad eficaces, sino también una firme conciencia moral acerca de los límites que no pueden ser transgredidos sin comprometer el futuro común.
En los momentos decisivos de la historia, las naciones no sucumben únicamente por la fuerza de sus enemigos, sino por la debilidad moral de quienes traicionan desde dentro. La supervivencia de Israel no depende solo de su capacidad militar o tecnológica, sino de la fidelidad de sus ciudadanos al pacto invisible que sostiene su existencia.
Rubén Kaplan
Periodista y escritor
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