Poco se habla de ello, pero desde hace décadas existe un puente silencioso entre México e Israel; más de 300 médicos mexicanos no judíos han sido formados en instituciones médicas israelíes de alto nivel.
Uno de ellos es el doctor Javier Mejía Gómez, cuya historia encarna excelencia académica, así como transformación personal y cultural.
Hoy, desde Canadá, donde está por asumir la jefatura de oncología ginecológica en un hospital de Ontario, Javier mira atrás y afirma sin titubeos que nada de esto habría sido posible sin la oportunidad que le brindó Israel.
Originario de Monterrey y formado en la Universidad Autónoma de Nuevo León, Mejía creció en una familia de médicos marcada por una idea persistente, especializarse en Israel. Aquella visión, sembrada por su padre tras conocer a médicos mexicanos formados en el extranjero, terminó convirtiéndose en destino. Su hermano mayor fue el primero en dar el salto y Javier lo siguió poco después, sin imaginar que ese viaje redefiniría su vida.
El rigor del Hospital Hadassah
Durante seis años en Jerusalén, el joven médico enfrentó no solo uno de los sistemas de salud más exigentes del mundo, sino también un reto lingüístico radical, aprender hebreo desde cero. “Había días en los que no entendía nada”, recuerda. Sin embargo, el modelo israelí —directo, inmersivo y sin concesiones— lo obligó a adaptarse rápidamente. En cuestión de meses pasó de no poder comunicarse a redactar reportes médicos complejos.
Más allá del idioma, lo que marcó su formación fue la combinación de práctica clínica y cultura científica. En el Hospital Hadassah adquirió experiencia práctica de alto nivel, mientras que en la Universidad Hebrea de Jerusalén, institución vinculada históricamente a Albert Einstein, participó en investigación y firmó cerca de 30 artículos científicos, muchos como autor principal:
“Era normal estar involucrado en dos o tres proyectos al mismo tiempo. Esa cultura me abrió las puertas en Canadá”, explica Mejía.
Israel no solo le dio formación médica
Durante su residencia conoció a quien hoy es su esposa, una mujer israelí judía con la que ha construido una vida intercultural. Tienen tres hijos, educados en escuelas judías, en un hogar donde conviven el español, el hebreo y el ruso. Mejía abrazó profundamente la cultura judía; celebra Shabat, ayuna en Yom Kipur y participa activamente en las tradiciones: “Es una cultura que aprendí a amar”, afirma.
Uno de los aspectos que más impactó al médico mexicano fue el modelo de atención en Israel:
“En el hospital no había distinción entre pacientes: judíos, árabes, extranjeros o locales recibían el mismo trato, con los mismos recursos y bajo los mismos criterios médicos”, señala.
“Lo que importaba era el paciente, no su origen ni su capacidad de pago”, añade, en contraste con sistemas donde la calidad de atención puede depender del nivel económico.
Más allá de los titulares
Desde Canadá, Mejía observa con preocupación el aumento del antisemitismo y la percepción distorsionada de Israel en distintos países. Ante ello, su respuesta es contundente, hace falta conocer más historias como la suya:
“Israel es un país generoso. No solo en medicina, sino en conocimiento. Abre sus puertas a médicos de todo el mundo, los forma y les permite regresar a sus países con herramientas que benefician a miles de pacientes.”
Actualmente trabaja en documentar este fenómeno, una comunidad internacional de médicos —mexicanos, colombianos, venezolanos— que encontraron en Israel una plataforma para transformar sus carreras. Su historia, más allá de ser la de un médico exitoso, es la de un intercambio silencioso entre naciones, de oportunidades que trascienden fronteras y de cómo, en medio de contextos complejos, la ciencia y la educación siguen tendiendo puentes.
“Vale la pena contar historias como esta”, concluye el Dr Mejía.
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